Belongings of residents of Krushe e Madhe who were killed during the war between 1998 and 1999 are displayed in the museum of the massacre. (L. G-A). Los efectos personales de los residentes de Krushe y Madhe muertos durante la guerra. | Foto: ©Lola García-Ajofrín

“El pueblo de las viudas de guerra”: cómo las mujeres en Kosovo han reconstruido la vida tras la guerra

Entre precariedad y tabúes, 27 años después, los retos de los supervivientes de la guerra de Kosovo sirven de advertencia para otros conflictos.

Publicado en 12 enero 2026
Belongings of residents of Krushe e Madhe who were killed during the war between 1998 and 1999 are displayed in the museum of the massacre. (L. G-A). Los efectos personales de los residentes de Krushe y Madhe muertos durante la guerra. | Foto: ©Lola García-Ajofrín

Junto a la autovía R107 de Kosovo, en un paisaje de autolavado de coches y tiendas de mármol que huele a vinagre, el futuro se empaqueta en una cooperativa de ajvar, paté de pimientos rojos asados. Esta fábrica de conservas se encuentra en Krushë e Madhe, un pueblo de agricultores en el oeste de Kosovo, y fue puesta en marcha por Fahrije Hoti y otras viudas como ella, con el apoyo de varias organizaciones internacionales.

Con más de 140 viudas de guerra en un municipio de apenas 3000 habitantes, al lugar se le conoce como el pueblo de las viudas de guerra

 Tres mujeres de negro, una de ellas al volante, descienden de un vehículo, a unos metros de la fábrica. Explican que hay muchas viudas en el pueblo, “y en el de al lado”. Entre febrero de 1998 y diciembre de 2000, más de 13 000 personas fueron asesinadas o desaparecidas en la guerra de Kosovo, cuando el conflicto étnico entre serbios y albanokosovares se agudizó en la última etapa de la desintegración de Yugoslavia.

De estos, más de 10 000 eran albanokosovares; unos 2000 serbios y el resto, romaníes y bosniacos, según datos del Centro de Derecho Humanitario de Kosovo. La violencia sexual se usó masivamente como arma de guerra. ¿Qué se pudo hacer mejor con las supervivientes y qué lecciones deja para otros conflictos?

Precariedad, trauma y prejuicios

Hemos pasado por tanto, y me quedé sola con siete huérfanos”, dice con voz temblorosa Meradije Ramadani, vecina de Krushë e Madhe. “Luego nos vimos obligadas a huir, por la ocupación serbia, que nos destruyó: a nosotros, nuestras casas y todo lo que teníamos”, exclama. “Gracias a Dios, Albania nos abrió las puertas”, continúa. “Luego regresamos”.

The cooperative in Krushë e Madhe | Photo: Lola García-Ajofrín
La cooperativa de Krushë y Madhe | Foto: Lola García-Ajofrín

Han pasado 26 años desde que asesinaron al marido de Meradije Ramadani y 25 años desde que regresó a Kosovo: “Cuando volvimos, no encontramos nada en pie, todo estaba arrasado, quemado, reducido a cenizas, completamente destruido”, rememora. Recuerda que ese primer año, durmieron a la intemperie, “en carpas, bajo lonas de plástico, no teníamos casa en la que dormir”.

 Pese a ello, siguió llevando a sus hijas a la escuela: “Tanto mi esposo como yo, siempre quisimos que estudiaran y que fueran alguien”, matiza. Hoy dice que se siente orgullosa: “las eduqué, las casé y soy abuela de 17 nietos”, afirma. “Y los siete tienen trabajo”.

En la noche del 24 de marzo de 1999, la OTAN inició una serie de bombardeos sobre las fuerzas serbias. Era la primera vez que lo hacía sin mandato de la ONU y con la participación de soldados alemanes. Al día siguiente, en la tarde del 25 de marzo de 1999, los paramilitares y el ejército serbio de ocupación entraron en Krushë e Madhe y se llevaron a los hombres, como represalia.


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“Maestro, maestro, maestro...,” recita Irfon Ramadani, señalando, uno tras otro, los retratos que se exhiben en el museo de la masacre de Krushë e Madhe. Ramadani tenía ocho años cuando tuvo lugar la masacre: “Separaron a las mujeres por un lado y a los hombres y niños por otro, y se los llevaron”, rememora, mientras camina por el museo, del que ahora es guía. En las vitrinas hay cartas, ropa, gafas y libros de los vecinos asesinados. Entre ellos, una mochila con barro. “Incluso en tiempos de guerra nunca se separó de su mochila y sus libros”, se leen junto al objeto las palabras de la madre de un joven de 17 años que quería ser médico.

