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Cuando el 16 de agosto de 2002, el dirigente de VolksWagen Peter Hartz acudió con un CD-Rom azul a la cancillería, nadie sabía que contenía el borrador de la reforma que iba a dividir Alemania durante la década siguiente; la que acompañaría la transformación del “hombre enfermo de Europa” en un coloso económico; la que se convertiría en la medida estrella del mandato de Gerhard Schröder, y que marcaría también su declive; y, en definitiva, la que pasaría a ser la reforma más citada en el seno de una Europa en crisis.

“Diez años después del Hartz IV: ¿obra del diablo o un plan de rescate?”, así titula el Frankfurter Rundschau un artículo sobre el equilibrio imposible que busca esta reforma en cuatro ámbitos, destinada a flexibilizar el mercado de trabajo, y que, “casi como una religión, divide a los alemanes en fieles o herejes”.

Desde un punto de vista económico, que la presión aumentase [sobre los parados] tuvo un efecto positivo: con Hartz IV, la fusión y la equiparación por lo bajo de los subsidios por desempleo y la ayuda social mínima, con la multiplicación de mini-empleos [cobrando un máximo de 400 euros, exentos de cargas sociales] y de los empleos temporales, incluso los hombres y las mujeres de mayor edad se vieron obligados a aceptar trabajos por debajo de su cualificación. El sector de salario bajo se ha ampliado, generalmente salarios con lo que nadie podría vivir. […] La reforma de Hartz no solo ha fracasado en todos los niveles, sino que ha contribuido a una americanización del empleo en Alemania y a una división profunda de la sociedad.

En 2005, a raíz de la entrada en vigor de Hartz IV, Alemania contaba con 4,86 millones de parados; en 2012, las previsiones indican 2,85 millones. Esta evolución se atribuye a tres factores: la coyuntura mundial; la moderación salarial y la reforma del mercado de trabajo.