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Salud mental de las personas trans: dejar de patologizar, sin renunciar al apoyo

El acceso a la salud mental por las personas trans es una cuestión de salud, y también una cuestión política: ¿cómo abordarla sin presentar la identidad trans como una patología?

Publicado en 6 de octubre de 2026

“Al crecer, no había [ninguna información], o al menos yo no sabía que existía, ni qué hacer para encontrarla. Me sentía muy aislado”, recuerda Robin Zlatarev, principal coordinador del programa trans de la fundación búlgara Bilitis. “En mi adolescencia, sufrí ansiedad y depresión, en parte debido a la disforia, pero también por la falta de comprensión y visibilidad. Aunque el camino ha sido largo y tortuoso para Zlatarev, que se identifica como persona no binaria, hace ya diez años que aceptó quién es. En ese mismo período, considera que “el odio no ha hecho más que intensificarse”. 

En Bulgaria, las personas trans y no binarias, víctimas de este odio, se encuentran abandonadas a su suerte y su atención recae, en la práctica, en organizaciones de la sociedad civil. Para Zlatarev, la ayuda debe basarse en dos aspectos: “debería haber comunidades y espacios donde las personas puedan reunirse, entablar relaciones, compartir sus experiencias y, al mismo tiempo, recibir el apoyo de profesionales cualificados”.

La situación es particularmente difícil en Bulgaria para las personas trans, pues son el objeto de un pánico moral, según cree el coordinador. En su opinión, el único factor positivo es el mayor acceso a la información que existe hoy en día.

La otra cara de la moneda de este acceso a la información más simple es la incertidumbre estadística que representan las identidades trans en Bulgaria: allí no existen datos oficiales que evalúen la salud mental de las personas trans, ni tan siquiera su número.

En 2023, el Tribunal Supremo de Casación dictó una sentencia que establecía que el género debía entenderse únicamente en su sentido biológico, lo que imposibilitaba el reconocimiento legal del género para las personas afectadas. Hasta entonces, sin embargo, sí era posible conseguir ese reconocimiento. La sentencia supone un importante retroceso de la ley, cuyas consecuencias directas se manifiestan en su posibilidad de viajar o de acceder a atención médica cuando existe una discrepancia entre la apariencia física y el género registrado en los documentos de identidad.

La transfobia tiene consecuencias poco comprendidas

Es difícil cuantificar el número de personas trans en Europa, ya que las estimaciones y los métodos de recuento varían de un país a otro. En cuanto a las consecuencias que ejerce la transfobia en la salud, un estudio de 2022 publicado por el Journal of Psychopathology, realizado con 47 personas trans y 47 personas cis residentes en Italia, ofrece algunas reflexiones iniciales sobre el problema.

El análisis, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Palermo, demostró que “las personas transgénero [presentaban] anomalías significativamente más pronunciadas que el grupo de control cisgénero en lo que respecta a la fobia al peso, las preocupaciones sobre la imagen corporal, las conductas de evitación, el autocontrol compulsivo, la despersonalización [y el nivel de autoestima]”.

Según su análisis, las personas trans también reportaron una menor calidad de vida en comparación con las personas cisgénero en términos de bienestar sexual, psicológico y relacional. El estudio no halló diferencias significativas en cuanto a la calidad de vida física y ambiental ni en lo referente a problemas de salud mental.

En 2024, la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA) publicó su tercer informe sobre la experiencia vital y la discriminación que sufren las personas LGBT+ en la UE. Si bien todas las personas LGBT+ afirman sufrir discriminación por su identidad, las personas transexuales e intersexuales son particularmente vulnerables.

En 2023, el 54% y el 61%, respectivamente, declararon haber sufrido discriminación en al menos un ámbito de su vida debido a su identidad. Aunque se tiende a asociar la identidad trans con una fragilización de la salud mental, es la transfobia la que origina esta fragilización. De hecho, sufrir transfobia suele vincularse con un deterioro de la salud mental y un aumento de los pensamientos suicidas.

Por su parte, el informe de la FRA demuestra que las personas trans son más propensas a tener pensamientos suicidas: el 59% de las mujeres trans, el 60% de los hombres trans y el 55% de las personas no binarias declararon haber considerado el suicidio de forma ocasional, frecuente o constante durante el año anterior a la encuesta. Por lo tanto, proteger a estas poblaciones vulnerables de la discriminación ya no es solo un imperativo democrático, sino también una cuestión de salud pública.

