Encuentro del Tea Party Express en Clinton Township, Michigan, en abril de 2010.

A Europa también le gusta el Tea Party

¿Resistirá Barack Obama el advenimiento de la ola ultraconservadora? Las elecciones norteamericanas del 2 de noviembre serán también decisivas para Europa, donde las angustias de los ciudadanos favorecen a los partidos populistas.

Publicado en 1 noviembre 2010 a las 15:14
Encuentro del Tea Party Express en Clinton Township, Michigan, en abril de 2010.

El presidente Obama, depositario desde hace sólo dos años de todas las esperanzas del planeta, pasa por el trance de verse derrotado por el fenómeno Sarah Palin, convertido en categoría de movimiento político. Ángela Merkel, a la cabeza de una Alemania cuya tasa de paro nunca había sido tan baja desde hace 20 años, no consigue frenar su caída de popularidad en los sondeos. Nicolás Sarkozy, el superpresidente que prometió a los franceses que “trabajarían más para ganar más”, se enfrenta a una revolución callejera.

Europa debe hoy hacer frente a una mezcla detonante de protestas, repliegues y rechazos de la inmigración que no presagia nada bueno. Los Estados Unidos, por su parte, parecen estar a punto de entrar en uno de esos momentos de su historia en que la irracionalidad y el populismo contra la política, la inmigración y el resto del mundo podrían conducirles a una catarsis colectiva de consecuencias inciertas. La crisis mundial, nacida en el mismo corazón del sistema capitalista y que ha afectado duramente a las economías más desarrolladas del mundo y a su modo de vida, viene acompañada de una profunda crisis política y social.

Las élites desacreditadas

El malestar no se manifiesta de la misma manera en ambos lados del Atlántico, pero estas manifestaciones atestiguan una misma incertidumbre y perplejidad frente a un mundo que, de golpe y porrazo, parece amenazar más gravemente el estilo de vida y el estatus de las democracias poderosas a las que nos hemos acostumbrado. Lo que distingue este periodo de otros anteriores es que hoy en día Internet y la televisión por cable son medios de comunicación omnipresentes para el público, que alimentan los conflictos, movilizan a los individuos y crean redes de comunicación tentaculares donde predominan más las emociones que la reflexión.

Quizá este panorama sea terreno abonado para el populismo. No obstante, son estos mismos medios y redes de Internet quienes han movilizado a nuevas franjas de población y las han incitado a comprometerse con la política (y a votar) para mantener en el cargo a Obama. Por ello, nos vemos abocados a afrontar una nueva realidad cuyas consecuencias sobre la organización de nuestras sociedades democráticas aún son imposibles de medir. He aquí otro aspecto de este nuevo fenómeno americano: a pesar de la aparente “moderación” del electorado, la gran mayoría de norteamericanos no aprecian a su gobierno ni a los representantes que ellos mismos han elegido, no más de lo que aprecian la cultura de Washington.

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Movilizar a los moderados

Los europeos, como los norteamericanos, tienen miedo del futuro y no confían en las elites que les gobiernan. No comprenden el mundo que ha surgido de esta crisis. Temen a China del mismo modo que temen al “otro” que vive justo al lado. La principal diferencia radica quizá en el hecho de que Obama, a pesar de todo, sigue manteniendo un discurso que tiene sentido en este mundo que cambia a toda velocidad, aun cuando sus palabras no consigan tranquilizar a los norteamericanos. En Europa nos cuesta identificar un discurso que cuente la verdad a los ciudadanos y que les muestre un camino que tenga sentido, por penoso que sea de tomar. Esto es no obstante lo único que podría reforzar el centro y movilizar a los moderados. La necesidad de este tipo de discurso será cada vez más acuciante: en caso contrario, no será la política la que aporte una respuesta a la angustias de la calle, si no la calle la que acabará por vencer a la política.

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