El 17 de septiembre de 2026, algunos profesores del instituto público Antoine de Saint-Exupéry de Créteil (Val de Marne, Francia) se declararon en huelga: según Radio France Internationale, denunciaban la escasez de profesores y de personal de enfermería, así como las precarias condiciones laborales. Desde Créteil, las protestas se extendieron por todo el país y siguieron inflamando Francia, a veces literalmente.
“Están instrumentalizando la violencia para ganarse el favor de la opinión pública, pero se trata de un movimiento de estudiantes de instituto que se manifiestan contra el sistema (escolar) nacional. Es cierto que se han producido episodios de violencia, entre ambas partes […]. Nosotros estamos organizando un bloque pacífico, no pretendemos destrozar todo, estamos aquí solo para reivindicar nuestros derechos”, contaban Lya y Blanche, estudiantes parisinas de 16 años, entrevistadas durante una de las manifestaciones el pasado 6 de octubre.
Aunque las escenas de violencia suelen acaparar más espacio que las reivindicaciones en los medios de comunicación, lo cierto es que en Francia está surgiendo un movimiento que denuncia el estado de las escuelas en Europa.
¿Qué buscan los jóvenes franceses?
Entre otras cosas, el movimiento reivindica que se garantice la sustitución de los profesores ausentes, que las aulas estén limpias y equipadas con el material necesario (incluidos pupitres y sillas), que se garanticen unas condiciones de enseñanza dignas, que se reduzca el hacinamiento en las aulas y que se simplifiquen los horarios.

Las cifras confirman las peticiones de los estudiantes: “La enseñanza secundaria pública cuenta con menos docentes que en 2008, a pesar de que ahora haya 250 000 alumnos más. El número de alumnos ha aumentado en los institutos de enseñanza superior, tanto generales como tecnológicos: en las escuelas públicas, más del 70 % de las clases tienen más de 30 alumnos, y en el 20 % de los casos más de 35”, escribe Le Monde, que añade que las plazas vacantes de profesores se han duplicado entre 2018 y 2024.
Uno de los puntos centrales es el sistema de acceso a la universidad, el famoso Parcoursup, que muchos estudiantes y docentes consideran injusto y poco transparente: una plataforma en línea donde los aspirantes presentan hasta 10 preferencias de carreras. Se trata de una “selección escandalosa” para el acceso a la educación superior, explica Bettina (quien prefiere no revelar su apellido), una profesora de español de 50 años de un instituto concertado de París que participó en la manifestación del 6 de octubre con sus alumnos: “Muchos estudiantes, generalmente los de los barrios más desfavorecidos o donde se registra la mayor escasez de profesores, no pueden acceder a los estudios que quieren a través de la plataforma”.
La cuestión de las malas condiciones de los edificios es evidente: de media, los institutos franceses tienen 61 años; esta cifra asciende a 71 en el caso de los institutos de formación profesional. Solo el 15 % de los edificios se han construido o renovado desde 2015; más de un tercio de los centros han alcanzado o superado su capacidad máxima de admisión de alumnado, según detalla Le Monde.
Además, un informe de 2023 describe un sistema educativo que no logra compensar las desigualdades de origen. Francia es uno de los países de la OCDE con peor desempeño en este ámbito, explica el periódico, porque “las desigualdades se refuerzan a lo largo de toda la trayectoria escolar”. “Incluso con el mismo nivel educativo, los alumnos no seguirán trayectorias idénticas según su origen”, explican Johanna Barasz y Peggy Furic, autoras del informe: “Solo el 62 % de los hijos de trabajadores no cualificados llegan a completar el bachillerato, frente al 94 % de los hijos de directivos”.
Más allá de las escuelas francesas
El Informe PISA 2025 de la OCDE ya había puesto en guardia sobre estas desigualdades, escribe Lola García-Ajofrín en El Confidencial. “Los estudiantes franceses de 15 años obtuvieron resultados cercanos a la media de la OCDE; sin embargo, los alumnos con mayores ventajas socioeconómicas superaron en 100 puntos en ciencias a los de entornos menos favorecidos, lo que equivale a entre dos cursos y medio y tres de aprendizaje”.
Rodrigo Castañeda Valle, analista de la Dirección de Educación y Competencias de la OCDE precisa a El Confidencial que el cuadro general “no sugiere que Francia sea el único país que se enfrenta a este desafío en Europa”. En España la brecha es de 71 puntos sobre una media de la OCDE de 85 puntos, en una clasificación encabezada por Rumania, donde el contexto familiar supone 122 puntos, añade el diario online.
Las condiciones de los edificios
El problema de los edificios vetustos es otro punto que comparten diversos países.
Al menos 97 escuelas públicas en 16 condados rumanos tienen instalaciones sanitarias clasificadas como “deficientes”, explica Adelina Mărăcine de HotNews, lo que significa letrinas al aire libre o la ausencia de acceso a agua corriente y de conexión a la red de alcantarillado. El 9 de octubre de 2026, el gobierno rumano asignó 7,849 millones de lei (1,6 millones de euros) para obras de saneamiento en estas escuelas.
Ion-Ovidiu Pânișoară, catedrático de ciencias de la educación en la Universidad de Bucarest y director del Departamento de Formación del Profesorado de la misma universidad, explica a HotNews que Rumanía se enfrenta a problemas similares por los que los estudiantes se manifiestan en Francia, como instalaciones escolares inadecuadas, recursos insuficientes, exceso de trabajo y agotamiento del profesorado. “En mi opinión, la situación aquí es algo peor que en Francia. No creo que haya muchas escuelas con baños al aire libre en Francia”, declaró a El Confidencial.
