Antes incluso de que pueda darse cuenta del placer que le pueden producir sus órganos sexuales, el cerdoya está castrado. En cualquier caso, tampoco podría haberse beneficiado mucho de sus testículos, dado que se le envía al matadero a los seis meses, aunque podría vivir fácilmente una docena de años. A menos, claro está, que logre superar toda clase de oscuros criterios de selección para disfrutar de un periodo de gracia, en calidad de donante de esperma. Aunque se limite a llenar un frasco de plástico, en lugar de hacerlo de forma natural.

Pero para el resto de lechones, el veredicto es implacable. Y como las desgracias nunca llegan solas y la carne debe venderse con los menos gastos posibles, la cosa normalmente se hace sin anestesia. El lechón se suspende entonces con la cabeza hacia abajo y mientras el ganadero extirpa con los dedos los testículos que acaban de descender de la bolsa, el animal grita de tal modo que podría hacer explotar el cráneo de su verdugo. Por ello, los ganaderos, que no son tontos, jamás emprenden la tarea sin llevar un casco para mitigar el ruido.

Los alemanes rechazan a los cerdos sin castrar

Hay que reconocer que, de vez en cuando, el rosado castrado suscita tal compasión que a veces se aplica algo de anestesia para su emasculación. Con CO2, que le quema los pulmones. O bien se puede realizar lo que se denomina inmunocastración, por medio de una inyección de Improvac en la grasa del muslo. Pero esta última posibilidad es muy costosa y además, aún no se conocen los efectos a largo plazo de este cocktail hormonal en la salud del consumidor.

Este martirio se debe a que alrededor del 1% de la carne de los cerdos machos desprende un olor desagradable al cocinarse. Y son sobre todos los alemanes, esos sagrados carnívoros, los que temen que la carne huela o les sepa demasiado a carne. Incluso sueñan que los cerdos llegaran al mundo sin testículos. Entre nuestros vecinos orientales, no se admiten a los lechones que no estén castrados. Y dado que una gran parte de nuestro ganado porcino acaba en escalope alemán o en una casa de salchichas germanas, significa que los testículos de nuestros cerdos belgas no tienen ninguna posibilidad, pues unos días después de su nacimiento acaban en un cubo. Resulta desoladora la imagen de un cubo lleno de testículos viscosos aún calientes. Todo este sufrimiento es totalmente inútil.

Minoristas y restaurantes deben impulsar el cambio

La carne de cerdo tiene un fin en la vida: la fricadelle, esos despojos prensados, ñam, ñam y sobre todo la especial, con cebolla, ketchup y mayonesa, acompañada de una cerveza y una divina ración de patatas fritas. Estamos más que acostumbrados a las freidurías, por lo que difícilmente podemos pretender que la carne "olorosa" no tiene salida. Somos perfectamente capaces de comer pollo triturado y macerado en mierda, como en la ensalada de pollo. ¿Y cuál es el problema? Además, este olor típico del cerdo desaparece completamente en el momento en el que la carne está cocida, transformada en jamón. Nada más. Niente. No se nota la diferencia y deja de oler. Sinceramente, no existe ninguna razón de peso para quitarles a los lechones su juego de bolas. No es ni económico, ni gastronómico y mucho menos ético.

No es necesario ser vegetariano para saber apreciar la importancia del bienestar de los animales, pero tenemos un mercado que pierde de vista la aristocracia de la carne: los carnívoros que aprecian que sus comidas no estén precedidas por prácticas bárbaras. Hombres a los que les gusta comer un buen asado de vez en cuando, pero sólo si se hace como es debido. Pero difícilmente podemos comprar lo que no está en venta. La pelota se encuentra en el campo de la gran distribución. En Países Bajos, las cadenas Aldi, Lidly McDonalds, sí, incluso el maldito McDonalds, han dejado de almacenar y de vender carne de cerdos castrados. Albert Heijn, líder del mercado neerlandés, seguirá su ejemplo a partir de 2011. Y de este modo, cada año, un millón y medio de cerdos podrán ser animales enteros. Los ganaderos están encantados de librarse por fin de esta castración inútil, cronófaga y horrible. Así, con una misma medida se garantiza una mejor vida para el ganadero y el animal. Es una medida poco común, pero existe. Y si alguien es lo suficientemente osado para tomar la iniciativa, acabará también existiendo en Bélgica.