En la ruta que conduce de Brasov a Covasna, en Transilvania, el olor de los Kurtos Kalacs (bollos salpicados de azúcar caramelizado) y del pan de patata hecho en casa flota en el aire desde la mañana hasta la noche. Históricamente es aquí donde comienza la región del pueblo székely, la minoría húngara de Rumanía cuyo Consejo Nacional ha instaurado hace poco un himno, un símbolo y una bandera con vistas a encarnar el “futuro territorio autónomo del pueblo székely”.

Zagon, uno de los ayuntamientos más grandes del condado, cuenta con 5.000 habitantes, de los cuales 2.700 son rumanos, casi otros tantos son húngaros y unos 40, romaníes. Zagon presume de ser un ejemplo de diversidad étnica desde el punto de vista administrativo: el alcalde magiar Joseph Kis forma equipo con su adjunto rumano, Nicolae Coznean. Ambos se conocen desde hace mucho tiempo, ya que compartieron pupitre en la escuela primaria. “Yo nací aquí y nunca existieron problemas étnicos entre nosotros, magiares y gitanos”, explica el teniente alcalde. “Sinceramente, no entiendo todo este tema de la autonomía del pueblo székely. Hace unos días hablaba con un policía de etnia magiar que me decía: “Entonces, si se forma la nación székely, ¿ganaré el doble que mi colega rumano?”. Todo el mundo en Zagon conoce tanto la lengua rumana como la lengua magiar, y en el Ayuntamiento esto es prácticamente un requisito para la contratación de personal.

La gente prefiere hablar de patatas

Es un día más, como cualquier otro día de septiembre y las calles se ven surcadas por las carretas y los tractores cargados de patatas, alimento por excelencia que los habitantes de Zagon cultivan de sol a sol en esta tierra. En las conversaciones, la patata y el trabajo son los temas predominantes. Algunos artesanos trabajan sobre el tejado de una casa del barrio rumano, a la que Sorina y Gyusz Kertenz, un joven matrimonio, se mudarán una vez terminada. “Nunca hemos tenido problemas, porque él sea húngaro y ella rumana o viceversa. Las personas de este lugar han crecido juntas, no pueden odiarse, a diferencia de lo que se dice en la tele”, afirma con firmeza Gabriela Cretu, antigua profesora de la escuela infantil del municipio, al referirse a las reivindicaciones nacionalistas en el seno de la comunidad magiar que fomentan los nacionalistas de Budapest.

En un banco cercano al ayuntamiento, Tartoli Bila descansa a la sombra. Tiene 75 años y siempre ha vivido en Zagon. No sabe mucho sobre el tema de la autonomía y tampoco le interesa demasiado. Considera que en el campo, donde ha pasado la mayor parte de su vida, no hay tiempo para discusiones y todo el mundo trabaja por igual. “Vivimos todos aquí, la chica rumana se casa con el hombre magiar y viceversa. Este problema es para la gente importante, para los que salen en las noticias. Yo voy al campo, al bosque, me ocupo de mi trabajo y adiós, muy buenas” dice el anciano.

"Un País Székely independiente es imposible"

Un cartel propagandístico del PNL, el Partido Liberal Nacional, ondea al viento frente a una casa del barrio rumano. Su propietario es Mugurel Grigorescu, presidente de la sección local del PNL. Este portero de Covasna es el “lastre de los húngaros”. “Tengo muchos amigos magiares”, nos cuenta. “La gente normal está demasiado ocupada labrando la tierra. El tema de la autonomía de los székely sólo le interesa a un puñado de políticos que reclama la autonomía: pues bien, que les den un pedazo de territorio por algún sitio, y que se las apañen solos con su pitanza, su electricidad y el resto”. Según él, un País Székely independiente es imposible. “Es ilógico, no se puede establecer un Estado dentro de otro Estado. De todas formas, no se puede conseguir la autonomía como Estado sin haber antes alcanzado la autonomía económica. Dependen de Rumanía para todo: el gas, el petróleo y la electricidad”.

Desde hace algunos años, los líderes del UDHR (Unión Democrática de los Húngaros en Rumanía) luchan por conseguir la autonomía de su territorio, pero la gente de Zagon no parece siquiera haber oído hablar de ellos. La minoría húngara de Rumanía ya goza de ciertos derechos fundamentales: la enseñanza del húngaro en la escuela y el establecimiento de colegios húngaros, la protección y valoración de su cultura, así como la libertad para crear medios de comunicación (periódicos, televisión, radio). Disfruta de espacios en las cadenas públicas de televisión y radio, y sus miembros pueden profesar y practicar su religión sin sufrir ningún tipo de discriminación, pueden construir lugares de culto, votar a sus representantes en el Parlamento nacional y pueden emplear su lengua materna ante el tribunal.