Tal como afirma la psicoterapeuta Agnieszka Pixie Fraczek, la transfobia tiene consecuencias muy reales, dado que emana de personas o de instituciones supuestamente defensoras de los derechos humanos. “Las autoridades deberían orientar el discurso en una dirección favorable a la acción humanitaria, teniendo en cuenta el conjunto de la población; de no ser así, un discurso descortés y degradante empieza a ser tolerado y utilizado por doquier”, alerta. En Polonia, donde trabaja Agnieszka Pixie Fraczek, algunas figuras políticas conservadoras como Jarosław Kaczyński o Andrzej Duda (expresidente y ex primer ministro de Polonia) son conocidas por sus comentarios burlones o simplistas sobre las personas LGBT+, especialmente las transgénero.

Una determinada visión de la salud mental

Ver reconocidos su existencia y su derecho a la salud no garantiza la ausencia de transfobia. Sandra Konstatzky, directora de la Oficina Austriaca de Igualdad de Trato (GAW), alertó sobre la discriminación en los centros sanitarios en Austria. Afirma haber recibido muchas quejas relativas  a casos de discriminación o de comportamiento inapropiado durante las consultas. Las personas trans que sufren un trato degradante, una negativa a los cuidados o preguntas intrusivas disponen de muy pocas vías legales para hacer frente a tales situaciones. 

Para Konstatzky, los problemas son especialmente graves en el campo de la salud sexual y mental, y la patologización durante un reconocimiento representa un peligro real. Se han señalado casos en los que pacientes transgénero que acudían a consulta médica se vieron inducidos a reconsiderar o a reprimir su identidad para poder recibir un trato benevolente.


En los debates sobre las cuestiones de género flota un riesgo permanente: el de patologizar las identidades trans y reducirlas a simples consecuencias de problemas psicológicos precedentes


Técnicamente, desde 2009, las personas trans de Austria no deben haberse sometido a una esterilización o haber pasado por una cirugía de afirmación de género para poder obtener un reconocimiento legal de género. No obstante, el reconocimiento está vinculado en gran medida a las evaluaciones médicas o psiquiátricas. En la práctica, las personas trans frecuentemente han de obtener muchos informes de expertos que confirmen un diagnóstico de “incongruencia de género” o de “transexualismo” antes de conseguir modificar sus documentos de forma oficial. Para muchos militantes, esto hace que las identidades trans queden bajo control médico, en lugar de reconocer la autodeterminación.

Sin embargo, el reconocimiento de las identidades de género y la cuestión de la salud mental en las experiencias de las personas trans no quedan confinadas dentro de las paredes de las consultas médicas o de los textos legales.

En los debates sobre las cuestiones de género flota un riesgo permanente: el de patologizar las identidades trans y reducirlas a simples consecuencias de problemas psicológicos precedentes que, lógicamente, deberían tratarse como tales. 

Con el tiempo, las cosas acabaron por evolucionar. La noción de “disforia de género”, que describe un malestar provocado por la incongruencia entre la identidad de género y el sexo asignado al nacer, ha reemplazado a la de “trastorno de la identidad de género”  en la quinta edición del Manual de diagnóstico y estadística de  los trastornos mentales (DSM-5, publicado en 2013) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) no considera un “trastorno mental” el identificarse como persona trans desde 2019. Dos signos de una evolución de las mentalidades y de una despatologización –más que imperfecta– de las identidades trans.

El caso del informe Cass

Ante tal evolución de los conceptos, la “repatologización” que defienden ciertos críticos antitrans  representa un eterno paso atrás. 

La salud mental, lejos de ser una consideración sincera, pasa a ser un arma retórica con la que se menoscaban los derechos de las personas afectadas al acceso sanitario y jurídico. Y este fenómeno se da tanto si la persona que lo manipula se da cuenta de ello o no.

“Quiero estar segura de que ustedes reciban la mejor combinación de tratamiento”, prometía, por ejemplo, la médica y pediatra británica Hilary Cass a las personas transgénero en su informe de 2004 sobre los cuidados asociados a las cuestiones de género que prestaba a niños y jóvenes. El documento, destinado en sus inicios a un público esencialmente británico, ha tenido un impacto internacional, hasta el punto de ser tema de debate en Estados Unidos, Francia e Italia.

El informe, encargado por el Servicio Nacional de Salud británico y fruto de muchos años de trabajo, expresa su preocupación, aparentemente sincera, por la salud de las personas trans afectadas.

En sus conclusiones, Hilary Cass recomienda pasar de un tratamiento médico a un enfoque más global que incluya en el seguimiento una consideración hacia los trastornos psicológicos preexistentes, las neurodivergencias y las situaciones familiares;  mencionando de nuevo las problemáticas de salud mental, sin apelar en todo caso a la interrupción de los procedimientos médicos de afirmación de género.

