“El agua del grifo es el alimento que se somete a más controles”, sentencia Annelies Broekman, investigadora del grupo de agua y cambio global del CREAF, recordando que el acceso al agua potable y al saneamiento fue declarado derecho humano por la Organización de las Naciones Unidas en 2010, al considerarse esencial para la vida y para el ejercicio de otros derechos fundamentales.
En muchos países existe un sistema de control sanitario continuo en todo el proceso como garante de dicho derecho. Los análisis periódicos obligatorios permiten verificar su seguridad microbiológica y química, en línea con la normativa europea. Del mismo modo, este monitoreo continuo permite, a su vez, detectar incidencias.
En la comparativa, los países del norte lideran los estándares de calidad. Según los datos del Índice de Rendimiento Medioambiental, países como Finlandia, Alemania y Suiza alcanzan la puntuación máxima (100) en protección de la salud.
Mientras que otros, como Moldavia (50 puntos) o Albania (54,1), se sitúan a la cola del continente, junto a países de la UE como Letonia, Lituania y Rumanía, lo que refleja una marcada desigualdad territorial dentro de Europa.
Cuando se habla de agua del grifo de muy buena calidad, implica no solo que el agua sea segura para el consumo humano, sino también que esté sometida a una monitorización continua de sustancias emergentes (como PFAS, pesticidas o microcontaminantes), que la infraestructura de distribución esté bien mantenida y que las fuentes de captación estén protegidas frente a la contaminación.
La calidad está en el origen
Según Broekman, “No es solo que el norte lo haga mejor, es que la disponibilidad de agua o el caudal de sus ríos influye, por ejemplo, en los niveles de disolución de los contaminantes orgánicos”, señala.
Cuando hablamos de ríos contaminados o de la calidad del agua que llega a las potabilizadoras, la experta distingue entre contaminantes químicos, mayormente procedentes de actividades industriales o agrarias, y orgánicos, que son los sedimentos que se pueden encontrar en el ecosistema de forma natural y que aun así impiden que sea apta para consumo humano.
Así, los países del norte cuentan con ríos más caudalosos que los de nuestras cuencas. Al tener un caudal más alto, la mayor cantidad de agua en movimiento puede favorecer la dilución de ciertos contaminantes, reduciendo su concentración en el medio acuático. A su llegada a las plantas potabilizadoras, puede suponer una simplificación en parte del proceso de tratamiento, una reducción de la carga sobre los sistemas de depuración y una mejora en las etapas de filtración y desinfección.
Sin embargo, una de las claves más importantes que marcan la calidad de la procedencia del agua es que estén libres de contaminantes.
“No se trata tanto de la infraestructura de potabilización como de la calidad del agua de origen”, explica la experta. Conocer de dónde procede el agua que consumimos es clave para entender su disponibilidad y su calidad. No es lo mismo captar el agua de un río, de un embalse o de un acuífero.
Cada fuente tiene características distintas y responde de forma diferente a la lluvia, las sequías o la contaminación. También permite saber hasta qué punto el sistema depende del clima y de fenómenos extremos, cada vez más frecuentes.
Igualmente importante es saber cómo se usa ese recurso en la región. El agua suele compartirse entre consumo humano, agricultura, industria y ecosistemas.
También es relevante conocer a cuánta población abastece una misma fuente. Cuantas más personas dependen de ella, mayor es la presión sobre el sistema.
El agua se pierde, el dinero también
Es precisamente el conocimiento de este reparto el que ayuda a las instituciones a organizar y distribuir los recursos de potabilización.
En este sentido, la presencia de sustancias químicas en las aguas subterráneas sigue siendo un problema, sobre todo si se tiene en cuenta que estas suministran aproximadamente el 25 % del riego agrícola y el 65 % del agua potable de la UE. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, más del 20 % de las aguas subterráneas del bloque se encuentran en un estado químico deficiente, lo que significa que las sustancias nocivas, como el mercurio, el cadmio y otras, superan los niveles fijados por la Directiva Marco del Agua de la UE.
Se cree que solo el tratamiento de los nitratos —que suelen encontrarse en los fertilizantes— cuesta a la UE hasta 320 000 millones de euros al año. El límite de la UE es de 50 miligramos por litro, pero, según la Comisión Europea, ese nivel se superó en el 14 % de las estaciones de medición de aguas subterráneas de Europa.
