“Hacemos postres para los trabajadores locales y con el dinero compramos tanques para los soldados”. Me reuní con Stanislav Zavertailo en una de sus cafeterías en Kiev en febrero de 2024, durante una visita con otros periodistas organizada por la ONG n-ost. Zavertailo es un maestro pastelero, propietario de las elegantes cafeterías Honey y Zavertailo en la capital ucraniana.
Durante los últimos cuatro años, una parte de los ingresos de ambos locales se ha destinado a comprar equipamiento militar para el ejército. Cuando me reuní con él, Stanislav dijo que con todo el dinero que había donado a lo largo de los tres últimos años podría haber abierto dos locales más. “Compro armas para matar rusos antes de que ellos nos maten a nosotros”.*
Zavertailo tiene unos 400 empleados. Algunos han ido al frente y algunos han muerto. Sus dos cafeterías dan sustento a antiguos empleados. Aunque Zavertailo no se ha alistado, sabe que tendrá que hacerlo en los próximos años, en cuanto el menor de sus tres hijos alcance la mayoría de edad. De hecho, ya está entrenando. “Estamos listos o preparándonos. ¿Y usted qué está haciendo?”. La historia de Zavertailo es una historia “corriente” en una Ucrania inmersa en una guerra total con Rusia.
Actualmente en Ucrania hay decenas de fundaciones y cientos de iniciativas centradas en adquirir fondos, armas o equipamiento para los militares y para instruir y alimentar a los soldados. También hay ciudadanos que reúnen fondos a título individual para apoyar a conocidos, amigos, familiares o brigadas concretas. Por no mencionar los talleres organizados por voluntarios civiles para fabricar drones.
Los civiles también ponen sus habilidades al servicio del esfuerzo bélico. Hoy en día, existen más de dos mil empresas emergentes dedicadas a la defensa. Por ejemplo, la agencia de reclutamiento Lobby X, dirigida por el empresario de Kiev Vladyslav Greziev, creó Lobby X Army, un sitio web donde cada brigada puede publicar ofertas de trabajo para cubrir las necesidades del servicio de reclutamiento del ejército.
La civilización de la guerra
“Las sociedades son las primas pobres de los análisis estratégicos de la guerra”, escribe Anna Colin Lebedev. “En cambio, es en las ciencias sociales (...) donde encontramos una reflexión sobre la transformación de las sociedades por la guerra (el peso de las víctimas y los veteranos, la destrucción material, el desplazamiento de la población, los cambios en los vínculos y el estatus sociales, etc.), pero también para la guerra (producción de discursos e ideologías, cultura militar, reorganización de la actividad económica, prácticas de resistencia, etc.). La guerra tiene un costo material que puede cuantificarse, pero es necesario un enfoque más cualitativo para evaluar su costo social y comprender la profundidad de la transformación social necesaria para hacer la guerra.”
“Al menos tres cuartas partes del ejército llevaban una vida exclusivamente civil antes de 2022. Y lo que sucede cuando se incorporan a las fuerzas armadas es que asimilan una cultura militar pero siguen conservando sus prácticas y cultura civiles, una cultura profesional civil” – Anna Colin Lebedev
La profesora e investigadora Anna Colin Lebedev se centra en la relación entre los ciudadanos y el Estado en las sociedades postsoviéticas. Ha publicado Jamais frères? (“¿Nunca hermanos?” Seuil, 2022), un análisis de las similitudes y diferencias entre la sociedad rusa y la ucraniana; y Ukraine: la force des faibles (“Ucrania: la fortaleza de los débiles”, Seuil, 2025), un ensayo que replantea muchas de sus reflexiones sobre el tema.
Antes de 2014, la paz era un hecho que la mayoría de los ucranianos daba por sentado. Hoy, la guerra forma parte de la vida cotidiana. Como explica Colin Lebedev: “Vivimos en sociedades donde durante décadas se ha asumido que no hay necesidad de una defensa fuerte, que la prioridad es el bienestar social, la educación o el desempleo. Creo que los ucranianos compartían esta misma convicción. Y así, cuando estalla la guerra, el ejército es incapaz de afrontarla”.
