“Italia no nos interesa. Estamos de paso. Queremos ir a Francia, pero allí no nos quieren”. Vivac en la estación de tren, muros convertidos en letrinas, siesta en los jardines municipales, campamentos junto al río Roia. Probablemente clandestinos, tal vez refugiados, seguramente en una situación desesperada. Son los emigrantes.

Si Lampedusa es el cuello de la botella, Ventimiglia es el fondo de la botella, donde se agita una mezcla explosiva. Vidas en tránsito —unos tejanos, unas zapatillas deportivas, y un teléfono móvil como único equipaje— y habitantes inquietos, que interpelan en la calle a su alcalde Gaetano Scullino: “¿Cuándo piensas hacer que se vayan de aquí?”.

La estación de Ventimiglia es la tercera etapa italiana para los emigrantes que vienen desde Túnez. Primero el desembarco en Lampedusa y el traslado a centros de acogida provisionales en el continente —Bari, Foggia, Crotone—, de los que es fácil escapar. Después en tren hasta el norte para cruzar la frontera.

Para la repatriación basta con enviar un fax a la policía italiana

Italia es sólo un lugar de paso. Su sueño es Francia: para reencontrarse con los familiares que les han precedido, para buscar trabajo, algo más fácil de conseguir en la Costa Azul. Pero los diez kilómetros escasos que les separan de Menton parecen más largos que las noches de navegación peligrosa por el canal de Sicilia.

Para los emigrantes, la frontera entre Italia y Francia es un muro infranqueable. Su pesadilla, la policía de fronteras, que ha intensificado sus controles estas últimas semanas: intercepción de vehículos, con la mirada puesta en el color de la piel de los pasajeros, y patrullas en los trenes.Cuando encuentran a algún sin papeles, lo reenvían al instante a Ventimiglia, sin perder el tiempo en verificar su estatuto o su estado de salud. Basta con un fax a la policía italiana de fronteras. Nosotros los aceptamos sin poner objeción.

Las autoridades italianas son el extremo opuesto: cero control, nadie pide los papeles. Los centros de acogida están a reventar, nadie sabe dónde meterlos. ¿Para qué detenerlos si no quieren quedarse aquí?

De momento, los locales son todavía tolerantes

De este modo, Ventimiglia se ha convertido en una pequeña Lampedusa del norte. Cada día, una cincuentena de emigrantes llegan del sur de Italia, otros tantos tratan de cruzar la frontera francesa. Pocos lo consiguen, una treintena regresa para hacer vivac en Ventimiglia, antes de volverlo a intentar.Y cada día son más. Hoy, más de un centenar. Todos hombres de menos de treinta años, tunecinos la mayoría (más algunos libios). En el bolsillo, unos bocadillos y el dinero del tren.

Ningún problema de orden público, hasta el momento. Los habitantes de Ventimiglia, que en 1998 fueron invadidos por los kurdos, sufren la situación aunque se muestran tolerantes. “Pero si esto sigue así, la situación va a terminar estallando”, se oye tanto en los bares como en las reuniones institucionales, que se celebran a diario. Por la noche, los emigrantes acampan en el paso subterráneo de la estación, donde hay una toma para recargar los teléfonos. Tras las protestas del alcalde, la SNCF deja también la sala de espera y los lavabos abiertos.

Un interminable camino de ida y vuelta

Durante el día van y vienen por la ciudad, en busca del camino menos arriesgado hacia Francia. Samir cumplirá pronto 24 años. Emigró a Italia cuando era niño, trabajó hasta hace algún tiempo en una empresa de transporte, pero ahora ha cerrado. Ha seguido a una chica hasta Niza, donde actualmente trabaja como carpintero. Muestra su permiso de residencia que le permite desplazarse libremente por Europa.

Lleva todo el día en guardia: “He venido a buscar a mi hermano. Tiene 20 años, pagó 1.800 euros para pasar de Sfax a Lampedusa, después fue transferido a Pouilles. Me ha llamado por teléfono. Yo le he dicho: ‘Vengo a buscarte a Ventimiglia’. Y aquí estoy. Ayer hice cuatro veces el camino de ida y vuelta a Niza para ver cómo funcionan los controles. En coche es imposible: si nos hacen un control, me arrestan”.

Vuelven los contrabandistas

Estos días han vuelto los contrabandistas, desaparecidos desde la abolición de las fronteras. Abordan a los emigrantes en la estación, les muestran un coche y les proponen llevarlos con tarifas variables: 50 euros hasta Menton, 100 hasta Niza, 150 hasta Marsella. Tres pasajeros por coche, salida al caer la noche. La policía ha arrestado ya a diez.

Expertos en escalada se han ofrecido como guías para cruzar la frontera por los acantilados de roca, como se hacía antes de Maastricht. Samir teme posibles trampas: “Lo mejor es el tren. Por lo menos allí se viaja en compartimentos distintos. No me arriesgo a ser arrestado”.Las ocho y diecisiete, el tren con destino a Grasse. Ha llegado la hora. Samir llama a su hermano, hace la cola, luego da su billete como si fuera uno de lotería. Estrecha a su hermano contra su parka, y cada uno va a instalarse en un extremo distinto del tren.

Cae la noche. En la estación prenden fuego a unos cartones. El lugar está desierto, la policía vigila discretamente. Nuevos emigrantes descienden del tren de Roma y se instalan para pasar la noche. Llega un SMS. Es Samir: “¡Adiós Italia!”