Poco a poco, la ensalada desaparece de Hamburgo. Allí donde las hojas verdes de lechuga decoraban los bordes de un plato, los restaurantes colocan una tajada de melón. El apetitoso toque de color en un sándwich es de las hojas de perejil. En los Käsesemmel, panecillos con queso fundido en la parte superior, los pimientos rojos se sustituyen con rodajas de tomate. "No podemos aceptar más lechugas", comenta la vendedora del mercado. Los tomates también se están rechazando. Fuera de la gran ciudad, los agricultores vuelven a sus campos con los pallets llenos de lechuga iceberg y los tiran a pedazos, cual estiércol verde. Las verduras regresan sin venderse en los mercados al por mayor.
La batalla de las verduras se ha estado librando en Hamburgo desde que se izó la bandera de la bacteria ECEH sobre la metrópolis. La cosecha de las granjas alemanas se expone contra los productos extranjeros; y en los puestos de los mercados, las variedades de lechuga tan difíciles de vender se declaran ‘ Producto del Día'.
Un ejemplo de ello era Lohbrügge este sábado. El animado alboroto alrededor del mercado iba acompañado de un diálogo que parecía salido de una película de desastres. "Aún estamos vivos" , decía entre dientes una vendedora de verduras y hortalizas locales en su puesto. Todo había sido seleccionado por su propia gente: nadie ha enfermado y nadie ha muerto. Eso debería ser prueba suficiente. Aún así, los pepinos permanecían intactos como barras de combustible de uranio en sus cajas de transporte. Incluso a precios irrisorios, los clientes seguían pasando de largo. Los pepinos se ofertan por tan sólo cuarenta céntimos, o tres por un euro. En el puesto de enfrente, una mujer mayor comenta que la gente "se siente insegura". Si enferma por haber comprado aquí, el que saldría perdiendo sería sin duda el vendedor. Dicho esto, se permite escoger un tarro de ensalada de arenque.
"Adicción al miedo"
Todo es un caos. La palabra 'ensalada' suena a disparo mortal. De un día para otro, el consumo de alimentos sanos se ha convertido en un riesgo perjudicial para la salud. Por todo el mundo, las verduras alemanas han desatado el miedo y han hecho que Estados Unidos aplique controles a la importación y que los rusos directamente prohíban las importaciones.
Sin embargo, los agricultores alemanes ven en la compra de verduras alemanas la única protección contra la bacteria ECEH. En Internet, los operadores de los mercados están dispuestos a mantener viva una historia ya obsoleta. La página principal del Hamburger Wochenmärkte (el mercado semanal de Hamburgo) sigue transmitiendo el mismo mensaje: "Queremos explicarles por qué, a pesar de todo, pueden seguir comprando frutas y verduras frescas en el mercado e incluso por qué deben hacerlo. El patógeno ECEH se encontró en los pepinos procedentes de España".
Lo cierto es que debe proceder de algún lugar. Es como el efecto Fukushima, la sensación de no ser capaces de ver ni escuchar, ni de oler ni saborear el peligro de un patógeno que ha hecho enfermar al menos a 2.500 personas en Alemania. La bacteria está ahí y tenemos miedo. El ex director de la Autoridad de Registros de la Stasi, Joachim Gauck, incluso ha acusado a los alemanes de tener "una total y absoluta adicción al miedo”.
Pizzas sin tomate
¿Sería realmente asombroso que se estuviera experimentando ansiedad difusa? Antes de ayer, se encontró dioxina en piensos para animales, ayer una planta nuclear explotó y hoy se extiende una bacteria desconocida para los científicos en su forma actual. Los productos de alimentación se envían por todos los continentes, al parecer sin dejar ningún rastro de sus orígenes. Y las personas, que pueden ser las posibles víctimas, lo único que pueden hacer es intentar evitar riesgos invisibles. Así que retiran la lechuga de los sándwiches, piden pizzas sin tomates y compran calabacines en lugar de pepinos en los mercados.
