Los ojos de Laura Tamiozzo están pegados a la pantalla de un teléfono móvil y su voz, suave pero con determinación, resuena en la sala parroquial del centro San Sebastián, en Vigonza, un pueblo cerca de Padua. A su espalda se ve un póster del sindicato Filca-Cisl Veneto, que organiza la concentración pública.

Hay tumbas alineadas y 25 nombres de empresas que llevaban tiempo implantadas pero que han tenido que cerrar sus puertas ante la indiferencia general. “Querida Flavia: no me resulta fácil escribirte esta carta, pero debo decirte que mi familia también está pasando por el mismo drama que vive la tuya”.

Laura Tiamozzo lee la carta que escribió el 22 de enero a Flavia Schiavon, de 35 años, que ahora se encuentra sentada a su lado. La Gran Crisis se ha llevado a sus padres por delante. Ambos eran empresarios de la construcción y ambos se suicidaron.

Giovanni Schiavon se disparó en la cabeza el 12 de diciembre en su propia oficina. El asunto atrajo algo más de atención porque aunque Schiavon estaba endeudado, el Estado le debía 250.000 euros. Antonio Tamiozzo, por su parte, se ahorcó la noche del 1 de enero en un hangar de su empresa, que contaba con más de treinta empleados.

Daniele Marini, director de la FundaciónNoreste, explica que, resulta “difícil trazar el perfil prototipo de estos empresarios”, aunque se pueden destacar algunos rasgos comunes.

El primero es que sus empresas tienen una dimensión modesta, cuando no mínima, y la mayoría desempeñan su actividad en sectores asentados como la construcción, la artesanía a pequeña escala y otros similares. Además, en un sistema en el que una pyme del noreste recurre a una media de 274 proveedores, que realizan normalmente un 80% del producto acabado, todas las pymes están estrechamente vinculadas unas a otras.

Declararse en quiebra se considera una vergüenza

Según las cifras de Cgia [el sindicato de pymes y de artesanos] de Mestre, desde el principio de la crisis, al menos 50 pequeños empresarios o artesanos de Véneto se han quitado la vida. “El reparto del trabajo se convierte en el reparto de la vida”, explica el escritor y periodista Ferdinando Camon. “Cuando la empresa está en crisis, el jefe sufre tremendamente al no poder pagar a sus empleados y ver cómo tienen que apretarse el cinturón. Eso es lo que causa gran parte de estos suicidios: tener que despedir a colaboradores, cerrar y declararse en quiebra se considera en la cultura de las comunidades trabajadoras del noreste una vergüenza, un incumplimiento de la responsabilidad social que tiene el empresario”.

Tampoco se excluye, según Camon, que en algunos suicidios “exista una voluntad más o menos consciente de señalar que el deudor, es decir, el Estado, es un asesino, que es el responsable de estas muertes”.

La ira aumenta y las relaciones con el mundo político parece que se han deteriorado irremediablemente. Tras Tangentopoli [la gran investigación anti-corrupción que sacudió la clase política en los años 1990], la economía y la sociedad de Véneto consideraron que se desarrollarían mucho mejor sin el freno de las “instituciones”.

Una desconfianza frente al Estado que resulta recíproca: “el noreste es una jungla misteriosa. Roma no la investiga. O, si lo hace, no la entiende”.

Solos, aislados e incomprendidos

Una de las pocas certezas es que los empresarios de Véneto se sienten solos, aislados, abandonados e incomprendidos. En la reunión de Vigonza se propuso crear una asociación de familias de las víctimas de la crisis. Las diversas asociaciones profesionales se esfuerzan por solucionar lo más urgente. A finales de febrero, la Confartigianato (la asociación de artesanos) de Asolo y Montebelluna creó Life Auxilium, un servicio de ayuda psicológica para los jefes de empresas que estén atravesando dificultades y que pone a su disposición un número gratuito (que recibe un promedio de una llamada al día) y un centro de atención.

¿Son estos suicidios macabros la consecuencia del agotamiento de un “modelo”? No necesariamente. En realidad, la “locomotora de Italia”, una región llena de energía, escenario de una explosión salvaje y espontánea de empresas de todo tipo, comenzó a ralentizarse a principios de los años 2000.

En ese momento, “el desarrollo del Noreste, tal y como lo conocemos empezó a ‘terminarse’ porque los factores que originaron este dinamismo formidable habían tocado techo”, se puede leer en Innovatoridiconfine.IpercorsidelnuovoNordEst[“Innovadores fronterizos. Los caminos del nuevo Noreste”] (editorial Marsilio, 2012), una obra colectiva dirigida por Daniele Marini.

“La gran disponibilidad de mano de obra ha dado lugar a la estagnación demográfica, a la incompetencia de los trabajadores locales; estas empresas que han sido familiares durante mucho tiempo han tenido problemas para traspasarlas a las nuevas generaciones, y los campos de la región, en vías reurbanización pero que ofrecían todavía espacios libres, poco a poco se han saturado, tanto en términos de superficie disponible como de infraestructuras. Todos los factores favorables que habían propiciado la prosperidad económica en el Noreste habían tocado techo”.

Stefano Zanatta, presidente de Confartigianato Asolo-Montebelluna, sintoniza con ese planteamiento: “La crisis ha sacado al la luz las debilidades del sistema. Un sistema que a día de hoy todavía está muy fragmentado, compuesto por empresas pequeñas y muy pequeñas. En un principio ésa fue su baza, mientras la máquina funcionaba eso generó riqueza y pleno empleo asegurado. Pero hoy en día, con una crisis que dura ya cuatro años, no estamos en posición de plantar cara a un sistema que nos supera”.

El trabajo lo es todo

Si se presta atención a las cifras de Movimprese durante el periodo 2006-2010, se aprecia que el saldo entre las nuevas inscripciones y los ceses de actividad en el Noreste es negativo: 6.023 pymes han desparecido. Para Daniele Marini, una pequeña empresa no se ve abocada necesariamente a cerrar o a quedar marginada por el mercado.

Sino que hace falta que haya sabido dar un “salto evolutivo” en la innovación tecnológica, en la organización de la producción y de los servicios y que haya creado “relaciones de producción y comerciales con empresas más grandes que se han internacionalizado”.

A pesar de las grandes transformaciones en estos últimos veinte años, la sociedad del Noreste sigue siendo muy “trabajadora”, en la que todos, tanto jefes como empleados, sea cual sea su medio social, la generación o los grupos a los que pertenezcan, se identifican con el trabajo. Y el trabajo también es la preocupación más importante de la población, especialmente ahora.

En 1996, el sociólogo Ilvo Diamanti [especialista del Noreste] lanzaba esta advertencia: “el trabajo se ha convertido en la nueva religión. […] Temo que nos topemos en el futuro con grandes problemas y no sólo económicos. Puesto que, si el trabajo es todo, si es el éxito económico el que proporciona satisfacción, el día en que el desarrollo se ralentice, tendrá repercusiones no sólo económicas, sino también psicológicas”.

“La cultura y la felicidad no sirven para nada. Los cuartos, los schei como se dice por aquí, lo son todo”, explica Ferdinando Camo. “El pequeño empresario endeudado no vive una crisis económica, vive una crisis total. Nerviosa, moral y mental. Por eso se suicida, porque los schei son en su caso el único valor y si su vida es deficitaria en ese aspecto, cree que ya no vale la pena vivir. Los schei son un valor absoluto”.