Con las bombas en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, la atención del presidente de EE. UU. se ha apartado de Groenlandia, pero el pueblo groenlandés sigue desconfiando de la aparente calma. Después de todo, las negociaciones entre EE. UU., Groenlandia y Dinamarca siguen en curso y no sería sorprendente que Donald Trump endureciese su retórica de nuevo.

La relación entre Copenhague y la población indígena sigue siendo desigual, tal como indica a der Standard la empresaria de 38 años Josepha Kûitse Kunak Thomsen.
Hija de padre danés y madre groenlandesa, creció en Groenlandia y ahora vive en Dinamarca con sus dos hijos.
Der Standard: ¿Cuándo se dio cuenta por primera vez de que sus orígenes causaban conductas racistas?
Josepha Kûitse Kunak Thomsen: A los doce años. Un chico me llamó “puta de un pescador” y otros insultos. Me eché a llorar y no entendía que me insultara por mis orígenes, aunque ya lo había vivido en Groenlandia.
Allí, nos separaban en las clases de groenlandés: una era para alumnos que solo hablaban groenlandés y la otra para quienes también hablaban danés. La gente me gritaba que tenía que volverme “a casa” en Dinamarca, a pesar de que en aquella época hablaba groenlandés. Con lo cual, decidí dejar de hablarlo, porque los groenlandeses eran racistas conmigo. Más tarde comprobé que todo el mundo es racista. Ahora he vuelto a hablar algo de groenlandés.
Ahora está reconectando con sus raíces groenlandesas. Se gana la vida mediante la tradicional danza de máscaras, entre otras cosas. ¿Qué significa para usted ser indígena en estos tiempos modernos?
Sienta bien ser reconocida finalmente, ser vista y oída por fin. He estado compartiendo la cultura indígena como guía turística y mediante la danza groenlandesa de máscaras durante más de diez años. Pienso que, por fin, la gente brinda un mayor apoyo, en vez de mirar hacia otro lado.
Porque a pesar de que muchos saben que el racismo existe y que se nos trata de forma diferente, también son muchos los que dicen: “Bueno, eso es lo normal”. Que tan solo es una broma. Pero no lo es.
¿Cree usted que los daneses son conscientes de los crímenes de la era colonial?
No, porque la actitud general es: “Pero si no te estamos matando, así que tranquilo, que las cosas podrían ser mucho peores”. Sin embargo, no estar muriendo no hace que el racismo esté bien. En Dinamarca persiste el relato de que fueron unos gobernantes coloniales amables. Pero ahora que están saliendo a la luz casos como la anticoncepción forzada de mujeres groenlandesas, me pregunto cuánto tiempo más podrán seguir aferrándose a este relato. No digo que se pueda cambiar el pasado, pero sí se podría reconocer que fue una época horrible.
A principios de año parecía que todos los medios de comunicación del mundo fueron a Nuuk para informar sobre la temida anexión de Groenlandia. ¿Qué pensó usted de aquella cobertura?
Creo que está bien que los medios por fin se hayan centrado en la gente. Que hayan demostrado cercanía, porque yo estaba harta de que escribiesen reportajes a miles de kilómetros. Siempre se nos mencionaba como una mera estadística, por ejemplo en relación con el desempleo o los abusos sexuales. No éramos más que un drama. Así que resultó reconfortante ver que se estaba contando la historia de la gente.
¿Afectó a la comunidad groenlandesa todo lo que dijo Trump sobre una posible anexión?
La comunidad siempre se ha mantenido fuerte en Groenlandia, pero no creo que esto haya llegado a Dinamarca. Aquí nadie sabe nada de Groenlandia, sencillamente porque no se enseña nada. Pienso que las generaciones mayores, alrededor de los 70 años, tenían una relación mucho más cercana con Groenlandia porque conocían el lugar y habían estado allí.
“Se puede experimentar racismo en cualquier parte del mundo y nadie vale menos que los demás por haberlo experimentado. Creo que es muy importante decir que no todos los daneses son terribles. La gente sencillamente es gente”
A las generaciones más jóvenes les interesaba menos, aunque ahora están prestando más atención y el sentimiento de pertenencia está creciendo de nuevo. Es bonito ver la bandera groenlandesa colgada en las ventanas de Dinamarca también, y no porque allí viva un groenlandés, sino porque hay personas que se preocupan.
¿Así que quizás la agresividad de Trump tuvo algo de positivo después de todo?
La verdad es que me duele decirlo, porque sé que Trump está furioso, pero sí logró algo bueno. Por ejemplo, cuando dijo que los daneses no tratan especialmente bien a los groenlandeses. Tenemos sanidad pública y no debemos pasar por alto las muchas ventajas de las que disfrutamos, pero aún sufrimos mucho racismo.
¿Podría poner un ejemplo?
Persiste todavía un sistema en el que se aparta de sus madres a los niños debido a sus orígenes. Incluso nuestra familia fue clasificada como de riesgo, de nivel “naranja” según las pruebas FKU. Y eso a pesar de que hablo danés con fluidez, tengo un máster y dirijo mi propia empresa. Cuando pregunté por qué nos habían clasificado así, me dijeron que era por mi origen groenlandés. Y que, como los niños hablarían groenlandés, tendrían problemas al empezar la guardería. Pensé: “si ni siquiera yo hablo groenlandés. ¿Cómo se supone que eso va a ser un problema?”.
Fue entonces cuando me di cuenta de que todos en el sistema están condicionados por sus propios prejuicios e ideas, porque de Groenlandia solo se dan estadísticas. No nos hablan de las diferencias culturales. A pesar de que el danés es mi lengua materna, es algo que me pasa a mí. Así que no me atrevo a pensar en lo difícil que debe ser para quienes apenas hablan danés.
¿Tendrá usted alguna vez que contar a sus hijos una historia más matizada sobre la relación entre Groenlandia y Dinamarca?
Mis hijos tienen ahora dos años y medio y casi seis años y, por suerte, todavía no se enteran mucho de las noticias. Y no tendrán móvil tanto tiempo como me sea posible negárselo. Aún así, sí que mantendré esa conversación con ellos algún día. Porque incluso dentro de la misma Groenlandia, los originarios del este de la isla sufren hostilidad.
Así que quiero brindar a mis hijos una imagen bien matizada de cómo es el mundo. Se puede experimentar racismo en cualquier parte del mundo y nadie vale menos que los demás por haberlo experimentado. Creo que es muy importante decir que no todos los daneses son terribles. La gente sencillamente es gente. El mundo es un lugar terrible, pero también maravilloso, y no nos queda más remedio que reconocer la existencia de ambos entornos y asumir que ambos forman parte de la vida.
🤝 Este artículo forma parte del proyecto PULSE. Emma Louise Stenholm, de Føljeton, colaboró en su elaboración.
👉 Artículo original en Der Standard
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