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Vida y esperanza durante la pandemia

En Minsk, el presidente Lukashenka celebró el 9 de mayo el Día de la Victoria con un concurrido desfile, como si el coronavirus no existiese. Pero aunque el régimen pueda seguir obligando a los ciudadanos a participar en los desfiles, ha perdido el control de los medios de comunicación y están surgiendo protestas, afirma la disidente Iryna Vidanava.

Publicado en 12 junio 2020 a las 11:41

Es un día gris, hace frío y llueve. Llevo un vestido de verano y tiemblo mientras espero nuestro turno para bailar en el desfile de mayo en Minsk. Mientras bailamos un vals junto a unas gradas ocupadas por los altos cargos del estado, me doy cuenta de que llevan gorros, guantes y abrigos. Al fondo de la gran plaza, mi abuela me está esperando. Normalmente más risueña, parece preocupada mientras me envuelve en un abrigo. Cuando llegamos a casa, me manda rápidamente a la ducha y me frota concienzudamente con jabón. Es el 1 de mayo de 1986, cinco días después de la explosión en la central nuclear de Chernóbil. Aún no hay información oficial sobre el desastre y el gobierno esconde la verdad, pero todo el mundo sabe que ha ocurrido algo terrible.

Este recuerdo de mi infancia me vino a la mente mientras veía imágenes de las surrealistas aglomeraciones del desfile del 9 de mayo, el Día de la Victoria, que se organizó a pesar de la pandemia del coronavirus. El presidente vitalicio Lukashenka, con su uniforme militar y rodeado por los veteranos más mayores (todos sin mascarilla), supervisaba con orgullo a cientos de soldados y estudiantes que desfilaban entre la multitud en Minsk. En su discurso afirmó: “no teníamos alternativa, y si la hubiésemos tenido, habríamos hecho lo mismo.” Insinuó que le debemos la vida a aquellos que murieron en la guerra.

El desfile y el discurso de Lukashenka han causado una oleada de indignación. Pero a diferencia de 1986, hoy en día los bielorrusos están bien informados sobre el peligro y el alcance de la crisis causada por el coronavirus, tanto en Bielorrusia como en otros lugares, gracias a internet y a los smartphones. La respuesta de los ciudadanos ha sido que nuestros abuelos, que sufrieron para salvarnos, no querrían vernos morir por asistir a un desfile que contribuya a la propagación del virus.

El régimen autoritario sigue teniendo el poder de obligar a los ciudadanos a asistir y a participar en los desfiles, pero ha perdido el control de los medios de comunicación. Siguiendo la tradición soviética, el estado trató inicialmente de silenciar las noticias sobre el virus, pero la gente compartió sus experiencias por internet y las noticias se difundieron como la pólvora a través de las redes sociales, aplicaciones de mensajería instantánea y tiendas online. Periodistas independientes publicaron testimonios de los ciudadanos sobre el coronavirus y expusieron el deficiente estado del sistema de sanidad y su falta de medios para proteger a pacientes y trabajadores.

Gracias a las incesantes preguntas incómodas a instituciones estatales y a altos cargos, consiguieron romper el bloqueo informativo del gobierno y forzaron a las autoridades a informar regularmente. Sin embargo, el gobierno sigue obcecado en eludir su responsabilidad y en intentar silenciar las críticas. Los ciudadanos saben perfectamente que cuando la televisión estatal asegura que la situación está bajo control, significa que las cosas van muy mal. De este régimen han aprendido que, en estos tiempos, no tienen más remedio que tomar la iniciativa ellos mismos. Y así lo han hecho.

Mientras Lukashenka daba órdenes vacías (como solía decir mi abuela: moviendo el aire con palabras vacías) para proporcionar equipos de protección que nadie ha recibido y culpaba a los médicos en primera línea por contagiarse, algunos voluntarios iniciaron rápidamente una campaña de crowdfounding, compraron miles de respiradores y mascarillas con filtros, y los enviaron a los hospitales de todo el país en solo unos días. Varios restaurantes populares de la capital, frecuentados sobre todo por hípsters, se dedicaron a preparar comidas gratis para el personal sanitario.