En lo que respecta a la preparación —militar, pero sobre todo civil y social— la sociedad ucraniana se asemeja a otras sociedades europeas. “Somos sociedades política y económicamente liberales, urbanizadas, educadas y conectadas, muy diferentes de aquellas sociedades del pasado en las que, en caso de una guerra de alta intensidad, la mayoría de los ciudadanos creían y aceptaban que era cosa del Estado asignarles sus roles y deberes”, y que era normal “hacer sacrificios si el Estado te exigía que los hicieras”.
Desde su independencia en 1991, al igual que muchos otros países, Ucrania ha reducido significativamente el número de efectivos de sus fuerzas armadas: el total de personal militar disminuyó de 465 000 en 1993 a 165 000 en 2013. Al mismo tiempo, el porcentaje de soldados contratados (es decir, aquellos que no fueron alistados mediante el servicio militar obligatorio) aumentó del 8 % en 2001 al 70 % en 2013.
Cuando Rusia inició su invasión a gran escala en 2022, la resistencia de Kiev a este acto de agresión asombró al mundo. Detrás de la respuesta de Ucrania subyace un fenómeno que podría plantear un reto a las sociedades europeas. Colin Lebedev habla de la “civilización de la guerra”, un neologismo acuñado por Jean Baptiste Jeangène Vilmer para describir el fenómeno de que cada vez más civiles intervienen en el desarrollo de las guerras.
Tal como explica Colin Lebedev, esto ya es cierto en el caso de las guerras híbridas o ataques a las infraestructuras. Pero en el caso de Ucrania, este aspecto es especialmente pronunciado. Desde 2022 el país ha tenido que ampliar enormemente el tamaño de su ejército. Hoy en día, “al menos tres cuartas partes del ejército llevaban una vida exclusivamente civil antes de 2022. Y lo que sucede cuando se incorporan a las fuerzas armadas es que asimilan una cultura militar pero siguen conservando sus prácticas y cultura civiles, una cultura profesional civil”.
De hecho, toda la sociedad ucraniana está involucrada en la guerra, en un sentido distinto al de la conocida “economía de guerra” que evoca imágenes de mujeres fabricando balas en enormes talleres durante la Segunda Guerra Mundial. En cambio, “los ucranianos creen que, con sus habilidades profesionales, deben participar en la defensa del país”. Algunos cambian de trabajo, otros “ponen todas sus habilidades al servicio de la defensa”.
La propia estructura de la defensa está más abierta a la participación civil. La gente experimenta con herramientas y técnicas, y cuando estos experimentos dan resultados, pueden “convencer al Estado para que adopte estas técnicas”. Lo cual genera destrezas y capacidades de adaptación formidables. La lógica “es diferente a la nuestra; aquí (en Europa), la defensa funciona de arriba abajo”.
De acuerdo con Colin Lebedev este apoyo de la sociedad civil está vinculado a la historia de la sociedad ucraniana. Por una parte, existe una desconfianza subyacente hacia el Estado que surgió con el final de la URSS y la independencia. “El pueblo ucraniano ha aprendido a no fiarse del Estado, porque era frágil, porque había mucha corrupción y porque el Estado del bienestar había colapsado…”
“Estoy convencida de que [los rusos] nunca dejarán de intentar conquistarnos. Era solo cuestión de tiempo. Nunca me imaginé en el ejército, pero sabía que estaría preparada si fuera necesario” – Alla
Desde el levantamiento del Maidán hasta la guerra en el Donbás, un sector de la sociedad ucraniana se comprometió con la defensa popular del país a través de multitud de proyectos y grupos. Muchos civiles se alistaron, y no solo los de las derechas políticas. Se crearon asociaciones para ayudar a los batallones con alimentos o suministros, o para apoyar a los veteranos.
¿Por qué? “Cuando en 2015 entrevisté a ucranianos que se habían alistado en el ejército o lo apoyaban”, cuenta Colin Labedev, “me dijeron: ‘Sé exactamente cuántos kilómetros hay entre el ejército ruso y mi ciudad y mi casa; sé que si no los paro, seguirán avanzando’”.
