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¿Quién escucha todavía a Bruselas?

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La Comisión multiplica desde hace años las recomendaciones que realiza a los Estados miembros sobre las reformas económicas que tienen que llevar a cabo. Pero las capitales acatan mejor las imposiciones que surgen de la presión de los mercados o de los planes de rescate, minando de esa forma la autoridad y la credibilidad del órgano ejecutivo europeo.

Publicado en 5 junio 2013

Saber lo que necesita Europa es relativamente sencillo. Hacen falta reformas en la periferia y estímulos para compensar en Bruselas, Berlín y allá donde sea posible; una unión bancaria completa, y un BCE que funcione como ventanilla de último recurso. Las instituciones europeas han dado pasos en esa dirección.

Pero en lo tocante a la agenda reformista es como ponerle el cascabel al gato: la Comisión acaba de recomendarle a Francia que reforme sus pensiones, a Holanda que pinche su burbuja inmobiliaria, a Alemania que apuntale su demanda, a Bélgica que recorte gasto, a Eslovenia que repare los bancos y a España que siga haciendo casi todo eso a la vez, como uno de esos equilibristas que mantienen en pie una veintena de platos haciéndolos rodar sobre palos flexibles.

Todo eso tiene sentido. Solo hay un problema: casi nadie está dispuesto a seguir esos consejos en tiempo y forma. Bruselas lleva años reclamando cosas parecidas, y nadie ha movido un dedo si no es con la insoportable presión de los mercados o bajo un rescate, en el que los consejos se convierten en exigencias.

Leer el artículo original en El País.

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