En el verano de 1999, Hoti regresó al pueblo en ruinas, sola, con sus dos hijos, Sabina, una niña de tres años, y Drilon, un bebé. Había muchas mujeres en la misma situación y se enfrentaban a un doble desafío

Por un lado, al duelo por la muerte de su marido; por otro, a los prejuicios sociales por ocupar el lugar que estaba reservado a los hombres. Hoti empezó a vender ajvar y miel a los vecinos y se organizó con otras mujeres. Hoy su cooperativa emplea a más de 60 viudas y su historia llegó al cine, con la película Zgjoi (Colmena). Sin embargo, la mayoría no pudo montar un negocio. 

Views of the municipality of Krushë e Madhe, in Kosovo, from the massacre museum, April 2025. | Photo: Lola García-Ajofrín.
Vista de Krushë y Madhe, in Kosovo, desde el museo, abril 2025. | Foto: ©Lola García-Ajofrín

“La vida era extremadamente dura, especialmente para las viudas, quienes a menudo me hablaban de la hipocresía social: por un lado, eran puestas en un pedestal, celebradas como las viudas de los mártires, como las encargadas de formar a la próxima generación, pero al mismo tiempo, recibían muy poco apoyo”, rememora a El Confidencial la profesora Hanna Kienzler, antropóloga y codirectora del Centro ESRC para Sociedad y Salud Mental en el King College de Londres, que se instaló en Krushë e Madhe entre 2007 y 2009 para investigar los efectos de la guerra en la salud mental de las mujeres supervivientes de crueldad extrema.

Desde entonces, Kienzler ha regresado al pueblo todos los años —”a excepción de la pandemia”, puntualiza—. 

Kienzler dice que, en ese momento, la pensión de viudez era de 62 euros. “¿Sabes qué se puede comprar en Kosovo con esa cantidad? Si una botella de aceite de cocina son 2 euros y unos pantalones lo mismo que en Alemania o en cualquier otro sitio”, exclama. Y con esa cantidad tenían que financiar la educación de sus hijos y, a menudo, cuidar de otros dependientes. “Lo que nuevamente generaba un estrés extremo”, puntualiza. En 2014, el Gobierno de Kosovo implementó un sistema de compensaciones para distintos grupos de afectados por la guerra, que se incrementó en 2025.

A la precariedad y el trauma, se sumaron las expectativas sociales: “Ellas mismas o sus hijos tuvieron que aprender a conducir el tractor y, una vez que tenían la cosecha, las mujeres no podían venderla ellas mismas en el mercado, porque simplemente, en esa época, las mujeres no vendían cosas en el mercado”, recuerda Kienzler. “Así que, a menudo, tenían que contratar a familiares o vecinos para que vendieran sus pimientos”, añade.

La mayoría tampoco podía vivir por su cuenta. Incluso algunas mujeres tuvieron que renunciar a sus hijos. Para los albanokosovares, como para otros pueblos de los Balcanes y el sur del Cáucaso, la familia es ‘patrilocal’, es decir, cuando una pareja se casa, se espera que la esposa y el marido se muden a casa de los padres de él y se considera que los descendientes pertenecen a la familia paterna. Esto hace que el sistema sea “organizado según la línea paterna masculina” y los hijos varones sean necesarios para perpetuar la familia, explica un informe de Naciones Unidas y World Vision.

Así, algunas viudas tuvieron que regresar a casa de sus padres, mientras sus hijos eran criados por suegras y cuñadas. Flora, que se quedó viuda con 24 años, contaba para una investigación de Balkan Insight, que había sido forzada por su familia política a volver con sus padres sin su hija, que creció creyendo que era una tía.

Belongings of residents of Krushe e Madhe who were killed during the war between 1998 and 1999 are displayed in the museum of the massacre.  | Photo: LGA
Algunos objetos personales de residentes de Krushe y Madhe muertos durante la guerra expuestos en el museo. | Foto: ©Lola García-Ajofrín

“Si una mujer enviudaba y quería regresar a la casa de sus padres, en la mayoría de los casos se veía obligada a dejar a los hijos atrás, así que muchas viudas continuaban viviendo con sus suegros”, explica Kienzler. Y si para los viudos se esperaba que encontraran una compañera pronto, para las viudas seguía siendo un tabú volver a casarse. En 2010, había 5052 viudas de guerra en Kosovo, y solo 20 habían perdido su pensión de viudez por haberse vuelto a casar (0,4 %).

Por esto, y porque la mayoría no tuvo apoyo económico a largo plazo, muy pocas lograron construir sus propios negocios, “pero esto no significa que no fueran increíblemente fuertes”, afirma la antropóloga, a la que se le saltan las lágrimas durante la videollamada. Dice que mujeres como Ramadani han conseguido que sus seis hijas vayan a la universidad, “y eso que, al principio, muchos del pueblo no la apoyaron”.

