En Belfast hay una calle que se llama Madrid y que acaba abruptamente en el muro de Berlín. El paredón consiste en una parte de ladrillo, más otra de hierro y otra de acero. Mide más de siete metros de alto y está rematado con pinchos y alambradas. Su objetivo no es sólo impedir que la gente salte de un lado a otro, sino también evitar que se lancen adoquines, clavos y bombas caseras de petróleo. Lo llaman «línea de la paz», por no llamarlo el muro de la vergüenza. Sirve para separar a protestantes y católicos…

El este de Belfast amaneció [durante los disturbios de los últimos días] con coches quemados, cristales rotos y restos de los adoquines lanzados contra la policía. En el paisaje desolado de después de la batalla se levantaban inmutables los muros, parientes no muy lejanos de los de Gaza y Cisjordania, con ese aire lacerante de campo de concentración, bombardeados por grafitis en honor de los lealistas encapuchados del Ulster o de los mártires republicanos del IRA. Tanto monta.

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