Estudiantes de la universidad de Piliscsaba.

¿El fin de Hungría?

La editorialista Matild Torkos escribe que Hungría, socavada por la crisis y la corrupción, es incapaz de retener a los jóvenes. En su opinión, el país está acabado. La UE, que no interviene, tampoco le merece una mejor opinión.

Publicado en 28 septiembre 2010 a las 14:51
Estudiantes de la universidad de Piliscsaba.

La mayoría de jóvenes húngaros no ve el futuro asegurado en su país. A esta conclusión, evidente para todos, ha llegado un reciente estudio científico realizado por los investigadores de la Academia Húngara. Actualmente, los jóvenes no se conforman con soñar con una vida en el extranjero y desde el momento en el que obtienen una titulación universitaria, planean proyectos concretos para expatriarse.

Sólo un 39% de los licenciados consideran que el amor por la patria implica quedarse en el país. Si bien un tercio de ellos tiene dudas, otro tercio ya ha decidido expatriarse. La situación es algo mejor entre los estudiantes: "sólo" un 19 % de ellos pretende largarse y por ello debemos alegrarnos de que el 61 % de los jóvenes universitarios piensan que su futuro está en Hungría.

Futuro incierto y emigración

El otro día, un diputado cristiano-demócrata se lamentaba en el Parlamento por el descenso de la población húngara. Apenas superamos los diez millones de magiares. Hay que animar a los jóvenes para que tengan hijos, declaró. Pero la mayoría de nuestros hijos, nacidos y criados aquí, con títulos de bachillerato o incluso universitarios, no encuentran su lugar en esta sociedad.

Mi hijo mayor me decía que si no tuviera una familia tan grande ni tan cariñosa como la nuestra, no se quedaría aquí. En su opinión, los hijos de familias desestructuradas dejan el país con más facilidad que los que proceden de familias unidas. También piensa que, con una buena titulación universitaria, es impensable no encontrar un trabajo que permita fundar una familia en los países de Europa Occidental. Y que no ocurre lo mismo en nuestro país.

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Los investigadores también se marchan a trabajar al extranjero, nos explica József Pálinkás, presidente de la Academia de Ciencias de Hungría. Miles de médicos, enfermeras, carpinteros, albañiles, torneros o mecánicos se rinden ante la evidencia: existe un antagonismo entre el salario mediocre que ganan aquí y la competitividad de Hungría. El nuevo gobierno [del primer ministro Viktor Orban, presidente del partido de derecha Fidesz] prometió la creación de un millón de empleos. Pero ¿quién puede retener a un millón de parados?

Han desahuciado a miles de familias: tras haber perdido sus empleos, ya no podían pagar los créditos cada mes en florines. Según György Matolcsy, ministro de Economía, alrededor de 300.000 familias se encuentran en riesgo de no poder pagar las deudas que han contraído en divisas extranjeras. Y si las cotizaciones siguen al alza, estos hogares también corren el riesgo de perder a sus propietarios. En este caso, ¿quién podría disuadirles, a ellos y a sus hijos, de rehacer sus vidas en otro lugar, en un país que cuente con un auténtico marco jurídico?

Inestabilidad entre los jóvenes

En una palabra: cuando los jóvenes listos para fundar una familia creen que no tienen ninguna posibilidad de garantizar su existencia en el suelo de sus ancestros y se ven obligados a dejar su patria, es el fin del país que observa cómo ocurre todo esto con los brazos cruzados.

La UE, cuya atención se limita a fijar la curvatura de los pepinos autorizados para la venta y a prohibir los experimentos científicos en primates, pero que tolera que, en este país conectado a la bomba de los tipos de interés, las personas trabajen como condenadas por un salario que no llega ni para las necesidades más elementales, no vale un comino.

Tanto la élite política de Bruselas como la de Budapest pueden estar orgullosos de que, de aquí a veinte años, además de la privatización, de la liberalización, de la supresión de impuestos prohibitivos en la aduana, de la devaluación del euro continuamente retardada, de la corrupción en todos los ámbitos, de los chanchullos llamados mercados públicos y de los cargos que incitan a evadir impuestos, nos encontraremos exportando a los Estados de la UE tensiones salariales y sociales en lugar de productos húngaros competitivos y a buen precio.

El nuevo gobierno que intenta librarse de la terrible herencia de los socialistas afirma que en breve sí merecerá la pena quedarse en Hungría y volver al país. La era de Gyurcsány que dijo "¡Sois libres de partir!" ha acabado. Esperemos que no sea demasiado tarde.

Dinamarca

Los emigrantes ya no regresan al país

"Los cerebros se van del país", titula el Jyllands-Posten. Según las estadísticas públicas, entre 20.000 y 22.000 diplomados abandonan Dinamarca. En los años sesenta, el 66% de estos emigrantes cualificados regresaba a su país tras dos años en el extranjero. En la actualidad solo vuelve un 49% después de pasar dos, seis o diez años en el extranjero. Para Gunnar Viby Mogensen, que va a publicar un libro sobre el Estado social, “estamos ante un fenómeno más fuerte de emigración de personas que habrían contribuido de una manera muy positiva a la financiación de la sociedad y de la prosperidad danesas".

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