Es una respuesta sencilla y práctica a una situación trágica. La amenaza —a tu familia y a tu hogar— es clara e identificable, y trasciende la cuestión de tu país. Es mucho más concreta y obliga a todos a decirse a sí mismos ‘Tengo que hacer algo’. Y aquí radica una gran diferencia entre nosotros (los europeos) y los ucranianos. Ya estamos en guerra con Rusia, pero esta guerra se libra sobre la base, a menudo ambigua, de la guerra híbrida. No es que las fuerzas armadas rusas marchen hacia nuestras ciudades, sino que se dan otros tipos de ataques. Creo que a los europeos les resulta más difícil darse cuenta de que están amenazados”.
“Cuando se tienen derechos, también se tienen deberes”, me dijo Alla (se ha cambiado el nombre, porque nuestra entrevista informal tuvo lugar sin el consentimiento de su batallón, algo que se exige a un soldado). “Amo mi ciudad natal, Kiev, y mi antigua forma de vida, así que tengo algo que defender. Tras la invasión rusa de 2014, consideré varias opciones”.
Cuando conocí a Alla en febrero de 2025, era alegre y con un aire un tanto rebelde. “Conozco la historia de Ucrania”, me dijo. “Estoy convencida de que [los rusos] nunca dejarán de intentar conquistarnos. Era solo cuestión de tiempo. Nunca me imaginé en el ejército, pero sabía que estaría preparada si fuera necesario. Porque puedo hacerlo, no tengo miedo, tengo algo que defender”.
Hoy, Alla tiene 38 años. Se alistó como voluntaria en 2022, poco después de que comenzara la invasión a gran escala. Antes de eso, era periodista. “Participé en la Revolución Naranja de 2004 y en la Revolución de la Dignidad de 2013. También participé en marchas importantes en Kiev: la marcha por los derechos de las mujeres, el Orgullo de Kiev y las protestas contra la demolición de nuestros edificios. Y muchas otras. Ser soldado significa formar parte de algo muy importante para nuestro futuro”.
Para Alla, así como para los compañeros que estaban con ella –hombres y mujeres de entre 35 y 40 años, todos voluntarios, y con profesiones muy apartadas del ejército y del mundo militar (un videógrafo, una escritora, un profesor de filosofía)– incorporarse al ejército fue la continuación de un camino que había comenzado mucho antes. Es una de las opciones concretas y posibles que nos presenta la vida, y también una obligación.
“A veces pienso en las diferentes posibilidades: qué haré si termina la guerra, o cómo sobreviviré a esta guerra, e incluso a una peor, el resto de mi vida. Pero luego vuelvo a la realidad y me pregunto qué debo hacer ahora. Estoy asumiendo diferentes roles dentro del ejército para adquirir nuevas habilidades y ser más eficiente; procuro mantenerme en contacto con mis seres queridos. Y también me planteo tener hijos, aunque por ahora sea más bien un sueño.”
Un año después, me contó: “Mirando atrás estos más de tres años, me he convertido en una persona más militar que civil. Es posible que no vuelve a ejercer de periodista, porque considero que mi trabajo actual es mucho más importante para el futuro de Ucrania”.
De acuerdo con una encuesta que llevó a cabo Kiss (un centro de investigación y análisis de mercado), el 54 % de la población ucraniana mayor de 18 años que ya no esté en algún servicio militar, está dispuesta “definitivamente o de alguna manera” a alistarse en las Fuerzas Armadas y defender Ucrania, si fuera necesario. Aunque la movilización se considera mayoritariamente necesaria, tiene que ser “justa”, escribe Colin Lebedev, dando a entender que “La necesidad de que el reclutamiento sea legítimo y justo” se ha de combinar con un “reparto equitativo de la carga de la guerra (...) en el frente”.
Cómo están las cosas con Europa y sus ejércitos
La guerra en Ucrania y la retirada estadounidense han obligado a Europa a replantearse el servicio militar obligatorio y la defensa, hasta tal punto que muchos países ya lo han reintroducido o están pensando en hacerlo.
