¿Existe un vínculo entre la crisis del euro, la impotencia de los políticos y el asesinato a manos de un extremista de derecha de dos vendedores ambulantes senegaleses de ayer [13 de diciembre] en Florencia?

A primera vista, no. Por una lado, el continente opulento y sus dirigentes incapaces de arrancar de nuevo tras medio siglo de éxito; por el otro, un extremista neofascista, racista y armado. Pero, si se observa más detenidamente, se ve cómo los venenos más nocivos de nuestra historia están en vías de volver a aflorar tras la agitación de las conciencias producida por el clima de recesión.

Cuando regresó a Londres tras divorciarse de Europa, el primer ministro británico David Cameron fue criticado incluso por los observadores de la City, a quien él aseguraba haber defendido. Los diputados conservadores de Westminster, no obstante, le vitorearon al grito de “¡Espiritu de bulldog!”, ese rasgo característico de Winston Churchill.

Los clichés más nauseabundos

En varios meses de debate sobre el euro, hemos escuchado clichés nauseabundos resucitados de los álbumes de malos recuerdos que creíamos enterrados para siempre. En Grecia, se ha pedido que se paguen las “reparaciones de guerra por la ocupación alemana de la Segunda Guerra Mundial” a cambio de la deuda de Atenas.

Los periódicos alemanes, con el Bild a la cabeza, han descrito a los griegos como perezosos y a los italianos como viciosos despilfarradores. Como respuesta a las crítica de los economistas de Berlín respecto a nuestras cuentas públicas, las páginas web italianas rebosan comentarios anónimos que se limitan a reproducir “Alemanes = SS”.

La actuación de Cameron ha suscitado evocaciones de la querida “pérfida Albión” empleada por Mussolini. Odio, rencor, racismo, desprecio hacia los otros, intolerancia: el mismo ADN que se manifiesta en tiempos de crisis, como el 13 de diciembre en Florencia.

En 2003, en vísperas de la guerra de Irak, Estados Unidos y Europa, los aliados que 15 años antes habían ganada la Guerra Fría sin recurrir a la fuerza, se dividieron y se insultaron con una vehemencia inesperada. ¿Lo recuerdan? Los estadounidenses vienen de Marte, los europeos de Venus… vanas palabras que enrarecieron el ambiente, poniendo en evidencia un malestar y, a la vez, marcando una distancia que todavía no se ha subsanado. Durante la primavera de 2003, el Congreso de Estados Unidos invitó a cuatro europeos a un encuentro, para eliminar la distancia que se había creado entre Washington y Bruselas. Yo era uno de ellos, junto al actual ministro de Asuntos Exteriores polaco, Radek Sikorski. Nosotros afirmábamos ya por aquel entonces que, en el clima plagado de dificultades económicas de principios de este siglo, resultaba peligroso jugar con el fuego del populismo y del nacionalismo.

Atacar al "otro" será habitual

Hoy, observadores europeos de prestigio, como Gideon Rachman o Martin Wolf, que, al igual que el premio Nobel de Economía Paul Krugman, afirman que tanto en el odio en aumento latente en Internet, como en la recesión que se está desatando por las decisiones erróneas de la canciller Angela Merkel y del presidente Nicolas Sarkozy, se aprecian los primeros vestigios de una temporada trágica, como la que se vivió en los años treinta del siglo pasado, con un totalitarismo fascista en Italia, España y Alemania, junto a las purgas estalinistas en Moscú.

Krugman escribeque “la recesión […] va camino de despertar una inmensa cólera […] contra lo que para muchos europeos únicamente se ve como un duro castigo alemán. Quien conozca la historia de Europa sólo puede temblar ante este retorno a la hostilidad”. El premio Nobel ya lo había escrito antes de la matanza de Florencia, pero evocaba ahí a los neonazis próximos al Partido de la Libertad en Austria, la xenofobia de los Verdaderos Finlandeses en Helsinki, al grupo anti-gitano y anti-semita Jobbik y los intentos autoritarios del Gobierno del partido Fidesz en Hungría. Podríamos añadir a los neofascistas de Inglaterra y Francia y a los racistas italianos, que han hecho que corra la sangre sobre la tan civilizada Florencia, capital de la cultura europea desde hace medio milenio.

¿Exagera Krugman? Eso espero. Al contrario que mis colegas anglosajones, no creo que los años treinta del siglo pasado vayan a repetirse o que las camisas negras vayan a tomar de nuevo las calles: la historia no se repite de manera mecánica; el mal demuestra que tiene imaginación y que puede metamorfosearse con facilidad. En cualquier caso, ante los tiempos realmente duros económicamente hablando que se avecinan, considero que va a ser habitual atacar a los últimos llegados, invocar una supuesta identidad escondida, acusar a los europeos en Londres y a los ingleses en el Continente, así como tomarla sistemáticamente con los “otros” para defendernos a “nosotros”.

Los líderes políticos que anhelan explotar esta epidemia para obtener un voto más, los periodistas que siembran el odio y el populismo para vender un ejemplar más o que alguien pinche sobre un enlace, preparan entre todos una poción que puede ser muy dañina.

Lo que nos debe empujar a defender el bienestar, el crecimiento, el diálogo y la tolerancia no es el miedo al retorno de un pasado autoritario, sino el miedo a los demonios que conlleva la intolerancia: no portan una camisa negra, pero, de la la masacre de estudiantes en Oslo a la matanza de Florencia, están dejando ver su horrible rostro.