En invierno de 2000, la UE impuso unas sanciones sin precedentes a Austria, que quedó aislada cuando el partido xenófobo de Jörg Haider fue invitado a entrar en la coalición de gobierno. Yo era entonces corresponsal en Bruselas y recuerdo muy bien las quejas que recorrieron la UE en aquel momento. Recuerdo a los humillados austriacos y al propio Haider yendo a Bruselas para demostrar que no era ningún mini-Hitler vestido con una túnica de Carintia.

En enero de 2011, Hungría toma el timón de la presidencia rotatoria de la UE, en un momento en que Victor Orbán está adoptando una deriva claramente autoritaria en el país. Amparado en su mayoría de tres cuartos en el Parlamento y en el caos de la oposición, el primer ministro húngaro acaba de aprobar una nueva ley de prensa que permite a su Gobierno controlar y acosar financieramente a los medios de comunicación independientes con cualquier pretexto que considere adecuado, a través de un consejo de prensa bajo control gubernamental.

El Ejecutivo de Orbán ya ha tomado el control de la mayoría de las instituciones públicas de Hungría. Y no sólo eso, también ha provocado la irritación de Bratislava al ofrecer pasaportes húngaros a la minoría húngara eslovaca.

Nadie en Bruselas ha criticado a Orbán

Orbán es un político mucho más talentoso y experimentado de lo que era el Sr. Haider. Comenzó su carrera en la oposición democrática y ha demostrado un impresionante espíritu de lucha, que le ha llevado al poder tras perder dos elecciones generales. Lamentablemente, su combinación de populismo, mesianismo panoniano y nacionalismo decimonónico podría resultar más peligrosa que el haiderismo.

Pero nadie ha reaccionado en Europa. Dejando de lado los medios de comunicación, ningún líder de la UE ha realizado el más mínimo comentario crítico sobre Orbán. Deprimida por sus problemas por el euro, Europa tiene la piel más gruesa que antes. No estoy diciendo que debería imponer sanciones a Hungría, pues lo que los líderes de la UE le hicieron a Austria hace 10 años fue grotesco.

¿Pero no podría alguien al menos decirle a Orbán: “Oye Viktor, vas por mal camino. ¿Por qué estás destruyendo la democracia, con el apoyo popular que tienes y con los enormes retos que te esperan?”

El populismo es un mal paneuropeo en estos momentos: desde los Balcanes hasta Francia, pasando por Italia. Cada líder está ocupado con sus propios problemas y no tiene tiempo para mirar al patio de al lado. Europa está perdiendo no sólo su sensibilidad y su confianza en sí misma, sino también su capacidad de defenderse. Sin embargo, no sólo compartimos el mercado común, el presupuesto, el euro o Schengen, sino también unos principios democráticos. ¿Acaso vamos a abandonarlos ahora?