“Ya era hora de mostrar las deficiencias del sistema educativo. Lo que los estudiantes franceses exigen debería darse por sentado, tanto allí como aquí” – Argyro Karakitsou, 17 años
Sin embargo, el tema de los baños también forma parte de las reivindicaciones en Francia: no se habla de baños al aire libre, pero sí sobre condiciones insalubres, falta de papel higiénico, puertas rotas…
“La imagen de un cuarto de baño en el exterior no significa simplemente la ausencia de una instalación. Significa falta de interés”, añadió Pânișoară. “Un niño que llega a una escuela en condiciones deplorables piensa que la escuela no importa. Todos le dicen que la educación es importante, pero las condiciones le dicen otra cosa”.
El curso escolar pasado, más de 10 000 profesores rumanos se manifestaron en Bucarest contra las medidas de austeridad recogidas en la Ley 141/2025, que plantea un aumento de dos horas lectivas por semana en las clases, la fusión de varios centros educativos y un aumento del número de alumnos por clase.
En Bulgaria, donde, según la OCDE, más de la mitad de los centros educativos tienen menos de 200 alumnos, algunos centros tienen dificultades para proporcionar calefacción, servicios higiénicos internos, instalaciones deportivas o laboratorios, según dice Desislava Koleva de Mediapool.
Clases en aulas prefabricadas en Grecia
“Casi dos tercios de los edificios escolares se construyeron antes de 1985. Según el sistema PISA 2025, el 47 % de los quinceañeros griegos acude a institutos cuyos directores señalan que la infraestructura inadecuada –incluidos los edificios, así como los sistemas de calefacción y acondicionamiento del aire– dificulta la enseñanza, mientras que el 46 % de las escuelas informan de una escasez de personal docente”, explica Kostas Zafeiropous de Efsyn.
Los problemas son particularmente evidentes en la educación especial y en las islas más apartadas, indica el periodista. Dentro del ámbito del proyecto “Espacios Contemporáneos de Aprendizaje”, varios investigadores de la Universidad Técnica de Creta visitaron más de 250 escuelas en todas las regiones del país y encontraron enormes disparidades: de escuelas modernas a laboratorios instalados en sótanos húmedos, escuelas desprovistas de patios adecuados y estructuras que no cumplen las exigencias mínimas en materia de enseñanza.
En la Escuela de Artes de Heraklion, en Creta, “la mayor parte de las lecciones se imparten en aulas prefabricadas y, en algunas, el agua se filtra y cae sobre las cabezas de los alumnos, explicó a Efsyn Anthoula Digenaki, presidente del consejo estudiantil del instituto durante la movilización de los estudiantes griegos el pasado 8 de octubre.
“Somos el futuro, pero no parece que nos presten mucha atención” – Aiden, 16 años
Argyro Karakitsou, de 17 años, alumna de una escuela pública de educación secundaria superior en Atenas indica que “a veces una materia no se imparte durante los dos o tres meses iniciales del curso académico o, en otros casos, cuando un docente está ausente por motivos de salud no se envía a ningún sustituto y tenemos que esperar a que regrese el titular”. Según Karakitsou “ya era hora de mostrar las deficiencias del sistema educativo. Lo que los estudiantes franceses exigen debería darse por sentado, tanto allí como aquí”.
En España, donde las competencias están delegadas a las comunidades autónomas, se calcula que antes de la pandemia asistían a clase en módulos prefabricados cerca de cincuenta mil estudiantes, de los cuales cerca de veinte mil lo hacían en Cataluña, cerca de 12 000 en Valencia y unos 11 000 en Andalucía.
Aulas como hornos
En lo que respecta a las condiciones de aprendizaje, la situación en Francia “empieza a ser muy preocupante”, añade Bettina, de París, refiriéndose a la crisis climática. “El año pasado llegamos a tener aulas con 35 alumnos, con ventanas que apenas se podían abrir o que no se abrían en absoluto, con lo que se alcanzaron los 40 grados”.
En Austria, explica Theo Anders del periódico austriaco Der Standard, el 88 % de los 1500 estudiantes y docentes entrevistados en un estudio realizado por el Instituto Austriaco de Tecnología durante la ola de calor de junio opinaron que la temperatura en sus propias escuelas les provocó estrés y que tres cuartas partes de ellos tuvieron dificultades para concentrarse.
Más de la mitad se quejaron de dolores de cabeza. “Entras en la sala de profesores y te envuelve una nube de aire viciado. ¿Ventilar la sala por la noche? Imposible: ¡alguien podría entrar y robar algo en el edificio! ¿Aire acondicionado? ¡Ja, ja!”, comentó a Der Standard un profesor de una escuela de Viena.
Aiden, de 16 años, al que conocimos al margen de las protestas de París el 6 de octubre, resume el sentir de sus coetáneos europeos: “Somos el futuro, pero no parece que nos presten mucha atención”, afirma
🤝 Este artículo forma parte del proyecto colaborativo PULSE. Desislava Koleva (Mediapool, Bulgaria), Theo Anders (Der Standard, Austria), Kostas Zafeiropous, (Efsyn, Grecia) y Adelina Mărăcine (HotNews, Rumanía). han contribuido.
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