La UE es el imperio. Y el imperio, la guerra

Solemos considerar que la Unión garantiza la paz en Europa. Pero el historiador Thierry Baudet señala de un modo provocador que, cuando los Estados-naciones ceden su soberanía a entidades supranacionales, se generan conflictos. Por ello propone la disolución del euro y el restablecimiento de las fronteras.

Publicado en 9 julio 2012 a las 10:14

El principal argumento de los partidarios del proyecto europeo es que el nacionalismo deriva en la guerra y la construcción europea en la paz. Cualquier pérdida que provoque Bruselas en el ámbito de la democracia, la soberanía y la transparencia, se compensaría por el noble objetivo de la paz. Pero este supuesto se basa en un error. El nacionalismo no deriva en la guerra. Lo que conduce a la guerra es la ambición de instaurar un imperio europeo. La ambición de someter a la fuerza a un corsé a los diferentes pueblos es lo que lleva a la guerra. En definitiva, la construcción europea es lo que deriva en la guerra.

El nuevo Imperio Romano de Mussolini

Tanto el fascismo como el nazismo se centraban en la construcción europea. Desde 1933, Mussolini dio a conocer su convicción de que Europa podía volver a ejercer su poder sobre el mundo si lograba instaurar una cierta unidad política. El colaborador noruego Vidkun Quisling pensaba que debíamos crear una Europa que no malgastara su sangre en conflictos asesinos, sino que constituyera una sólida unidad. Y el 11 de septiembre de 1940, Joseph Goebbels afirmaba: estoy convencido de que, en cincuenta años, ya no razonaremos en términos de países.

El 28 de noviembre de 1941, en una conversación con el ministro finlandés de Exteriores, Adolf Hitler destacó que estaba claro que los países de Europa iban a la par, como los miembros de una gran familia. Con el estudio, Nations and States (1977) (Naciones y Estados), que sentó cátedra, el historiador Hugh Seton-Watson, de la Universidad de Oxford, concluyó que las intenciones de Hitler no se limitaban a lo que se puede describir como el nacionalismo alemán. Su objetivo era conquistar el conjunto de Europa y un amplio territorio fuera de ella. Por su parte, Mussolini quería fundar un nuevo imperio romano alrededor del Mediterráneo y los japoneses deseaban instaurar una gran esfera de prosperidad conjunta en Asia Oriental.

El racismo de los alemanes tampoco era la expresión de un nacionalismo. Todo lo contrario. La raza traspasa las fronteras de la nación y del Estado, por lo tanto, la teoría racista es por definición una doctrina internacional, no nacional.

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Los padres fundadores de la UE

Resulta aún más sorprendente que Robert Schuman, uno de los fundadores del proyecto europeo, fuera hasta el 17 de julio de 1940 secretario de Estado en el régimen de Vichy, que colaboró con los alemanes. Como diputado de Lorena, en 1938 apoyó activamente la traición de Múnich y así contribuyó a que la Alemania de Hitler pudiera anexionarse una parte de Checoslovaquia. Por entonces, también había insistido para que Mussolini y Hitler estrecharan sus vínculos. El 10 de julio de 1940, Robert Schuman fue uno de los diputados que apoyaron la toma de poder de Pétain.

Mientras, Jean Monnet, otro de los fundadores, se encontraba en Londres e intentaba impedir la difusión de los boletines de información diarios de De Gaulle en la radio (algo que logró hacer los días 20 y 21 de junio de 1940).

Aparte de la Segunda Guerra Mundial, también se considera que el "nacionalismo" fue la causa de la Primera Guerra Mundial. Pero también durante la Primera Guerra Mundial, el objetivo de Alemania era someter a un imperio a unas regiones que no eran alemanas. Por otro lado, esta guerra comenzó en el polvorín que constituía el imperio Austro-Húngaro. Esa unión precursora de la Unión Europea se negaba a conceder la independencia a los serbios de Bosnia, lo que incitó a un grupo de "jóvenes bosnios" a tramar el asesinato del archiduque Francisco Fernando en junio de 1914.

Unión política; una inmensa fuente de tensiones

La opresión que ejerce un régimen centralizador genera tensiones. Una de las principales lecciones que se aprendieron de la Primera Guerra Mundial fue además el "principio de autodeterminación", difundido sobre todo por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, que abogaba por el respeto de las diferentes nacionalidades, en lugar de pretender disolverlas o integrarlas en un conjunto mayor.

Si nos remontamos más atrás en la historia, nos damos cuenta una vez más de que no es el "nacionalismo", sino el imperialismo y el deseo de unificación europea lo que generan la guerra. Analicemos las guerras napoleónicas. Napoleón quería instaurar los mismos principios para el bienestar de Europa: un código europeo, un tribunal superior de justicia europeo, una moneda común, las mismas unidades de medida, las mismas leyes, etc. Napoleón esperaba que Europa se convirtiera rápidamente en una sola nación.

Por lo tanto, la idea de que el nacionalismo conduce a la guerra y la unificación europea a la paz es falsa. Además, Europa no ha conocido la "paz" en los últimos cincuenta años. Durante la mayor parte de este periodo, los países de Europa luchaban a muerte contra la Unión Soviética, de nuevo la expresión de una filosofía antinacional: el comunismo. El trabajador, sostenía el Manifiesto Comunista, no tenía nacionalidad.

Como cabría esperar, hoy también genera grandes tensiones el intento de unir políticamente a Europa. En casi todos los países europeos se constata un aumento del poder de los partidos contra el orden establecido. En Europa del Norte, se acentúa la desconfianza con respecto al Sur y viceversa. De nuevo, la fuente de conflictos no es el nacionalismo, sino el proyecto europeo. Por consiguiente, debemos orientarnos hacia otra Europa distinta a la de la UE actual.

El nacionalismo hace posible la democracia

No una Europa con un régimen centralizador, sino una Europa de Estados-naciones que cooperen entre sí y no teman a las diferencias nacionales. Es necesario devolver a los países la autoridad sobre sus fronteras nacionales, para que puedan decidir por sí mismos a quién dejan entrar. Para defender sus intereses económicos, optarán por un régimen flexible de visados, conservando al mismo tiempo el control sobre la criminalidad y la inmigración. Es necesario disolver el euro para que los países puedan respirar de nuevo en el ámbito monetario y decidir sus tipos de interés en función de la orientación óptima de la coyuntura local. Hay que desmantelar en gran parte la armonización que borra la diversidad.

Lejos de ser una fuente de conflictos, el nacionalismo es la fuerza que hace posible la democracia. Sin esa fuerza unitaria, el Parlamento jamás puede tomar una decisión legítima. El ejemplo de Bélgica demuestra también que la ausencia de una unidad nacional puede hacer que la administración de un país sea extremadamente complicada. El pánico al nacionalismo corre el riesgo de instaurar un imperio bruselense limitante. Ya es hora de que dejen de atacar al Estado-nación.

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