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Los “soñadores” de Europa, una generación en el limbo de la nacionalidad

Millones de jóvenes en toda Europa que crecieron sintiéndose británicos, franceses, italianos o sencillamente europeos viven en un limbo de amenazas de deportación. En Estados Unidos se les conoce como «soñadores». Europa cuenta con su propia generación «soñadora», pero sus historias son poco conocidas. En colaboración con Lighthouse Reports y The Guardian, en el curso de las próximas semanas trazaremos un retrato de estos soñadores europeos e investigaremos las políticas que los apresan en un limbo sin papeles.

Publicado en 10 septiembre 2020 a las 17:00
Enri Canaj | 

“¿Por qué suenas tan británica?”, preguntó el funcionario de inmigración a la joven de quince años Ijeoma Moore mientras esta acataba la orden de empacar sus pertenencias y las de su hermano de diez años. Los funcionarios habían penetrado en su vivienda en el norte londinense una mañana de 2010 mientras los menores desayunaban y se preparaban para ir a la escuela. “Porque soy británica”, replicó la adolescente.

¿Qué otra cosa podía ser? Había vivido en el Reino Unido desde los dos años. Amaba el té y las tostadas, la familia real y los programas británicos “estúpidos”. Pero técnicamente, Moore era una inmigrante indocumentada. Las numerosas solicitudes que su madre había enviado al Ministerio del Interior habían consumido su dinero solo para terminar siendo rechazadas.

Moore fue lanzada al asiento trasero de la camioneta de los funcionarios junto con su hermano y su padre. Todavía llevaba puesto su uniforme del colegio y se sentía como si estuviese viendo una vida ajena en la televisión. Fueron llevados a un Centro de Internamiento de Extranjeros, donde en tres ocasiones por poco fue deportada. Al final, a su padre lo enviaron a Nigeria y ella y su hermano fueron dados en adopción. “Tuve que crecer muy rápido para convertirme en una madre para mi hermano”, explica Moore.

Diez años han pasado y Moore sigue sin poseer la nacionalidad británica. A menos que las normas cambien, que Moore se quede sin dinero para cubrir las cuotas monumentales o pierda un documento del fajo de justificativos que le piden, o que el mismo ministerio lo extravíe, Moore obtendrá su nacionalidad a sus 33 años, 31 años después de su llegada al Reino Unido y de haber adoptado el acento del este de Londres en la guardería.

Los soñadores de Europa

Millones de jóvenes en el Reino Unido y el resto de Europa que crecieron sintiéndose británicos, franceses, italianos o sencillamente europeos viven en un limbo de amenazas de deportación.

En Estados Unidos se les conoce como “soñadores”. Este movimiento liderado por jóvenes indocumentados durante más de dos décadas ha sido asociado al sueño americano y se ha ganado tanto la opinión pública como el apoyo político bipartidista. La ley DREAM, que les concedería un estatus legal, ha decaído en el Congreso desde 2001. No obstante, el programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), implementado en 2012 durante la presidencia de Obama, pudo brindar a muchos una protección temporal para no ser deportados. “Son americanos en su corazón, en su mente y de todas las maneras excepto una: los papeles”, declaró Obama en ese entonces.

Europa cuenta con su propia generación “soñadora”, pero sus historias son poco conocidas. En todo el continente, el temor público y las medidas draconianas para los migrantes sin papeles son impulsados por las percepciones de una multitud sin rostro conformada por oportunistas.  Pocos comprenden que la mayor parte de los europeos sin papeles son personas jóvenes. Muchas de ellas crecieron en Europa y algunas incluso nacieron en el continente.

En el transcurso de las próximas semanas, Voxeurop trazará un retrato de estos soñadores europeos e investigará las políticas que los apresan en un limbo sin papeles. Al cumplir los 18, se les prohíbe trabajar, ir a la universidad, viajar o votar y corren un verdadero riesgo de ser detenidos o deportados. Algunos viven entre permisos de residencia temporales y con el miedo de perderlos. Otros están al borde de perder toda esperanza de poder quedarse bajo condiciones legales.

