Cherchez la femme, aunque tal vez les cueste encontrarla. En el Viejo Continente viven más de 250 millones de mujeres; pero a pesar de representar el 52,6% de la población, ninguna de ellas, o casi ninguna, opta a un cargo en las instancias más altas de la Unión Europea. Se trata de un reto difícil, tanto que la próxima Comisión Europea, liderada una vez más por José Manuel Barroso, corre el riesgo de quedar encallada en el Parlamento debido a que en ella hay demasiados hombres. En la actualidad, sólo hay ocho asientos ocupados por mujeres en un ejecutivo que cuenta con 27 miembros. En el nuevo ejecutivo que entrará en funciones en enero —las capitales han sugerido por el momento una veintena de nombres— no serán más que tres. Demasiado pocas según los diputados de Estrasburgo, que dicen estar dispuestos a provocar una crisis institucional en nombre de la paridad.

El Parlamento aún no ha dicho la última palabra

"Los que todavía no han propuesto ningún nombre se ven prácticamente obligados a nombrar a una mujer para apaciguar los ánimos", aseguraba recientemente un diplomático. Barroso, consciente del problema que tiene delante, demuestra estar inquieto. Una reducción del número de mujeres podría ser fatal cuando sus comisarios se enfrenten al voto de confianza del Parlamento, que comienza a dar signos de impaciencia. Barroso ha visto consolidados sus poderes por el Tratado de Lisboa, pero la votación del Parlamento podría volverse contra él. Hace cinco años, los diputados provocaron la caída del italiano Rocco Buttiglione por sus opiniones homófobas. En diciembre y en enero, cuando tengan lugar en Bruselas las audiencias de los candidatos a comisarios, podrían reincidir.

El asunto se complica aún más si se tiene en cuenta el nombramiento de las dos nuevas figuras previstas por Lisboa: el presidente del Consejo y el alto representante de Asuntos Exteriores. Dos días antes de la cumbre donde se debatirá el problema de los puestos clave, los líderes no saben qué hacer. Se han propuesto entre diez y veinte nombres en total. Para la presidencia apenas figuran dos mujeres: la letona Vaira Vike-Freiberga y la irlandesa Mary Robinson. Para el puesto de alto representante, las cosas están aún menos claras. Se habla de la comisaria saliente de Comercio, la inglesa Catherine Ashton, y de la francesa Elisabeth Guigou, una antigua colaboradora de Mitterrand.

El cubo de Rubik de los nombramientos

La solución al problema deberá satisfacer a derecha e izquierda, norte y sur, países pequeños y grandes, hombres y mujeres. No es extraño que la semana pasada Barroso entrara en la sala de prensa con un cubo de Rubik de doce caras. "Me resulta imposible escoger a un candidato únicamente porque sea una mujer, y no puedo rechazar a nadie con el pretexto de que es un hombre", declaró en aquella ocasión. Los diplomáticos que trabajan entre bastidores están atados de pies y manos. Por más que hablen entre ellos, saben que la decisión vendrá de arriba.

El 16 de noviembre, tres dirigentes de la Unión hicieron un llamamiento "rosa": "Ha llegado el momento de pasar de las palabras a los hechos y nombrar a mujeres para los puestos clave", declararon Neelie Kroes, comisaria de Competencia, Margot Wallstrom, vicepresidenta de la Comisión, y Diana Wallis, vicepresidenta del Parlamento. "Cada vez está más extendida la impresión —afirman las tres— de que el Parlamento Europeo podría rechazar el ejecutivo al completo si no incluye a más mujeres". El hecho es que, en el siglo XXI, Europa no puede excluir al 53% de sus talentos. La decisión está en manos de los veintisiete líderes del Consejo, entre los cuales no hay una sola mujer.