¿Se puede prever lo imprevisible? ¿Se puede comprender lo incomprensible? ¿Se podrían haber previsto las oscuras intenciones de Anders Behring Breivik? Stieg Larsson es, durante estos días, una cita recurrente. Durante los años noventa, el autor sueco de novelas policíacas levantó las sospechas sobre los virajes violentos de los grupos de extrema derecha en Escandinavia.

En su revista Expo, el autor de la trilogía Millenium fue clarividente y lo pagó recibiendo agresiones y amenazas. Y, sin embargo, él también se hacía ilusiones, porque todos estábamos fascinados con la imagen de una Noruega inocente, con la apertura de una sociedad que parecía inmunizada contra el virus de la intolerancia. Fue Stieg Larsson quien desveló que Suecia, cuyos grupos neonazis se manifiestan cada vez más arrogantes, era la productora número uno de música "White Power" (poder blanco) y de otras demencias racistas.

Incluso un agitador de conciencias como Stieg Larsson consideraba que los extremistas noruegos estaban en su primera fase, desorganizados; se trataba de grupúsculos compuestos por individuos aislados con ideas confusas e incoherentes que llegaban casi siempre borrachos a las reuniones de sus grupos.

Nada que ver con los populismos europeos

Si dicha imagen ha pervivido, apenas sorprende que haya evolucionado hasta aquí. En efecto, han transcurrido 15 años. Según se sostiene hoy en día, la extrema derecha noruega ha creado estrechos vínculos criminales con otros movimientos en el extranjero, en Europa, en Rusia, y hasta en Estados Unidos. El informe anual de la PST, los servicios secretos de información noruegos, publicado en marzo, recogía un "grado creciente de activismo en el seno de los grupos islamófobos" así como un "aumento de la actividad en los círculos de extrema derecha" durante 2010. Pero el estudio concluía que los grupos o los individuos de extrema derecha "no [constituían] un peligro grave para la sociedad".

"Nadie previó la tragedia", reconoce Kari Helene Partapouli, del Centro Noruego contra el Racismo. Para ella, existen numerosos elementos que ayudaban a crear la ilusión de inmunidad. La nebulosa xenófoba, nacionalista e islamófoba nunca había encontrado en Noruega verdaderos reflejos políticos, y sobre todo, carecían de líderes carismáticos. El movimiento más populista del país es el Partido del Progreso de Siv Jensen, que exige el endurecimiento de la legislación migratoria. Anders Behring Breivik militó en él entre 2004 y 2006. Antes de abandonar el partido, se le veía visiblemente descontento con esa línea excesivamente moderada.

Pero nada que ver con la marea creciente de nuevos populistas europeos, como los así llamados "Demócratas de Suecia" de Jimmie Akesson que, al igual que el Partido del Pueblo Danés de Pia Kjærsgaard o el PVV holandés del muy hábil e igualmente atemperado Geert Wilders, los cuales son ahora personæ gratæ en los salones donde se discute la política nacional. Incluso analizando más a la derecha y franqueando el umbral indecente del neo-nazismo antisemita o anti-gitano, Noruega carece de movimiento semejantes al Jobbik [Movimiento por una Hungría mejor] del húngaro Gábor Vona.

El debate sobre el multiculturalismo, el gran ausente

"En Noruega – explica Kari Helene Partapouli – no se plantea un gran debate sobre el fracaso del multiculturalismo, tal y como hemos visto en Dinamarca o en los Países Bajos". Evidentemente, Jonas Gahr Støre, el ministro noruego de Asuntos Exteriores, afirma hoy que el extremismo de derechas es un "fenómeno que ha de tomarse muy en serio".

En Anders Behring Breivik reside la clave del misterio. A estas alturas, el único vínculo con el extranjero que se le ha establecido es su registro en el blog neo-nazi sueco Nordisk, fundado en 2007, el cual cuenta con 22.000 miembros y recalca la importancia de "la identidad, la cultura y las tradiciones históricas de los países nórdicos". A él pertenecen tanto miembros del Parlamento sueco como representantes de movimientos neo-nazis o xenófobos.

Desde luego, un proyecto tan planificado, que consiste en colocar una bomba asesina y en sostener un fusil para abatir a decenas de adolescentes, es fruto de un espíritu perturbado y apunta hacia la locura. En cualquier caso, los poderes públicos, los investigadores y la opinión pública todavía tienen una duda: ¿realmente ha actuado en solitario? De la respuesta a esta pregunta dependen las repercusiones que tendrá esta masacre sobre el propio país y sobre el resto de Europa.