Cansados de su invisibilidad, algunos soñadores europeos han arriesgado todo para alzar la voz en lo referente a su situación como inmigrantes y para erigir un movimiento que haga alusión a los soñadores americanos mediante la reivindicación de un futuro propio en Europa.

Los Estados Unidos como fuente de inspiración

El primer viaje al extranjero de Ijeoma Moore tras obtener en 2015 su permiso de residencia temporal y renovable denominado “Limited Leave to Remain” (LLR) fue a Houston, en Texas, donde cientos de jóvenes activistas indocumentados asistirían a una reunión de United We Dream [Unidos soñamos], la red de soñadores más grande de los Estados Unidos. Moore llegó con la campaña británica Let Us Learn [Dejadnos estudiar], apoyada por la asociación caritativa Just for Kids Law [Leyes solo para niños], inspirada por la visita de un fundador de los soñadores americanos dos años antes.

“El que los soñadores se pongan en primera línea muestra que, si bien se puede negar las cifras y las estadísticas, no es posible refutar la manera en la que yo he experimentado mi situación”, declaró Chrisann Jarrett, cofundadora de la organización. Cuando esta delegada de clase y campeona del equipo de debate en su colegio fue a estudiar derecho en la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres (LSE), se le informó que era una estudiante extranjera. Esto la confundió, pues su familia había migrado desde Jamaica cuando ella tenía ocho años. Sin embargo, el Ministerio del Interior parecía haber perdido su expediente. 

La vida de Moore y Jarrett cambió en la última década conforme se fueron endureciendo las normas de inmigración, que no solo significaron el rechazo de becas estudiantiles y el pago de tarifas adicionales para extranjeros, sino también la extensión a 10 o incluso 20 años del periodo para poder solicitar la nacionalidad. Asimismo, los costes asociados se triplicaron y la asistencia jurídica para ayudar a las familias a asimilar las nuevas normas se recortó. “Siento que por cada paso que doy hacia adelante retrocedo 10”, expresó Dami Makinde. (El año pasado, ella y Jarrett fundaron una nueva organización independiente llamada We Belong [Nosotros también pertenecemos]).

Cansados de su invisibilidad, algunos soñadores europeos han arriesgado todo para alzar la voz en lo referente a su situación como inmigrantes y para erigir un movimiento que haga alusión a los soñadores americanos mediante la reivindicación de un futuro propio en Europa.

Y así, el hostil ambiente británico — rebautizado como el “ambiente sumiso” — menoscabó su propia meta de reducir el número de habitantes indocumentados.  “No solo complicaron más la vida de los que viven en la ilegalidad, sino que ahora es mucho más difícil pasar de ilegal a legal”, explica Anita Hurrell, líder del proyecto para los derechos de los migrantes conducido por el Coram Children’s Legal Centre. “Aun si tienes una demanda sólida, no puedes pasar a la siguiente etapa. Parece fomentar la ilegalidad”.

Tras su regreso de Texas, Moore relató su detención y su lucha por conseguir un estatus legal frente a miles de personas que asistieron a la campaña electoral para las elecciones municipales de Londres en 2016. “Ijeoma, eres londinense”, le dijo el candidato electo Sadiq Khan. Moore estaba encantada. Pero lo que fue todavía más significativo para ella fue que su madre estuviese ahí. Guardan una relación estrecha, pero casi no habían abordado el tema de la detención. “Como tus padres están pasando por la misma situación, no quieres que todas tus emociones sean una carga más para ellos ni parecer desagradecido”, explicó Moore. Durante la pandemia del coronavirus, estuvo llamando a su madre a diario. “¿Has tocado algo?”, le pregunta Moore a su madre, una cuidadora y guardia de seguridad que forma parte de los trabajadores esenciales. “¿Has comido?”

Nacidos en Europa

No todos los niños indocumentados son inmigrantes, algunos son de padres migrantes pero nacieron en Europa. Un ejemplo es Giannis Antetokounmpo, el baloncestista de más de dos metros de altura apodado con cariño “The Greek Freak” [el engendro griego]. Es uno de los numerosos niños nacidos en Grecia que fueron excluidos de la nacionalidad en la práctica antes de las reformas de 2015 debido a sus padres. El cambio se logró tras nueve años de activismo por parte de Generation 2.0, un movimiento liderado por inmigrantes de segunda generación. Su campaña continúa aún, ya que todavía hay niños nacidos en Grecia que están sufriendo las consecuencias de los vacíos legales o, en el caso de ciertas localidades, que deben esperar por años para obtener determinada documentación.

