Cuando Francia ha suavizado sus habituales reparos a la hora de restablecer las conversaciones sobre la adhesión de Turquía a la Unión Europea, abriendo así el camino para retomar las negociaciones tras un periodo de tres años en punto muerto, otros Estado miembro levanta barricadas en contra.

La semana pasada Alemania bloqueó la reapertura de las negociaciones con Ankara en torno a la política regional, uno de los 35 capítulos del manual que los candidatos potenciales tienen que adoptar antes de que su solicitud para ser Estado miembro se tome en consideración.

Berlín sostiene que su oposición, que no es definitiva, es de “naturaleza técnica”. Pero a falta de una explicación más clara, este movimiento se ha interpretado como una respuesta a la represión de los manifestantes en Turquía. Ante las noticias de hace una semana sobre el ataque de la policía al hospital alemán en Estambul y que se empleasen gases lacrimógenos en un hotel que se utilizaba como refugio para los manifestantes (y en el que también estaban políticos alemanes), la canciller Angela Merkel manifestó que la respuesta había sido “excesivamente dura”.

Un delicado equilibrio en peligro

Puede que Merkel considere que saca un mayor rédito político al congelar las negociaciones con Turquía antes de las elecciones generales alemanas de septiembre. La opinión pública alemana se muestra en general escéptica ante la entrada de Turquía. Aunque sus socios liberales del FDP están más abiertos a esta idea, el borrador del manifiesto de su propio partido [el CDU] contempla con indiferencia que Ankara no cumple en este momento “los criterios de adhesión de la UE”.

Es cierto. Al abrir cabezas y amenazar las libertades, Recep Tayyip Erdogan no ha dado pasos en pos de la adhesión de su país. Su respuesta ante las protestas eminentemente pacíficas revela un halo de autoritarismo que amenaza con desestabilizar el delicado equilibrio entre la Turquía secular y las comunidades religiosas.

Parar constantemente las negociaciones hace que le proceso parezca una pantomima. Los políticos turcos, que se sienten humillados por los repetidos desaires, cuestionan ahora la sinceridad de Europa. Algunos han llegado a la conclusión de que Turquía debería dar la espalda a Bruselas.

Saltar las barricadas y hablar

Resulta irónico que Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo, el AKP, hayan sido los principales beneficiarios de la apertura hacia Europa. La convergencia en el ámbito legal ha permitido que Turquía se democratice, quitándose de encima la mano muerta del Estado autoritario kemalista.

La UE debería transmitir cuál es su postura ante la respuesta de las protestas. Aunque es mera palabrería para los Estados que han bloqueado el camino de la adhesión de Turquía, rebajar la presión sobre más liberalización, argüir ahora que no pueden negociar porque el Gobierno de Ankara es demasiado autoritario.

Si los Gobiernos de la UE realmente pretenden lo que manifiestan sobre querer como socio a una Turquía pluralista, deben saltar las barricadas y hablar.