Si bien muchos medios de comunicación y funcionarios británicos elogiaron las conclusiones del informe, algunos críticos expresaron su preocupación por los numerosos problemas metodológicos que afectaban al análisis de Hilary Cass. Estas voces, aunque minoritarias, no fueron suficientes para socavar la credibilidad del informe Cass, que fue utilizado por los “críticos de género” –incluso fuera del Reino Unido– para justificar sus ataques contra las personas trans.

La “tesis del arrepentimiento”

Arnaud Alessandrin es un sociólogo y autor francés, experto en cuestiones LGBT+. Para él, la instrumentalización de la salud mental para atacar los derechos de las personas trans se apoya en dos registros. El primero consiste en confundir los síndromes que pueden sufrir las personas trans (estrés, ansiedad, ideación suicida) con “síntomas”; es decir, mezclar, en cierto modo, las consecuencias de la transfobia con la identidad trans.

Para Alessandrin, la discusión se resume así: “Tratemos primero los síndromes ‘reales’ y los síntomas desaparecerán”. Si se abordan en primer lugar los problemas de salud mental, se acabaría la identidad trans, considerada “una respuesta artificial, militante, política y social a síndromes completamente diferentes”, resume Alessandrin.

Para explicar las identidades trans, se suelen atribuir al descontrol del feminismo, a un malestar incomprendido o a causas médicas y sociales. 

“El segundo registro consiste en afirmar que si se fomenta la transición de género, sobre todo entre los jóvenes, se dañará su relación con sus cuerpos y desarrollarán trastornos psicológicos”, continúa Alessandrin.

Concepto que suele ocultarse tras fórmulas impregnadas –al menos en apariencia– de nobles intenciones: al fin y al cabo, ¿a quién no le importa el bienestar físico de los miembros más jóvenes de la sociedad? Incluso antes de atacar a las personas trans, el lema “piensen en nuestros hijos” ya apuntaba a las personas LGBT+ y a las luchas feministas.

Una defensa que se esfuerza por ocultar la realidad. “Todas las investigaciones demuestran una mejora en la salud mental a largo plazo si se satisfacen las necesidades de atención médica”, señala Alessandrin. “Ya no cabe duda de la mejora en las condiciones para jóvenes y adultos”.

También se suele plantear el riesgo de arrepentirse de una transición; sin embargo, Alessandrin cree que este argumento no se mantiene: ”En la literatura científica, se constata que la tasa de arrepentimiento en materia de transición ronda el 1 %”.

Ya sea en oncología, cirugía bariátrica o cirugía plástica, esta tasa es más alta, según él. “Cualquier departamento hospitalario con esta tasa estaría seguro de que su protocolo funciona, pero no cuando se trata de transiciones de género”.

A pesar de la debilidad de las evidencias científicas que respaldan la tesis del arrepentimiento, esta tiene una considerable repercusión en los medios de comunicación.

La salud mental de las personas trans sigue siendo un tema mayor. En un informe redactado en 2022, los doctores Hervé Picard y Simon Jutant –en aquel momento en activo dentro de la organización de autoayuda trans francesa Acceptess-T– afirmaban que “la psiquiatrización histórica de las personas trans han tenido un impacto negativo en su acceso a la atención de la salud mental”, resumen los autores. “Todavía les cuesta encontrar respuestas que les permitan abordar su salud psíquica sin que esta se entienda únicamente desde la perspectiva de su identidad trans”.

Para los autores del documento, esta salud psíquica frecuentemente incomprendida reclama, por tanto, unas coberturas adaptadas, que no separen las necesidades de seguimiento psicológico, pero sin reducir todo a tales necesidades. En resumen, dejar de psiquiatrizar, sin renunciar al apoyo.

Esta despatologización desempeña un papel fundamental en la liberación de las personas trans al concederles la libertad de decidir por sí mismas la forma de gestionar su transición. Más allá de ser una cuestión de salud pública, se trata de una apuesta política en la que se pone en juego la autodeterminación de las personas trans, un logro precioso que aún está muy lejos de hacerse realidad.

🤝 Este artículo forma parte del proyecto colaborativo PULSE. Dimitris Angelidis (Efsyn, Grecia), Lorenzo Ferrari (OBCT, Italia), Iwona Görke (Gazeta Wyborcza, Polonia), Desislava Koleva (Mediapool, Bulgaria) et Flora Mory (Der Standard, Austria) han contribuido.
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