En Italia, los nativistas de derecha han bloqueado muchos esfuerzos de este tipo mediante reacciones considerablemente violentas. «Cuando comenzamos a alzar la voz, los diputados y los líderes políticos nos miraron como si viniésemos de otro planeta», afirmó Paula Baudet Vivanco, la apasionada portavoz de Italiani Senza Cittadinanza (Italianos sin nacionalidad).  Vivanco llegó a Italia a los siete años, a inicios de los años 80, después de que sus padres chilenos disidentes escaparan del régimen de Pinochet. Cuando se convirtió en periodista, fue clasificada como corresponsal extranjera. No fue hasta los 33 que Vivanco obtuvo la nacionalidad italiana. “No sabían que existíamos, que había adultos que habían crecido en Italia, que estaban pasando por esta situación y que estaban reivindicando sus derechos”, agregó. “Pero Italia es nuestro país”.

En búsqueda de una familia

Dentro de los soñadores de Europa, también hay niños que llegaron solos y empezaron a sentirse en casa por primera vez en su vida solo para ser expulsados por las normas de inmigración. Por ejemplo, Shiro (nombre ficticio) recibió abusos de todas las familias que conoció desde que cayó víctima de un tráfico de esclavos domésticos de Etiopía al Golfo Pérsico y hasta el Reino Unido. En 2015, el Reino Unido aprobó una ley contra la esclavitud aplaudida por la esfera internacional, pero esta no protege a los supervivientes del tráfico contra la deportación.

Shiro tardó tres años en convencer al Ministerio del Interior de que era una niña, pues la edad en su pasaporte había sido alterada para facilitar su tráfico. Fue un periodo oscuro para ella. Vivió con gente que «daba miedo», no podía apuntarse a clases de inglés y temía verse obligada a regresar a Etiopía.  Ahora forma parte de un grupo de supervivientes del tráfico que hacen campaña junto con la organización benéfica ECPAT UK (del inglés Every Child Protected Against Trafficking) [protección de todos los niños contra el tráfico] para trazar la ruta hacia la obtención de un estatus legal. “No tenemos familia, pero podemos compartir nuestras historias entre nosotros”, destacó Shiro. “No nos queda de otra más que defendernos entre nosotros”.

El tabú de la regularización

En noviembre del año pasado,  Cristina Jiménez, cofundadora de United We Dream se reunió en Irlanda con los jóvenes activistas indocumentados detrás de la campaña Young, Paperless and Powerful [Jóvenes, sin papeles y poderosos], lanzada en 2015. Estos habían ganado una marcada simpatía del público y un apoyo increíble de parte de todo el espectro político. A principios de ese noviembre, el irlandés Taoiseach Leo Varadkar los comparó a los soñadores de América. “Crecieron aquí y tienen el acento de Dublín, Cork o Donegal”, señaló. “No serán deportados”. Sin embargo, tuvo el cuidado de insistir en que Irlanda no amnistiará a los indocumentados. “Se ha acordado a nivel europeo que no se concederá amnistía alguna”, declaró. (Desde entonces, las elecciones no concluyentes han puesto las reformas en espera).

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“Amnistía” ha sido una palabrota para Bruselas durante más de una década. En los diez años previos a 2008, a seis millones de migrantes sin papeles se les otorgó el derecho legal de permanecer en un país europeo mediante ciertas medidas para “regularizar” su estatus. Pero esto tuvo lugar antes de que las reacciones negativas hicieran de la regularización un tabú político. En algunos países europeos se ha seguido adelante con discreción a pesar de todo. En España, que en 2005 lanzó el último proceso de regularización a gran escala en Europa, varias asociaciones ciudadanas han formado una nueva campaña a raíz de la pandemia del coronavirus.

