Nunca antes había solicitado un permiso para vivir, trabajar o estudiar en un país europeo. He visitado casi todos los Estados miembros europeos. He aprendido alemán, español y un poco de francés. He pasado meses y años estudiando o trabajando en Colonia, Bruselas, París y, ahora, Ámsterdam. Es un privilegio que los británicos hemos aprendido a perder. Acaban de expedirle su primer pasaporte a mi sobrino de dos años y no es como el mío de color burdeos que podré conservar unos años más, sino uno azul de menor valor.

El adagio para los que representamos el 49 % de los que querían quedarse en la Unión Europa sigue siendo un tanto empalagoso. Aunque dentro de seis semanas dejaré de ser ciudadana de un Estado miembro de la UE, siempre seré europea.
El proceso de inmigración no me ha tratado con tanta dureza como a otros. Tuve que esperar alrededor de dos meses para conseguir una cita y registrarme en el ayuntamiento de Ámsterdam. Fue el mismo tiempo que tardé en encontrar un piso apropiado en la ciudad. Durante la búsqueda de vivienda, nos chocamos con los manillares de las bicicletas unos cuantos ‘Brits burgers’, o ciudadanos británicos. Un nuevo compañero holandés me dijo que, de todos modos, tanto yo como los que dejamos el Reino Unido junto con empleados de empresas como Panasonic y Sony, podíamos permitirnos los elevados alquileres por una bonificación fiscal que existía para atraer a extranjeros al país.
Convertirme en residente temporal de un país de la UE fue cuestión de esperar mi turno. Recibí la primera carta de inmigración en la que me informaban de que éramos muchos los que solicitaríamos el permiso de residencia debido al Brexit. En cierto modo, para mí el ‘periodo de transición’ fue más tangible, aunque de forma no oficial se esté convirtiendo en una paralización en política. Tenía un límite de tiempo para solicitar la residencia y era cuestión de semanas.
Fue relativamente sencillo solicitar la residencia en un Estado miembro de la UE, con el privilegio que me otorgaba disponer de una vivienda y un contrato laboral. En el ayuntamiento, mostré mi certificado de nacimiento, el pasaporte y el contrato de alquiler para obtener mi número fiscal único o BSN. Envié por correo electrónico mi solicitud, junto con una tasa de 60 euros. Mientras, en mi país, algo menos de tres millones de ciudadanos de la UE solicitaban ‘quedarse’ como parte del Settlement Scheme, o esquema de asentamiento del Reino Unido, y que exigía una prueba de domicilio.
Estaba fuera de Ámsterdam cuando recibí la respuesta. Mi amigo y vecino me envió una foto de la carta y añadió:
‘¡Te puedes quedar! :)’
Amplié la imagen de la carta en mi teléfono. Había aprobado el nivel uno de holandés con una puntuación del 96 % (calificado como ‘goed’, bueno). Mi título en alemán volvió a aparecer y a manifestarse como holandés básico, pero seguía sin estar segura de lo que decía la carta. Le envié la fotografía a otro compañero.
‘¡Acabas de recibir la residencia para cinco años!’, me confirmó. ‘Así que, puedes quedarte los próximos cinco años’. Emoji de palmas mirando hacia fuera y hacia arriba, emoji de cara de celebración con gorro de fiesta y matasuegras, emoji de dos copas de champán brindado.
Y así me convertí en parte de los 1,2 millones de británicos que vive en el extranjero, casi un tercio del número de ciudadanos de la UE en el Reino Unido (donde viven 3,5 millones de ciudadanos de la Unión Europea).
Desde entonces, los que formamos el 49 % que votó a favor de permanecer en la Unión Europea hemos aceptado hace tiempo el
resultado. En un país de 66 millones, más de un millón solo pudimos manifestarnos de forma pacífica contra el voto del Brexit en Londres. Las secciones de la marcha a las que me uní desde Hyde Park hasta Westminster o desde Covent Garden hasta Trafalgar Square en pocos casos se mostraban alegres, ruidosas o enfurecidas. Simplemente estábamos presentes.
Tampoco tuve la apabullante sensación de que los estudiantes o los jóvenes se hicieran a las calles para luchar por nuestro estatus de Estado miembro. Les afectará más el cambio climático o el racismo sistémico. Yo solo empecé a darme cuenta de quién soy, como europea, por el programa de intercambio de estudiantes Erasmus. Mi identidad como europea no se formó mientras estaba ocupada perfeccionando el triplete de ser británica, inglesa o paquistaní.
Y, gracias a la sociedad multicultural británica, nunca tuve que explicar que era de origen paquistaní a otras personas en el Reino Unido, como sí tuve que hacerlo en Alemania, Bélgica o Francia. Cuando surgió el Brexit, vivía en el este de Londres, en un barrio que tenía 149 nacionalidades, pero que registró la menor participación de votantes de todos los distritos de Londres.
En cualquier caso, según la prensa británica, la misma que acusó a los jueces del Tribunal Supremo de ser ‘enemigos del pueblo’, yo era ahora una remoaner (literalmente, una quejica por la permanencia, juego de palabras entre "moaner", quejica, y "remainer", persona a favor de la permanencia). Los que podían, solicitaban la ciudadanía irlandesa, o la ciudadanía ibérica por sus raíces sefardíes. Nos estaban clasificando, aunque hemos seguido con nuestras vidas en los últimos cinco años, y esto me diferenció más como hija de inmigrantes de la Commonwealth.