Hay que hablar para acabar con el estigma”

Y si fuera batallaban contra las expectativas sociales, por dentro, la vergüenza, el sufrimiento y los recuerdos las consumían. Hablar del trauma no fue fácil. En su investigación, Kienzler lo denomina “el habla de los síntomas”, en referencia a que, a veces, hablar de esos horrores resulta tan perturbador que basta con decir: ‘Acabo de recordar y ahora tengo este dolor de cabeza o de estómago, para que la gente supiera de qué estaban hablando, porque todas habían vivido cosas similares’”.

Tenía 16 años cuando el 14 de abril de 1999 Vasfije Krasniqi fue secuestrada por un policía serbio, llevada a otro pueblo, torturada y violada por varios hombres. Dice que aquello cambió su vida para siempre. Vasfije fue una de las primeras personas que se atrevió a reconocer públicamente que había sufrido violencia sexual durante la guerra: “Quiero que el mundo entienda que la justicia que llega tarde es justicia que se niega”, afirma Vasfije Krasniqi, tajante a El Confidencial.

Krasniqi advierte que las supervivientes de violencia sexual en tiempos de guerra “necesitan tanto apoyo inmediato como a largo plazo, y no décadas de silencio”, y recuerda que los gobiernos deben actuar con rapidez para reconocer a las víctimas, brindar atención de salud mental y llevar a juicio a los perpetradores. Krasniqi cree que las sociedades deben cambiar la forma en que ven a las sobrevivientes: “No somos dignas de lástima ni símbolos de vergüenza, somos testigos de la historia, y nuestro coraje puede ayudar a prevenir futuras atrocidades”. Por lo que, “si algo enseña mi historia es que la verdad y la dignidad son poderosas formas de justicia y que el silencio solo protege a los perpetradores, nunca a las supervivientes”, agrega.

Casi dos décadas después del final de la guerra, en febrero de 2018, las autoridades kosovares establecieron una cantidad de 230 euros para los supervivientes de violencia sexual. Sin embargo, debido al estigma que conlleva reconocerse superviviente de abusos, tan solo 1.870 personas lo habían solicitado en 2023. Se estima que unas 20 000 mujeres y hombres sufrieron violencia sexual como arma de guerra.

Viudas y migrantes de la noche a la mañana

En el otro lado del conflicto, se estima que unos 200 000 civiles de origen étnico serbio y romaní huyeron en 1999 de Kosovo a Serbia. Un informe de Human Rights Watch de agosto de 1999 describía la “oleada de secuestros y asesinatos de serbios” desde mediados de junio de ese año, incluida la masacre de 14 agricultores serbios, como venganza por las atrocidades cometidas por las fuerzas de seguridad serbias antes de la entrada de la OTAN. Muchas de las desplazadas eran mujeres.

“Estas mujeres se habían convertido en viudas de la noche a la mañana y tuvieron que huir inmediatamente a Serbia en busca de refugio para ellas y sus familias –hijos, padres, parientes...—, así que, a la viudez, le acompañó la emigración hacia el país de su grupo étnico, donde en muchos casos no fueron bien recibidas”, explica a El Confidencial la socióloga serbia Mirjana Bobić, co-autora del estudio ‘Sobre las viudas o sobre una injusticia social’ (2020). Estas viudas de guerra y emigrantes asumieron el papel de sostén económico, “a menudo trabajando vendiendo, limpiando, en carpintería, cafés y pastelerías”, explica Bobić. Algunas estaban enfermas.

Así que “como el Estado no fue muy solidario, en su mayoría dependieron de familiares y amigos que habían huido con ellas”, puntualiza la socióloga serbia. Dice que el Estado no estaba acostumbrado a acoger a tantos refugiados en tan poco tiempo provenientes de Croacia y Bosnia y Herzegovina –la cifra superaba los 600.000, según el Censo de Refugiados realizado por ACNUR.

Además, las que no trabajaban no podían contar con pensiones del Estado serbio antes de los 45 años. Por lo que sus únicos ingresos provenían de subsidios o fondos otorgados a sus hijos, basados en la prueba de que el padre había muerto o desaparecido en la guerra, explica Bobić. Y, “eso significaba regresar a los territorios que habían abandonado, buscar restos corporales y presentar pruebas”. 

Cambia el contexto, pero en toda posguerra los mecanismos de apoyo social, económico y psicológico son esenciales para abordar tanto el trauma como la precariedad. Solo en Ucrania, se estima que hay ya decenas de miles de viudas de guerra.

👉 Artículo original en El Confidencial
🤝 Este artículo forma parte del proyecto PULSE, una iniciativa europea para promover la cooperación periodística transnacional. Nicole Corritore (OBCT) ha contribuido a su realización.

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