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Vista aérea del lugar del accidente, cerca de Santiago de Compostela, el 25 de julio de 2013.

El milagro del AVE, en cuestión

Únicamente China supera a España en kilómetros de líneas ferroviarias de alta velocidad en el mundo. Se trata de una ambición que parece haberse tornado en obsesión, alimentada desde hace veinte años por gobiernos de izquierda y derecha. Hoy, tras el accidente de Santiago de Compostela, el modelo económico se pone en tela de juicio.

Publicado en 29 julio 2013 a las 16:17
Vista aérea del lugar del accidente, cerca de Santiago de Compostela, el 25 de julio de 2013.

España puede presumir de dos récords mundiales en materia económica. Su tasa de paro juvenil, del 56,4%, y su red de alta velocidad ferroviaria, de 3.100 kilómetros en servicio. Solo China tiene una infraestructura de alta velocidad más extensa, aunque hay que tener en cuenta que su territorio es 20 veces superior y cuenta con una población de 1.300 millones, 27 veces más que la española. En kilómetros de AVE por habitante, ningún país del mundo se acerca siquiera al ratio español.

Esa apuesta, desde que en abril de 1992 se inaugurara la primera línea Madrid-Sevilla, ha creado en torno a él una poderosa industria, que factura casi 5.000 millones de euros al año, y exporta el 60% de su producción. De hecho, en 2012, en plena recesión, la industria ferroviaria española fue la segunda que más vio crecer sus exportaciones.

Lea el artículo original en El País

Seguridad

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Los concesionarios de la líneas deben “fijar los límites”

“Sin el dominio de las medidas de seguridad, la alta velocidad está condenada”, publica Slate. Sin embargo, España no parecía dominar estas condiciones, a pesar de que están fijadas a nivel europeo por el ERTMS (European Rail Traffic Management System), que permite controlar la velocidad a través de un intercambio de información entre el suelo y los trenes, y de que el país cuenta con dispositivos para que sea posible dicho intercambio.
Pero el control de la seguridad no puede ser una opción, sino que es un imperativo, al igual que lo es en el ámbito de la energía nuclear o del transporte aéreo, señala la web de información francesa:
Con la alta velocidad, la formación del personal que conduce los trenes debe asemejarse a la de los pilotos del transporte aéreo, para que no exista la posibilidad de que se apliquen iniciativas individuales que se salgan de los protocolos.
Efectivamente, “es posible que lleve más tiempo adquirir esta cultura que implantar el aumento de la velocidad en sí mismo”, reconoce Slate. Pero recae solamente en los concesionarios del servicio “el fijar los límites” teniendo en cuenta su capacidad para ejercer un control, tanto sobre la técnica como sobre los efectivos humanos”.

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