Para estar sumida en el miedo, Hamburgo ha vivido un fin de semana maravilloso. Cientos de miles de personas con ropas veraniegas abarrotaban las calles, llenaban las terrazas de los cafés y comían en restaurantes. Nadie llevaba mascarillas sobre la boca ni se escondía en casa de la bacteria asesina. El público sobrevive de la forma más sutil que se observa, por ejemplo, en todas las botellitas azules de desinfectante que han sustituido al jabón en prácticamente todos los aseos públicos. O en los tiempos de espera fuera de las clínicas de donación de sangre. El suministro de sangre se está agotando y nadie sabe si la necesitará para sí mismo en breve: el fallo renal es parte del terror extendido con el patógeno. El alcalde de Hamburgo, Olaf Scholz, ha hecho un llamamiento para que aumenten las donaciones de sangre.
En ningún otro lugar de Alemania se han registrado más víctimas de la bacteria ECEH que en los hospitales de Hamburgo. Se están acabando las camas, tuvo que admitir Daniel Bahr, ministro de Sanidad. El domingo, el joven ministro visitó el Centro Médico Universitario Hamburgo-Eppendorf, supuestamente para ‘ mostrar preocupación por los pacientes’ . Cuando los soldados mueren en Afganistán, el ministro de Defensa visita a las tropas. Si descarrila un tren ICE, llega el ministro de Transporte. Si estalla una epidemia, aparece el ministro de Sanidad. La visita de Bahr convierte más o menos oficialmente a la ciudad de Hamburgo en área de desastre.
La reputación de la perla del Alster peligra. El patógeno que anda suelto plantea un problema de imagen criminal alrededor de la ciudad. La semana pasada, el jefe de la policía propuso recurrir a detectives. Continúa la persecución del pequeño enemigo invisible.
Desde Polonia
Epidemia burocrática
“¿Cómo es posible que el Estado más rico de la UE no haya podido evitar esta situación?”, plantea el diario polaco Gazeta Wyborcza, haciendo referencia a la bacteria epidémica enterohemorrágica [EHEC], cuya fuente concreta sigue sin estar determinada. Bueno, la respuesta es bien sencilla. Es el sistema federal.
Mientras el reputado Instituto Robert Koch de Berlín (dependiente del Ministerio de Salud federal) es la principal institución alemana responsable de gestionar las enfermedades infecciosas, la protección de la salud de los ciudadanos sigue siendo una responsabilidad de los gobiernos regionales. Así que incluso si los expertos del Instituto Robert Koch fuesen los primeros en percatarse de la difusión de la bacteria letal a través de vegetales crudos, el veredicto final sobre la materia únicamente podría emitirlo el Instituto Federal para la Gestión de Riesgos, con sede en Berlín y dependiente del Ministerio de Agricultura.
El Instituto dispone de “laboratorios fantásticamente equipados”, pero no puede recoger muestras de alimentos sospechosos porque es una prerrogativa de los Länder [regiones, según la división administrativa alemana].“Clínicas, instituciones, ministerios federales y estatales, cada uno vela por sus propios intereses. Ha transcurrido un mes y todavía no existe un único control”, se queja Thomas Oppermann del partido de la oposición SPD. Debido al caos institucional, especialistas del Instituto Koch se desplazaron a Hamburgo dos semanas después de iniciarse el brote epidémico, y el tiempo obviamente desempeña un papel crucial en una situación así. “Muchos médicos alemanes consideran que encontrar la fuente de la epidemia ya no es posible”, subraya el diario de Varsovia.
Desde la década de 1980 y la financiarización de la economía, los actores financieros nos han mostrado que los vacíos legales esconden una oportunidad a corto plazo. ¿Cómo terminan los inversores ecológicos financiando a las grandes petroleras? ¿Qué papel puede desempeñar la prensa? Hemos hablado de todo esto y más con nuestros investigadores Stefano Valentino y Giorgio Michalopoulos, que desentrañan para Voxeurop el lado oscuro de las finanzas verdes; hazaña por la que han sido recompensados varias veces.
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