No aprendemos de las crisis alimentarias

Es cierto que la bacteria E.coli es peligrosa. Pero el pánico de las autoridades y los consumidores es inútil y perjudica tanto a la economía como al espíritu europeo, se lamenta un editorialista belga.

Publicado en 3 junio 2011 a las 14:25

Es curioso que aprendamos tan poco de las sucesivas crisis sanitarias. Pasamos de la dioxina a la encefalopatía espongiforme bovina (EEB), del síndrome respiratorio agudo severo (SARS) a la gripe mexicana. Y ahora nos toca la siniestra bacteria E. coli enterohemorrágica (ECEH). Y lo que es peor aún: se trata de una variante poco habitual y peligrosa.

En cada ocasión, se produce prácticamente el mismo fenómeno. Tiene lugar un efecto de pánico, se interrumpe el comercio o la circulación de las mercancías, la actividad económica se reduce, la tensión aumenta. Hasta ahora, en definitiva, las consecuencias temidas se dejan de lado y se da paso a las anticipaciones dramáticas. Volvemos a hacernos la ilusión de que los productos alimentarios no presentan peligros, que las enfermedades se pueden combatir con medicamentos y que las calamidades les tocan a otros. ¿También ocurrirá esta vez?

De momento la única conclusión es que las consecuencias económicas no tienen ninguna relación con el peligro revelado. La bacteria puede matar, pero de los cientos de casos de enfermedad detectados, el número de víctimas se ha limitado a dieciocho. Son dieciocho muertes muy lamentables, pero tan sólo son dieciocho, un porcentaje mínimo con respecto al número de alemanes y a las personas de visita a Alemania que mueren por otras causas en una semana. Y no es motivo para poner a todo un continente en ebullición. Además, de momento nada parece indicar que todos estos pacientes hayan sido contagiosos. Hay que señalar también que tampoco se trata de la peste.

Una comunicación corta de miras

Es lamentable que los reflejos primarios se manifiesten a tal velocidad. En una época en la que, estructuralmente, los precios de los productos alimentarios aumentan como una flecha, no encontramos nada mejor que arrojar esos productos a las carreteras, transformarlos en alimento para el ganado o dejar que se pudran en los campos, simplemente porque ya nadie los quiere. Se puede lamentar una acción así por parte de Rusia [que ha suspendido las importaciones de verduras europeas] y de otros compradores alejados, aunque fuera algo de esperar. Pero resulta inquietante que esto genere de nuevo en Europa una división total.

Lo hemos constatado durante la crisis bancaria, lo hemos constatado con la crisis financiera en Grecia, lo volveremos a observar en breve, cuando cada país actúe individualmente en el mercado energético y lo constataremos de nuevo con esta histeria alimentaria. Europa, que debe abrir y mantener abiertas sus fronteras, ve con impotencia cómo se cierran debido a una comunicación corta de miras y cómo se desencadena un desastre económico desproporcionado.

Hay un signo esperanzador. Los científicos colaboran en el ámbito internacional para aportar rápidamente aclaraciones sobre la contaminación y los medios para solucionarla. La globalización, que una vez más ha demostrado sus debilidades con esta crisis alimentaria, también tiene sus ventajas. La movilización de los conocimientos por todo el mundo permite encontrar rápidamente soluciones.

¿Aprenderemos esta vez con lo ocurrido? A esta crisis le sucederán otras crisis. Queda por saber dónde y cuándo.

Desde Madrid

Bruselas y Berlín deben asumir sus errores

La contaminación de ciertos alimentos por la bacteria E.coli es «la peor intoxicación alimentaria de Europa», constata ABC; el diario señala que la situación «empieza a recordar a la alarma de las ‘vacas locas’ «.

En su editorial, el diario destaca que el sistema europeo de alerta alimentaria ha «fallado estrepitosamente», al no ser capaz de impedir la propagación de la bacteria y al provocar «un daño incalculable a la imagen de la agricultura española». «La Comisión Europea y el Gobierno alemán deben asumir la responsabilidad de sus errores», opina ABC.

Pero en las columnas del mismo diario, el editorialista Hermann Tertsch recuerda que no hay que olvidar que los «principales damnificados son los muertos». El periodista critica la reacción del «Gobierno irritado porque Alemania deja en evidencia sus fracasos» y las «mil voces que se ponen a insultar a nuestro mayor aliado en Europa». Además espera que «los medios sensacionalistas alemanes no se ceben con tanto disparate antialemán».

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