La guerra y las sanciones no importan siempre y cuando el negocio siga adelante. Es lo que Donald Trump dejó entrever con sus declaraciones el 9 de octubre sobre el nuevo acuerdo energético entre Estados Unidos y Rusia. Según él, Rusia se ha comprometido a enviar varios millones de toneladas de diesel al mercado estadounidense y mundial a corto plazo, con el fin de bajar el precio, especialmente para los consumidores estadounidenses. El acuerdo – que Kiev ha tildado de “indigno”– ignora las sanciones económicas dirigidas expresamente a la importación de hidrocarburos rusos, que de hecho han sido levantadas por el Gobierno de Estados Unidos.
El inquilino de la Casa Blanca se guardaba otra sorpresa: el anuncio del alto al fuego inmediato sobre las infraestructuras energéticas rusas y ucranianas; una decisión que habría tomado de forma unilateral, sin consultarlo con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski. Los dos anuncios han provocado la indignación de los países europeos, que han criticado duramente el acuerdo y reafirmado su apoyo a Ucrania.
Con todo, el acuerdo de Donald Trump no surge de la nada: como se acercan unas elecciones de mitad de mandato que se anuncian muy difíciles para el bando republicano, el presidente multiplica las promesas (a veces descabelladas) para reunir el apoyo de su electorado. Reducir el precio del combustible gracias a los recursos rusos entra dentro de esa estrategia; y poco importa que se ponga en entredicho la eficacia de la medida, o que este tipo de acuerdo esté expresamente prohibido por la legislación del país.
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