Un inversor chino o indio forrado con varios millones de dólares o de euros que en estos momentos llegase a Europa para buscar un sitio en el que montar un negocio descubriría un continente en el que, tras largos años de tranquilidad, vuelve a imperar un clima político y social tenso. A estas alturas, no se ve todavía final de los motines de Londres, desencadenados por la muerte de un supuesto gángster de 29 años. Durante los disturbios no se han visto estandartes ni pancartas: el objetivo de los agitadores parece ser la mera destrucción y el pillaje.

Durante la noche posterior a las primeras manifestaciones violentas en Londres, se trató de atribuir una dimensión política a estos actos esencialmente criminales. Rápidamente coincidieron en que estos tumultos organizados a través de Twitter eran la obra de quienes habían sido dejados atrás por la insensible política de austeridad de los tories y de los demócrata-liberales.

La paz ha sido el precio del Estado del bienestar

Y hete ahí que reaparecen los tertulianos y los expertos que defienden haber sabido siempre que la única manera de evitar este tipo de problemas en estos barrios era dotarlos de medios. Y, como es habitual, insinúan que cabe esperar una proliferación de este tipo de insurrecciones anarquistas si el Gobierno británico prosigue con esa política de austeridad. La reacción de los diputados laboristas relacionados con estos barrios sensibles es bien diferente. Ellos no contemplan ninguna indulgencia hacia los actos violentos perpetrados por dichas concentraciones de personas, calificando a esos incendiarios de lo que verdaderamente son: criminales.

Los motines londinenses representan una clase de comportamiento al estilo de los hooligans atribuido a los perdedores de una sociedad que presta poca atención a quienes se quedan atrás. Entre los incendiarios, se encuentran personas que no están guiadas por ningún valor. Se han acostumbrado a percibir dinero del Estado y lamentan que sus prestaciones se revisen a la baja. Una multitud de europeos, entre ellos un gran número de jóvenes, se enfrentarán a este mismo problema en un futuro cercano.

Todos los países europeos han vivido, en parte, por encima de sus posibilidades y, sin excepción, van a tener que apretarse el cinturón. Esto pondrá el broche final a una de las polvorientas ilusiones de la Unión: la idea de que, en una Europa próspera, todo se soluciona siempre sin tener que deslomarse en exceso. La paz de los últimos 66 años tiene un precio: la generosidad creciente del Estado social. Hoy en día, esto se ha acabado.

Quienes se manifiestan son a menudo los más pasivos

Esta clase de levantamientos juveniles, que no comprenden que su generación vive mucho mejor que todas las precedentes, revela al mismo tiempo su inquietud y su inmovilismo. En todo el mundo, tanto en los Estados prósperos como en los países en desarrollo, se busca a gente cualificada. Los jóvenes con una buena formación nunca han tenido unas salidas tan amplias. Lo único que se les pide es ser curiosos, flexibles y tener ganas de aventura. Cualidades que no abundan en esa franja alborotadora de la juventud.

Allí donde las protestas exigen una oferta de formación más completa y de mejor calidad para mejorar las perspectivas de cada uno, las manifestaciones obedecen a un impulso que no tiene nada de heroico o de espectacular, pero está justificado. En Italia y en España, la tasa de desempleo alcanza picos: el horizonte de los jóvenes es cada vez más duro. Aspiran a los mismos privilegios reales de los que se beneficiaba la generación sus padres y no comprenden que precisamente el mantenimiento de dichos privilegios traba su acceso al mercado regular de empleo.

Desgraciadamente, en Madrid y en Atenas, quienes se manifiestan son demasiado a menudo quienes no tienen ningún proyecto y se contentan con rechazar sistemáticamente todo lo que la política les propone. Hecho que les acerca a esa jauría de jóvenes que, sobre todo en Londres, destruyen sus propios barrios y asustan a sus vecinos, cuando no los matan.

Un vestigio de la Vieja Europa sin espíritu emprendedor

Tal y como plantea en su blog el periodista de Die Welt Clemens Wergin, Europa necesita un escenario optimista para convencer al resto del mundo de su propia viabilidad. Lo cual supone una gran responsabilidad que incumbe también a la juventud, sobre todo en un momento en el que la situación demográfica se degrada. La inmensa mayoría de los jóvenes europeos han optado por el pragmatismo en el mejor sentido del término, un pragmatismo que no es heroico, sino responsable: enriquecen su CV, hablan varias lenguas y se presentan voluntarios para cursar semestres o años en el extranjero.

Dicho de otro modo, no hace falta ver en los problemas que agitan Europa desde hace meses un movimiento de emancipación, sino un vestigio de esa vieja Europa que tiene grandes ambiciones pero poco espíritu emprendedor y que elude la realidad económica. Antes de que el inversor de China o Singapur se marche sacudiendo la cabeza, habrá podido ver en la televisión un futuro de Europa: un ejército de jóvenes que toman la decisión de coger las escobas y limpiar Londres a través de Twitter. Para actuar en lugar de lamentarse.