La asociación tecnológica Minsk Hackerspace diseñó y fabricó pantallas faciales utilizando impresoras 3D. Una marca de ropa muy conocida confeccionó equipos de protección reutilizables. Una start-up tecnológica que trabaja en un traje de realidad virtual fabricó mascarillas. Cientos de empresas privadas y miles de ciudadanos donaron dinero para apoyar a las instituciones sanitarias y a las víctimas. Diferentes organizaciones ciudadanas aunaron fuerzas en la campaña nacional #BYCOVID19 y recaudaron 250.000 dólares en 45 días en uno de los países más pobres de Europa.

Durante más de dos décadas, el régimen ha intentado reprimir la libertad de asociación y de expresión celebrando elecciones amañadas, construyendo una maquinaria propagandística, controlando el sector privado e imponiendo una represión generalizada. Aún así, han fracasado. La increíble respuesta de los ciudadanos a la crisis del coronavirus muestra que la sociedad se está movilizando en Bielorrusia, a pesar de las condiciones tan adversas que sufren. El supuesto “estado fuerte” es en realidad no es más que un abusón confuso que se acobarda frente a una amenaza real. Los ciudadanos comprometidos y valientes, que se han organizado y movilizado tan rápidamente y a una escala tan grande, están demostrando ser más efectivos que la inútil burocracia del estado. Parece que el autoritarismo no es la solución en Bielorrusia.

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Lamentablemente, los dirigentes arrogantes no suelen recular ni admitir sus errores , sino que tienden a volverse más agresivos. En lugar de palabras de compasión y gratitud, los bielorrusos reciben discursos iracundos y amenazadores de nuestro jefe de estado. La transparencia y la responsabilidad continúan siendo conceptos desconocidos para las instituciones gubernamentales. El virus ha demostrado que las autoridades no son capaces de reaccionar con responsabilidad y por eso la confianza de los ciudadanos se ha debilitado.

Creo que hoy más que nunca existe un conflicto cada vez mayor entre muchos grupos de la sociedad. Con unas elecciones presidenciales previstas para agosto, están empezando a surgir manifestaciones lideradas por blogueros cuya intención es pedir responsabilidad al gobierno y contar la verdad sobre el poder. Los trabajadores sanitarios, decepcionados por la incapacidad del estado para protegerlos y apoyarlos, se han unido a las manifestaciones y han hablado abiertamente en línea por primera vez. Algunos han sido arrestados y les han despedido.

No es nada nuevo. La policía desarticula las manifestaciones y persigue a los activistas, periodistas y blogueros, incluso a aquellos diagnosticados con el virus y que se encuentran en el hospital. Y los serviles tribunales siguen sentenciándolos con penas de prisión. Sin embargo, algo ha cambiado.

En este momento, los bielorrusos están centrados en sobrevivir al virus. Pero sea como sea la vida tras la pandemia, los ciudadanos ya se están preguntando si este es el tipo de país que quieren en el futuro. Hace tres décadas, la tragedia de Chernóbil llevó a la población a exigir los cambios que les condujeron a una Bielorrusia nueva e independiente. Como en aquella época, estos cambios no serán ni fáciles ni inmediatos, pero en estos tiempos tan insólitos y complejos, estoy muy orgullosa de mis compatriotas y tengo esperanza en el futuro de mi país.

Este artículo está dedicado a la vida y al trabajo de Yuri Zisser, un pionero de los medios de comunicación digitales en Bielorrusia, fundador del portal independiente más grande del país TUT.by, filántropo y erudito, que falleció el 17 de mayo de 2020.

Este artículo forma parte del proyecto Debates Digital, una colección de contenido publicado digitalmente que incluye artículos y debates en directo entre varios escritores destacados, académicos y personalidades intelectuales que forman parte de la red Debates on Europe.

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