En una encuesta reciente, los británicos afirmaban que confiaban en las enfermeras, los médicos o los ingenieros más que en los políticos, los arrendadores y los medios de comunicación. Y no es de extrañar. Los últimos cinco años han empezado a revelar qué es lo que les importa a nuestros líderes. La corrupción y el favoritismo van en primer lugar. Es un factor que se ha constatado con la gestión británica de la Covid-19. Esa misma encuesta revela que en quien menos confiamos es en los banqueros, los arrendadores, los periodistas y los políticos. Tal y como lo entiendo, es porque defienden sus intereses económicos. Nunca me han ayudado a comprender preguntas algunas muy claras que me he planteado sobre esta decisión democrática de salir de la Unión Europa:
🚶🏽♀¿Por qué queremos limitar con tanto orgullo la libertad de movimiento en 2020?
⛓ ¿Por qué aceptamos que nuestras figuras públicas más acaudaladas, que defendieron ferozmente la salida de la UE, luego se han asegurado de solicitar una ciudadanía europea o han trasladado sus empresas al extranjero?
👨🌾 Mientras estas figuras votan *en* su propio interés, ¿por qué tantas personas, en Cornualles o Gales, votaron en contra de sus intereses?
🤷🏽♀️¿Por qué los tres últimos primeros ministros conservadores iniciaron sus carreras en el Brexit a favor de permanecer en la UE (y nuestro entonces líder de la oposición se mantuvo en silencio durante toda la campaña estando a favor de la salida)?
🇬🇧 ¿Por qué la campaña a favor de la salida infringió la ley?
🇬🇧¿Por qué, siendo un país de cuatro naciones, no sabemos más los unos sobre los otros?
Recuerdo que, cuando conocí a mis primeros compañeros irlandeses en el extranjero, uno me dijo: ‘No eres consciente de por qué no nos gustan los ingleses, ¿verdad?’.
Si el Brexit fuera un voto racista, tiene sentido. En realidad, nunca hemos entendido quiénes somos con respecto a los escoceses, los irlandeses del norte o los galeses. ¿Se establecerá ahora una frontera estricta ("hard border") en Irlanda entre el norte y el sur? ¿El Gobierno conservador infringe la ley internacional al reescribir el tratado que mantiene a Irlanda del Norte dentro del mercado único? ¿Los escoceses votan por la independencia, esta vez con los márgenes inclinándose hacia el otro lado?
Los eslóganes de ‘retomar el control’ y ‘hacer efectivo el Brexit’ parecen ridículos cuando pienso que crecí junto a personas agradables en un país al que le encanta ver programas de televisión como Strictly Come Dancing o Great British Bake Off. A un amigo de un país de Europa del Este le preguntaron a la mañana siguiente del referéndum: ‘¿Has hecho ya las maletas, colega?’ Ya se respiraba el ambiente hostil.
Una investigación reciente confirma una fuga de cerebros, pero también demuestra un nuevo ‘europeísmo británico’ que puede prosperar fuera del Reino Unido. Recuerdo cómo se quejaba un compañero en 2015: ‘Ahora solo hablaremos del Brexit en los próximos años, qué aburrimiento’. Otro recordaba a la redacción en una conferencia por la mañana que Gran Bretaña solo entró a formar parte de la UE cuando lo necesitó desde una perspectiva económica. Ya habíamos hecho nuestro trabajo. No había cabida para la solidaridad.
He vivido en el continente europeo, trabajando en el contexto de las instituciones europeas, y podría estar leyendo más noticias que otras personas en mi comunidad o en la región, que suelen votar sobre cuestiones únicas. Existe toda una alfabetización en esta historia política y muchas personas no pueden afirmar tenerla. Además, hay historias sobre Gran Bretaña que no estamos viendo. El geógrafo Danny Dorling ha escrito sobre el aumento en las tasas de mortalidad. El periodista George Monbiot ha investigado la inminente escasez de alimentos (y hace hincapié en la importancia de que los periodistas se mantengan lejos de la carga que les impide tratar las historias de verdad).
Mientras, los dirigentes a favor del Brexit que gobiernan Gran Bretaña intentarán adquirir protagonismo con la cumbre COP 26 sobre el clima que se celebrará en Glasgow en diciembre de 2021. Como coanfitriones en el quinto aniversario de los acuerdos climáticos globales, tendrán que resultar creíbles mientras se posicionan como una influencia global, demostrando su propio compromiso con la reducción de emisiones.
Cuando en Gran Bretaña suenen las campanadas de Nochevieja, el Reino Unido saldrá del mercado único europeo y de la unión aduanera. Será la 1 de la madrugada en Ámsterdam. No es donde pensaba que estaría, pero no me arrepiento de la decisión de salir del país y de trabajar en el extranjero. La historia del Brexit tardará años en desarrollarse, los mismos que tardaremos en comprender las consecuencias reales de todo esto.
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