Bruselas no es el centro del universo

El Gobierno húngaro y los votantes finlandeses acaban de manifestar su voluntad de salirse del consenso europeo. Pero puede que la razón por la que el proyecto europeo esté en crisis sea porque no deja de repetirse que no cabe ninguna alternativa al mismo.

Publicado en 21 abril 2011 a las 14:07

¡Qué débil es Europa políticamente hablando! Está lejos de los imperios que la Historia atestigua – del Imperio romano al de China, pasando por los Estados Unidos. La excepción de la historia. El continente europeo se modeló a través de conflictos. Y el pasado deja profundas huellas. La afortunada etapa de la unificación europea ha sido demasiado corta, demasiado breve para poner punto final a disputas centenarias.

Buscando neutralizar a cualquier precio esta herencia, los padres de Europa concibieron la CEE (después la UE) como un verdadero bloque. Algunos reconocían –al menos Helmut Kohl lo hacía – que existe una regla de oro: afirmar la igualdad de cada Estado miembro, grande o pequeño. Este proyecto histórico debía ser plural e igualitario. El discurso sobre la pareja franco-alemana y los fundamentos muy carolingios de esta empresa ya dejaban sin embargo entrever cómo esta nueva Europa era una construcción elaborada desde un centro. Esta obstinada concentración de poderes, representada hoy en día por Bruselas, ha hecho que Europa tartamudee. Y esto no se remonta a ayer.

Esta constatación sirve para todos los países, especialmente para los de la periferia. Últimamente, Hungría lo ilustra a la perfección con ese giro nacionalista orquestado por el partido Fidesz de Viktor Orbán. Miembro muy reciente del Club Europa, el país saca a relucir su carta magiar y su Gobierno retoma los discursos con tintes nacionalistas incompatibles con la Europa de la razón y de la administración al estilo de Bruselas.

La Constitución húngara es una anomalía en Europa

La nueva constitución húngara, redactada por la mayoría en el poder sin celebrar un proceso constituyente, representa una anomalía en el conjunto de Europa. Su preámbulo, particularmente patético y henchido de orgullo nacional, ancla Hungría – que sigue siendo una república – a los recuerdos del siglo XI, vinculándola a la corona imperial, a la cristiandad y a la familia (preferentemente numerosa). El ejemplo húngaro muestra que en la periferia de Europa, en los países bajo protección de la UE y dentro del corsé de la UE, otras ideas distintas de las de Bruselas están vigentes.

Incluso los aplicados alumnos de Europa manifiestan signos de agitación. Los Países Bajos son muestra de ello, como los finlandeses que acaban de añadir un capítulo más al desorden europeo. Los finlandeses no son famosos por su extremismo. A pesar del declive de Nokia, el país líder de los estudios PISA [sobre los sistemas escolares] se portaba bien. Y, sin embargo, un nuevo y escandaloso partido, los ‘Verdaderos Finlandeses’, o, más bien, los ‘Finlandeses ordinarios’, ha llegado a ser la tercera fuerza política del país, gracias a su retórica populista y de derechas. Probablemente llegarán a formar parte del Gobierno. ¿Hay que ver en esto un acceso de ira del que en ocasiones sacude a las familias más civilizadas y pacíficas?

Subyace el sentimiento de que el vecino es más un parásito que un aliado

Rápidamente se ha consensuado achacarlo a la falta de un plan de rescate del euro. En todos los pueblos europeos subyace el sentimiento de que el vecino es más un parásito que un aliado. Puede que sea cierto, pero eso no lo explica todo. En toda Europa, en principio, se está preparado para asumir y pagar por una Europa que tenga sentido. Europa no está contra los griegos. Pero a la larga, los europeos no quieren que se les presente la construcción europea como una máquina que funciona sin que exista otra alternativa, tan complicada que sea necesario ser un curtido bruselense para poder sacarle partido mientras la gente corriente permanece en el umbral de la puerta.

El filósofo Jürgen Habermas ha criticado recientemente el “estado lamentable” de Europa. Apela a la renovación democrática y, al hacerlo, sobrevalora la capacidad de los europeos de crear una nueva casilla de salida. No obstante, tiene razón sobre un asunto: “La construcción europea, que siempre se ha decidido por encima de los pueblos, se encuentra hoy en día en un callejón sin salida puesto que no puede continuar sin pasar de rutinas administrativas a una mayor implicación de los ciudadanos”.

Opinión

Habermas contra las élites

En un artículo en Süddeutsche Zeitung, Jürgen Habermas llama la atención sobre el “lamentable estado” de la Unión Europea. El filósofo alemán lamenta el hecho de que los presupuestos y Parlamentos nacionales estén relegados a servir de simple correa de transmisión de la Comisión Europea, mientras que los ciudadanos europeos se apiñan alrededor de sus propios líderes en pugnas en las que sus «héroes nacionales ganan a ‘los otros'». La consecuencia: la reputación de la UE se está deteriorando incluso en la supuesta y eurófila Alemania. Y las élites rehuyen afrontar el debate.

Para Habermas hay tres razones que explican la falta de fuelle para el proyecto europeo: el redescubrimiento del estado-nación en Alemania, que ahora mira hacia dentro; la manipulación de las elecciones y referéndums europeos para adaptarlos a las oportunistas ambiciones nacionales; y la colusión entre la clase política y los medios de comunicación, que tratan la crisis del euro desde sus altamente especializadas páginas de economía e ignoran su dimensión política. «Pero quizá al mirar hacia las élites políticas y mediáticas, estamos mirando en la dirección equivocada», manifiesta Habermas.»La motivación que se echa en falta podría salir desde abajo, desde la sociedad civil…y para ello, las recientes protestas en Alemania, como el caso de Stuttgart 21, podrían servir de ejemplo».

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