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Diplomáticos sin diplomacia

No basta con tener un servicio diplomático eficaz, hace falta una política exterior común que la Unión todavía no ha definido, leemos en Gazeta Wyborcza.

Publicado en 7 octubre 2010 a las 15:13

La creación de la diplomacia de la Unión Europea, que en la jerga de Bruselas se llama Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), es un adelanto importante que hace diez años hubiese sido impensable, pero que no cambia el hecho de que el Tratado de Lisboa, acto fundacional de la diplomacia de Catherine Ashton, no determina una política exterior común. Además, ¿cómo nos las vamos a arreglar para promulgar normas que dependen de la voluntad política de gobiernos elegidos democráticamente?

Los primeros 28 nombramientos para los puestos de embajador de la UE en África, América, Europa y Asia decididos hace poco por la jefa de la diplomacia europea dan que pensar. Es verdad que se ha superado una nueva etapa en el camino hacia la política exterior común, pero la UE todavía no tiene la relevancia mundial que debiera. Y la red de 136 embajadas, por muy brillantes que sean los diplomáticos que las componen, no va a solucionar el problema. Como tampoco lo hará el centro de crisiscreado para apoyar a la señora Ashton, a pesar de contar con las opiniones y los análisis de más de un centenar de eminentes expertos de todo el continente.

La UE es la gran ausente de los informes internacionales más relevantes. Europa no participa en las negociaciones de paz en Oriente Próximo, casi no sirve de ninguna ayuda a los Estados Unidos en las negociaciones sobre el programa nuclear de Teherán. La UE se está retirando poco a poco de Afganistán. El único éxito internacional que ha conseguido hasta ahora ha sido facilitar el acercamiento de Serbia con Kosovo, una antigua provincia.

Falta capacidad de negociación

Sin el apoyo de la autoridad de una UE activa en el mundo entero, Catherine Ashton no tiene peso suficiente para defender la posición europea. ¿Con qué armas cuenta? ¿Con una copia del Tratado de Lisboa? ¿Serviría de algo que amenazase con cerrar una de las embajadas de la Unión europea? Hace poco parecía que la UE podía liderar las negociaciones sobre el cambio climático, pero el fracaso de la Cumbre de Copenhague en diciembre de 2009 acabó con cualquier esperanza, lo que produjo un gran impacto en la autoridad europea y menoscabó la confianza de la Unión en sí misma.

Los miembros de la Unión, aunque se trate de países tan importantes como Alemania, Francia o Gran Bretaña, no tienen demasiada relevancia en la escena internacional. La realidad es que después de la Segunda Guerra Mundial, Europa y sus potencias dejaron de ser el ombligo del mundo. Hoy en día la UE es demasiado débil para capitanear los asuntos mundiales, pero a la vez es demasiado grande como para quedarse al margen.

El PIB de la UE representa más del 28% del PIB mundial. Es un gigante económico, pero un enano político.

Por eso los Estados Unidos, Rusia, China, La India o Brasil prefieren negociar con cada país de la UE de forma independiente, en vez de con la Unión en su conjunto. Según Cornelis Ochmann, experto en política exterior de la Fundación Bertelsmann, los países de la UE definirán primero los objetivos comunes en materia de política exterior que menos difieran con los intereses nacionales, como sucede con una parte de Asia, África y América del Sur.

Una política exterior fragmentada por intereses históricos

La política europea común no verá la luz en la chancillería de la señora Merkel, ni en el Eliseo, ni en el 10 de Downing Street. Según el eurodiputado Jacek Saryusz-Wolski, [antiguo presidente de la Comisión des Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo] la misma se llevará a cabo gracias a la cooperación de las capitales europeas, el Parlamento Europeo y la diplomacia de Ashton. Ésta es la única manera de conseguir una política perfeccionada y equilibrada que tenga en cuenta los diferentes intereses soberanos de los países grandes y pequeños, del Parlamento y de los líderes de la diplomacia europea.

Cornelius Ochmann señala además la inevitable y progresiva regionalización de la política exterior. No hay duda de que Francia, respaldada por Italia o por Portugal, siempre ocupará el primer plano en lo que concierne a África y a los países del Mediterráneo.

Los españoles y los portugueses ocupan la primera línea de la política de la UE con América Latina. Alemania y Polonia (con el apoyo de Francia) se ocupan de las relaciones con Rusia y los vecinos de la UE que forman parte de la Asociación Oriental. ¿Y qué decir de Gran Bretaña? Una importante presencia británica en la diplomacia europea y el hecho de que Ashton sea inglesa, implica que Londres quizás no llegue a ser la locomotora de la diplomacia de la UE, pero que tampoco se va a dedicar a sabotearla.

Turquía y los Balcanes, nuevos horizontes

Más tarde o más temprano las políticas regionales se asimilarán en una política exterior común de la UE, aunque los expertos difieren sobre la duración de todo el proceso: algunos creen que harán falta dos o tres años, otros hablan de un decenio.

Existen muchos ámbitos en los que Europa podría jugar un papel relevante. En África, por ejemplo, donde China ha invertido miles de millones en comercio e industria mientras que Europa y los Estados Unidos gastan miles de millones en ayuda humanitaria y al desarrollo. En lugar de competir, una opción podría ser coordinar esfuerzos a favor de la población africana. Este modelo de cooperación podría reproducirse también en otras partes del mundo.

De igual manera, no hace falta recordar que a la Unión le interesa sobremanera llevar a buen puerto el proceso de ampliación hacia los Balcanes. También redunda en su propio interés dialogar claramente con Turquía y, una de dos, acelerar las negociaciones y aceptar la adhesión turca con todas sus consecuencias, o dar por finalizadas dichas negociaciones basando la relación con Ankara en una asociación estratégica que sin duda le hace más falta a Europa que a Turquía.

La Unión tiene que aprovechar su potencial. La diplomacia de Ashton es una buena operación, pero ahora lo que hace falta es dotar de contenido a los canales diplomáticos, que generalmente es lo que les falta. Europa ya no puede permitirse perder más el tiempo.

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