La crisis nos ha enseñado que “no podemos permitirnos desatender a las personas vulnerables: si toda la población no recibe los cuidados necesarios, todos sufrirán las consecuencias”, destacó Michele LeVoy, directora de la Plataforma para la Cooperación Internacional sobre Migrantes Indocumentados. “Esta pandemia ha otorgado una mayor visibilidad a los más vulnerables de nuestra sociedad”.

En Bélgica, los activistas esperan retomar una campaña liderada por los jóvenes indocumentados, que en 2013 salieron a la calle a protestar bajo el nombre de Kids Parlement [El parlamento de los niños]. “Esto resultaría más efectivo que una campaña por la regularización de los sin papeles”, opinó la abogada Selma Benkhelifa, considerada como la “madrina” del movimiento.

Los partidarios europeos insisten en que el proceso de regularización de los niños sin papeles no debería ser igual al de sus padres. Debería carecer de las tasas exorbitantes, las exigencias de salario o los obstáculos burocráticos. Lo ideal sería que se basase en el interés superior del niño y en cuánto tiempo pasaron en el país durante sus primeras etapas de vida. “Tan solo tres años suponen ya un largo periodo para un niño”, señala LeVoy.

La deportación de los soñadores

En el verano de 2017, cientos de jóvenes afganos acamparon por dos meses en una de las principales plazas de Estocolmo como protesta contra la deportación de los niños a Afganistán. Se llamaron a sí mismos Ung I Sverige (Jóvenes en Suecia). “Queremos construir una vida aquí y fortalecer a este país”, afirman en su declaración de objetivos.

Ese verano, Nabi Eskanderi nadó tanto como pudo. El joven de 17 años creció en una región árida de Afganistán, un país sin salida al mar. Al encontrarse rodeado de agua en la isla sueca de Öland, optó por clases de natación. Eskanderi llegó a Suecia por mar y tierra en 2015. Había escapado de Afganistán para salvarse el pellejo tras haber dañado un Corán. Después de que su solicitud de asilo fuera rechazada, nadar le ayudó a pegar ojo.

Un día, en la piscina, le preguntó a una muchacha si quería jugar una partida de voleibol acuático con él. Se hicieron amigos y la relación tomó poco a poco un giro más serio. Eskanderi conoció a los padres de Jennifer y luego a sus abuelos. Pasó las Navidades con ellos y se sintió encantado de ser incluido en almuerzos y cenas familiares y en el intercambio de regalos.

Las protestas de Ung I Sverige no frenaron las deportaciones a Afganistán. Eskanderi se encontraba en casa de su novia cuando llegó la policía. A Jennifer le aseguraron que pronto lo liberarían, pero tras unas cuantas semanas de detención, lo colocaron en un vuelo hacia Afganistán. Las montañas y el desierto de Afganistán lo hicieron añorar los mares, los árboles y las planicies de Suecia. Era su primera vez en Kabul. Después de cuatro años en Suecia, echaba de menos los baños y las leyes de tráfico, las conexiones de Internet estables y las posiciones liberales hacia la religión.

Este no fue un regreso a casa. Tomó un refugio virtual en una casa común apoyada por activistas suecos. Todavía es peligroso regresar con su familia. Incluso en Kabul teme de sospechas y hostilidad contra quienes regresan de Europa. Le entristece escuchar cuánto lo extraña Jennifer. Se han preguntado si ella podría ayudarle a obtener un visado para que pueda regresar, pero Eskanderi duda que las autoridades suecas lo vayan a permitir. Si nada funciona, se pregunta cómo podría conseguir el dinero suficiente para pagarle a alguien que le ayude a cruzar las fronteras ilegalmente.

“Cambié mucho en Suecia, sentí que formaba parte de esa sociedad”, expresó. “Muchos querían que permaneciese en Suecia, incluso me consideraban parte de la familia, no obstante, no hay nada que pueda hacer, y nadie puede ayudarme”. 

Francesca Spinelli y Giacomo Zandonini contribuyeron en este informe. 

Este artículo es parte de la serie Europe Dreamers, en colaboración con Lighthouse Report y el Guardian. Revise los otros artículos de la serie aquí.

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