En esta pequeña localidad del Danubio en la que cohabitan eslovacos y húngaros, cuatro monumentos y estatuas simbolizan la división entre las comunidades. Dos de ellos rinden homenaje a personajes históricos húngaros, y los otros dos al pasado eslovaco. Todos han suscitado incidentes o polémicas. El último fue inaugurado el 4 de junio, casi a hurtadillas, por un partido nacionalista eslovaco. El monumento, una especie de obelisco, conmemora el 90 aniversario del Tratado de Trianon, que supuso la amputación a Hungría de una tercera parte de su territorio en 1920, y alumbró a Checoslovaquia. Está ubicado en el puente que cruza el Danubio. El mensaje es claro: aquí empieza Eslovaquia. Para siempre. En este pequeño país de 5,4 millones de habitantes, no se juega con la integridad nacional.

Por muy a menudo que aparezca Komarno en las portadas de la prensa, esta población de 40.000 habitantes está más preocupada por las consecuencias de las inundaciones de mayo y junio que por las batallas políticas. “La ciudad está en calma. Aquellos que llegan agitados, dan tres vueltas y vuelven por donde han venido”, dice Zoltan Bara, director de una Agencia Europea de Cooperación Transfronteriza.

Garitas vacías

En el lado eslovaco están tranquilos. El partido nacionalista eslovaco, el SNS, que colocó el monumento, no gobierna desde las elecciones legislativas de junio, que castigaron a esta formación populista tras cuatro años en el poder.En el lado húngaro, están aún lejos de calibrar los efectos destructivos de una de las primeras medidas adoptadas por el gobierno derechista de Viktor Orban tras su elección en abril: conceder la nacionalidad húngara a todas las minorías magiares que se encuentran fuera de Hungría. Entre ellos, los 600.000 húngaros que viven en Eslovaquia.

En Komarno, esta medida ha dejado de piedra a los lugareños. “¿Un pasaporte? ¿Para qué? No es un sueldo, ni siquiera una oferta de trabajo”, espeta Gabriela, una joven húngara de 23 años que busca su primer empleo. Muchos habitantes de Komarno cruzan ya el puente que constituye la frontera entre los dos países para trabajar enfrente, en Komarom, la localidad húngara. La mayoría forman parte de la plantilla de Nokia, el principal inversor de la región. También es allí adonde se dirigen para tomar el tren hacia Viena. Los acuerdos de Schengen, a los que ambos países se adhirieron en diciembre de 2007, eliminaron las fronteras.

“En la época comunista los controles eran estrictos. Ahora la gente cruza la frontera para comprar salchichón o clavos, es decir, el pequeño tráfico de las economías de la escasez”, explica Gabor, que pasea por la orilla del río. Las garitas están abandonadas, pero los conductores conservan el reflejo de reducir la velocidad antes de subir al puente. El único signo de la existencia de una frontera es una oficina de cambio, puesto que Eslovaquia ha adoptado el euro y Hungría conserva su florín.

Resentimiento

Todo el mundo puede pasar. O casi: el año pasado, el presidente húngaro Laszlo Solyom tuvo que dar media vuelta. La inauguración de la estatua ecuestre de San Esteban, patrón de Hungría y fundador el año 1100 de la dinastía que reinó durante varios siglos en Eslovaquia, se celebró sin él. La iniciativa del alcalde húngaro de Komarno, el 60% de cuyos habitantes son magiares, irritó a Bratislava. La visita estaba prevista para el 21 de agosto, el aniversario de la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, entre las cuales hubo soldados húngaros. Ello sirvió de pretexto para una oleada de resentimiento eslovaco. “Como si invadir Checoslovaquia hubiera sido idea de los soldados húngaros”, se burla Zoltan Bara.

No todo es simbólico en estos rencores tan traídos y llevados. El pasado no se puede ignorar: los siglos de dominación magiar para los eslovacos, las expulsiones de minorías tras la Segunda Guerra Mundial para los húngaros. Y el presente es inestable: el gobierno de derechas de Iveta Radicova que ha sucedido al populista de Robert Fico no sigue sin derogar la ley que restringe el uso de la lengua húngara que promulgó su predecesor. “Los políticos son quienes alimentan estos conflictos”, señala la politóloga Dagmar Kusa.

Pero los sondeos de opinión muestran que los jóvenes “ya sienten bastante animosidad”. Tal vez no sea demasiado tarde para invertir la tendencia. Un primer partido multiétnico Most-Hid (que significa “puente” en eslovaco y en húngaro), consiguió el pasado junio en Komarno la mayoría de los votos de ambas comunidades, en detrimento de los nacionalistas.