En Praga, jóvenes celebran el año nuevo de 2009 y el comienzo de la presidencia checa de la UE (AFP)

Porqué los checos le han cogido manía a Europa

Al igual que Polonia, la República Checa sigue sin ratificar el Tratado de Lisboa porque su presidente está bloqueando el procedimiento. Sin embargo, en Praga, a falta de un verdadero debate, el significado de Europa es aún más difuso que en Varsovia, se lamenta el diario Hospodářské Noviny.

Publicado en 2 octubre 2009 a las 09:55
En Praga, jóvenes celebran el año nuevo de 2009 y el comienzo de la presidencia checa de la UE (AFP)

En el palacio de Belvedere, en pleno corazón de Varsovia, en el lugar en el que el presidente polaco recibe a sus distinguidos invitados extranjeros, tan sólo ondea una bandera nacional. La semana anterior se repetía la misma escena durante una conferencia organizada en el palacio. Durante dos jornadas, funcionarios, diplomáticos y periodistas checos se reunieron para poner en común con sus homólogos polacos su experiencia durante la presidencia europea que la República Checa asumió durante el primer semestre de 2009 y [Polonia asumirá durante el segundo de 2011].

Los presidentes de Polonia y de la República Checa [Lech Kaczyński y Václav Klaus] se muestran, cuando menos, sumamente reservados ante todo lo referente a la Unión Europea. En cierto modo, son precisamente ellos quienes marcan el tono del debate público en torno a la Unión Europea en sus respectivos países, siendo el segundo mucho más activo en la materia que su homólogo polaco. Y puede que por eso mismo nos parezca, veinte años después de la caída del comunismo y transcurridos otros cinco desde su adhesión a la Unión Europea, que el concepto de “Unión Europea" ha quedado desprovisto de cualquier significado.

Una incomprensible "eurolengua"

Por una parte, está el plano técnico-administrativo, cuestión que los funcionarios de ambos Estados abordaron en profundidad la semana pasada en Belvedere. Su jerga comunitaria resultaba en ocasiones incomprensible, pero pudimos comprobar con agrado que sabían de lo que hablaban. Según parece, gestionar el aparato administrativo es más sencillo que gestionar el flujo de capital procedente de los fondos europeos, lo que plantea problemas a estos países (y no son los únicos). De hecho, la línea divisoria entre el plano administrativo y el político ha dejado de estar clara porque, al fin y al cabo, la encarnizada batalla por los fondos europeos se libra en el ámbito de la política. En cuanto al plano político —y he aquí la otra cara del euro—, se echa especialmente de menos un debate de fondo, que podría resultar de extrema utilidad en los momentos de resaca que siguen a las trifulcas en torno al Tratado de Lisboa: ¿qué se entiende exactamente, a día de hoy, por “Unión Europea”? ¿Qué le depara el futuro y qué estamos dispuestos a hacer por ella? ¿Qué lugar le reservan los partidos políticos en su programa?

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Según el 66,66% de los checos y polacos, la integración de sus respectivos países en la Unión Europea es positiva. En estos países, los ciudadanos que no se consideran europeos tan sólo suponen un 25% de la población. En Polonia el euroescepticismo se considera marginal; en República Checa, por el contrario, esta tendencia constituye la opinión predominante entre las élites: ¿Por qué de un país a otro, el debate sobre la Unión Europea difiere hasta tal punto?

La explicación parece simple y puede, en cierto modo, aplicarse por igual al debate público en torno al Tratado de Lisboa, que por norma general es inexistente en la República Checa: para la élite y los ciudadanos polacos, pertenecer a la Unión Europea supone un cambio de civilización. Por una parte, Bruselas es como un pozo sin fondo —o casi—, gracias al cual se financia la construcción de autopistas y ferrocarriles. Por otra, es una fuente de ideas, el lugar donde se conciben todo tipo de políticas y estrategias de desarrollo. Asimismo, es un eje de transmisión, mediante el cual Polonia puede ejercer su influencia en Europa. Después de que Barack Obama anunciara el abandono del proyecto de instalación en Polonia de una base estadounidense de defensa antimisiles, esta opinión ganó aún más fuerza en Varsovia.

La imagen "falsa" de los checos hostiles a Bruselas

Por su parte, en la República Checa, la opinión más extendida es que la adhesión a la Unión Europea supone el regreso a un club de estados al que el país ya perteneció antaño: el de las democracias más desarrolladas del mundo. No se habla de cambio de civilización. Partiendo de esta base, los “eurosimpatizantes” checos no son acérrimos defensores del Tratado de Lisboa, sino que permiten que sea su presidente, euroescéptico, quien domine el espacio público y transmita en el extranjero la imagen "falsa y vacía" de un pueblo hostil frente a Bruselas.

Es evidente que no debe idealizarse ni a Polonia ni a su nacionalismo. Sin embargo, son de envidiar el entusiasmo y la vehemencia con los que este país define y defiende sus intereses en Europa y la forma en la que los partidarios polacos de la Unión Europea responden a todos y cada uno de los desafíos que les plantean sus oponentes euroescépticos. Y es que se echa de menos un debate de fondo sobre el lugar que ocupa la República Checa en Europa, como si dicho lugar se hubiera delegado totalmente en manos de hábiles tecnócratas y funcionarios que saben exactamente cuántos vehículos se requieren para transportar a una delegación desde un punto A hasta un punto B; cómo cumplimentar un formulario de solicitud de subvención para la energía elaborada a partir de biomasa o incluso el significado concreto del “anexo número 1 de la directiva del Ministerio de Medioambiente número 5/2008 en vigor”.

He ahí la razón por la que el Tratado de Lisboa tropieza con tantas dificultades y ha de hacer frente a tantas incertidumbres en la República Checa.

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