¿Viva la monarquía?

Publicado en 19 julio 2013 a las 15:14

Del 14 al 21 de julio. De la Toma de la Bastilla al juramento de Leopoldo I. En el calendario de las fiestas nacionales de Europa, la conmemoración revolucionaria francesa irónicamente va seguida de la celebración de una monarquía, en concreto la belga. Y este año, la fecha reviste una mayor importancia: tras 20 años de reinado, el rey Alberto II abdica en su hijo Felipe.

El alcance de este acontecimiento va más allá del marco que mostrarán las fotos de felicidad real y de gravedad dinástica de la prensa rosa. Porque en cierto modo, el rey de los belgas es el último monarca útil de Europa. Tal y como han recordado los diarios flamencos y francófonos tras el anuncio de su abdicación el 3 de julio, Alberto II ha desempeñado una función vital durante la larga crisis política e institucional que paralizó y amenazó al país entre 2010 y 2011. Y su sucesor sin duda deberá asumir esa función de garante de la unidad nacional después de las elecciones legislativas de la primavera de 2014.

La Unión Europea cuenta aún con siete monarquías. Y aunque poca gente sigue confundiendo república y democracia para refutar la legitimidad de las monarquías constitucionales, los soberanos han perdido su aura y deben adaptarse cada vez más a las costumbres de nuestras sociedades modernas. De este modo, el rey Felipe deberá pagar impuestos, una medida a la que ya se sometió la reina Isabel de Inglaterra.

Aunque desacralizados, a los soberanos a menudo se les sigue considerando la encarnación de la nación, una figura imparcial por encima de los partidos, mientras que a los presidentes de la República les cuesta cada vez más librarse de los juegos políticos y a los gobernantes se les pone en tela de juicio por asuntos de corrupción. Aunque esta frontera también se diluye poco a poco, como en España lo demuestran los problemas paralelos del presidente Mariano Rajoy y del rey Juan Carlos, debilitados por los escándalos que afectan al Partido Popular por un lado y a la familia real por otro.

En una Europa en la que la nación es un concepto menos evidente, donde se exige una democracia más sólida y se hace más profunda la crisis económica, en breve la evolución de la función de los reyes y las reinas del Viejo Continente podría no ser lo bastante rápida. Un aviso para las próximas generaciones de sangre azul, en especial ahora que el «royal baby» está a punto de nacer.

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