En enero de 2022, la UE aprobó la primera lista de vigilancia del agua potable, con el objetivo de hacer un seguimiento de los niveles de beta-estradiol y nonilfenol, dos compuestos alteradores endocrinos que imitan, bloquean o interfieren con las hormonas del organismo.
Con el desarrollo de este marco comunitario, los países europeos comenzaron a implementar medidas de evaluación. Es el caso de Francia, que está reforzando el control de contaminantes emergentes como las Sustancias Perfluoroalquiladas y Polifluoroalquiladas (PFAS) en el agua potable. Desde 2026, se aplica la vigilancia obligatoria de 20 compuestos PFAS con un límite de calidad de 0,1 µg/L, en línea con la directiva europea. La agencia ANSES ha ido más allá, detectando PFAS en agua bruta y del grifo y ampliando el número de sustancias analizadas a 35.
Del mismo modo, en Hungría, en 2024, las autoridades sanitarias indicaron que el agua del grifo era segura en el 99,8 % de los municipios, aunque el país ha iniciado ya el seguimiento de PFAS en el agua potable, empezando por las grandes áreas de abastecimiento.
“Más allá de los sistemas de potabilización, resulta importante priorizar la comprobación y mejora de los sistemas de distribución, ya que en España uno de los problemas más frecuentes son las fugas”, resalta Juan Manuel Garrido, catedrático del Departamento de Ingeniería Química de la Universidad de Santiago de Compostela.
Algo que ya contemplan países como la vecina Francia, que dentro del Plan Eau 2023–2030 busca priorizar la reducción de fugas en las redes de agua potable, ya que alrededor del 20 % del agua tratada se pierde en la distribución. Una planificación que, además, busca reducir un 10 % las extracciones nacionales de agua para 2030, mejorar la preparación frente a sequías, modernizar las infraestructuras y diversificar las fuentes de suministro.
La cuenta atrás
Las proyecciones climáticas de la Comisión Europea apuntan a una reducción de la disponibilidad de agua dulce en el sur de Europa, lo que previsiblemente incrementará la presión sobre los recursos hídricos, especialmente por la demanda de la agricultura y la ganadería. Mientras tanto, algunas regiones del norte del continente podrían mantener o incluso aumentar sus reservas de agua, ampliando las desigualdades territoriales.
Para los expertos, este escenario sugiere que el cambio climático agravará las vulnerabilidades ya existentes, reforzando la necesidad de adoptar medidas preventivas y de adaptación cuanto antes.
La Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) asegura que, a pesar de que la extracción total de agua en la UE se redujo un 19% entre 2000 y 2022, el estrés hídrico sigue siendo un problema estructural que afecta cada año aproximadamente al 30 % del territorio europeo y al 34 % de su población, con especial incidencia en el sur de Europa y en las áreas densamente pobladas.
La relación de la ciudadanía con el agua influye en su uso cotidiano, en las expectativas sobre su calidad y en la conciencia de su valor real. “Hay bastante concienciación sobre evitar el despilfarro, pero aún queda mucho por hacer”, concluye Broekman.
El sabor como medidor del consumidor
Y, entonces, ¿por qué hasta los países europeos con mayor calidad siguen consumiendo agua embotellada? Existe una asociación entre sabor y calidad. Que un agua sea potable no significa que cuente con un estándar de salinidad apropiado a todo tipo de paladares.
España, con Italia y Grecia, se encuentra entre los tres países europeos con mayor consumo de agua embotellada según los datos de 2024 de Natural Mineral Waters Europe.
“Es una respuesta tan humana como el verse influidos por el aspecto del agua”, explica Garrido mientras lanza una pregunta al aire: “¿Beberíamos un agua de color rojo aunque nos certificaran que es potable?”
Sin embargo, explica que esta percepción determina al consumidor, quien sin saberlo paga por una calidad similar o peor que la que puede encontrar en el gesto sencillo de abrir el grifo de su cocina.
“Parte del consumo pasa por la conciencia ciudadana”, apunta Broekman. Una idea que apoya el experto, reiterando la idea de que actualmente la tecnología es capaz de “hacer agua de consumo humano a partir de cualquier tipo de agua”.
La próxima vez que pases por el pasillo del agua en el supermercado, quizá la pregunta no sea qué botella elegir, sino por qué a veces olvidamos que existe un sistema que asegura que el agua potable llegue a nuestros grifos.
👉 Artículo original en El Confidencial
🤝 Este artículo forma parte del proyecto colaborativo PULSE Europe. György Folk (Eurologus/HVG) y Gian-Paolo Accardo (Voxeurop) han contribuido a su redacción.
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