En Alemania, el servicio militar obligatorio se suspendió en 2011. Tras el estallido de la guerra en Ucrania, se estableció un nuevo objetivo de 80 000 reclutas adicionales para 2030, lo que elevaría a 260 000 el número de efectivos de la Bundeswehr. Desde el 1 de enero, es obligatorio un reconocimiento médico de reclutamiento para hombres jóvenes. Sin embargo, el alistamiento sigue siendo voluntario y el objetivo es aumentar el reclutamiento mediante incentivos económicos. Si no se encuentran suficientes voluntarios, entrará en vigor el denominado “servicio militar obligatorio”.
En Italia, el servicio militar obligatorio se suspendió en 2005. A finales de noviembre de 2025, el ministro de Defensa, Guido Crosetto, propuso la introducción de un servicio militar voluntario.
Croacia ha restablecido el servicio militar obligatorio, que entró en vigor el 1 de enero de 2026.
Bulgaria se está planteando introducir una formación militar para ciertas categorías de funcionarios públicos, como agentes de policía y bomberos. El país sufre una escasez crónica de personal militar.
El servicio militar obligatorio fue abolido en la República Checa en enero de 2005. Desde entonces, el país cuenta con un ejército profesional de 26 600 efectivos. Como parte de la Reserva Activa (RA) del ejército, los voluntarios mayores de 18 años pueden realizar el entrenamiento básico y pasar a ser reservistas militares. La Reserva Activa existe desde 1999, pero el interés entre los ciudadanos checos ha ido en aumento desde la invasión rusa de Ucrania. Actualmente, hay más de 4000 checos en la RA. Aunque el apoyo a la reintroducción del servicio militar obligatorio ha aumentado desde la invasión de 2022, se mantiene en torno al 50 % como máximo.
En Polonia, donde el servicio militar obligatorio fue abolido en 2010, el gobierno comenzó a ofrecer en abril de 2022 unos programas de duración fija para voluntarios, con el fin de aumentar el número de efectivos. En noviembre de 2025, se introdujo un programa de entrenamiento militar abierto a todos los ciudadanos polacos, desde niños hasta jubilados. Con alrededor de 200 000 soldados profesionales, Polonia cuenta con el mayor número de personal militar activo de la UE. Según el primer ministro Donald Tusk, esta cifra aumentará hasta los 500 000.
Dinamarca ha incluido a las mujeres en el servicio militar obligatorio y ha ampliado la formación de 4 a 11 meses. El sistema tiene como objetivo aumentar el número de reclutas anuales desde unos 4700 hasta los 7500 para 2033.
Letonia volvió a introducir el servicio militar obligatorio en 2024. Los hombres prestan servicio durante 11 meses, mientras que las mujeres lo hacen de forma voluntaria.
Por su parte, Lituania lo volvió a introducir en 2015. Tiene una duración de nueve meses y está previsto que se implemente el servicio militar obligatorio universal para los jóvenes que dejan sus estudios. El país lanzó recientemente el Komandantüros (oficinas de mando militar), un sistema en el que los civiles se registran para realizar tareas logísticas y de seguridad en sus localidades durante un conflicto.
Austria, Chipre, Grecia y Estonia nunca abolieron el servicio militar obligatorio. En Austria, el servicio militar dura seis meses para los hombres y el servicio civil es algo más largo. En Estonia, el servicio dura entre ocho y once meses, según el papel que se desempeñe, mientras que las mujeres prestan servicio de forma voluntaria.
*Actualización del 25 de mayo: Durante la noche del sábado 23 al domingo 24 de mayo, Kiev (así como muchas otras zonas de Ucrania) sufrió una serie de bombardeos intensos. Varios negocios fueron alcanzados, entre ellos una de los locales de Stanislav Zavertailo, que estaba en proceso de abrir una tercera cafetería. Afortunadamente, no hubo víctimas. Rusia lanzó 90 misiles y envió 600 drones en un ataque de duró varias horas y que muchos consideran uno de los más intensos desde el inicio de la guerra a gran escala.
🤝 Este artículo forma parte del proyecto PULSE. Silvia Martelli (Il Sole 24 Ore, Italia), Marina Kelava (H-Alter, Croacia), Nikola Lalov (Mediapool, Bulgaria), Martin Tschiderer (DER STANDARD, Austria), Petr Jedlička (Denik Référendum, República Checa), Justė Ancevičiūtė (DELFI, Lituania) y Tornike Kakalashvili (Obct) han colaborado en su elaboración.
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