La calma tras la tempestad deberá esperar. Aún no se sabe cuánto tiempo. Pero tras un verano tórrido, que al final ha resultado ser menos agotador de lo que se temía, se prevé un otoño que seguirá siendo candente para el euro, aunque más manejable y más controlado que el pasado. Tras dos años de agitación, los ánimos se han calmado y se ha pasado a una visión más pausada, racional y equilibrada de la crisis.

Sin embargo, no han desaparecido los extremistas, los dogmatismos y los populismos. Como tampoco lo han hecho la recesión económica y el desempleo, que contribuyen en gran medida a alimentar estos movimientos. En Alemania, el Bundesbank y una parte del Bundestag siguen insistiendo en su posición de ortodoxia absoluta y siguen gritando a todos, incluido al Banco Central Europeo (BCE). Pero el debate alemán es cada vez más sutil. Angela Merkel en concreto parece haberse convencido de que para ser reelegida como canciller, más vale presentarse a las legislativas de septiembre de 2013 con el euro que sin él. El hundimiento de la moneda única provocaría un choque con unos costes enormes y con unas consecuencias imprevisibles para Europa y más allá.

Presión necesaria

Pero no sólo la canciller se ha convertido al pragmatismo. Incluso el primer ministro finlandés, Jyrki Katainen, el mismo que había exigido a Grecia más garantías antes de desbloquear su parte de las ayudas, ahora habla de “una mayor integración política y no al contrario”, con el fin de reforzar el euro. En los rigurosos Países Bajos, el líder socialista Emile Roemer, el que será probablemente vencedor de las elecciones del 12 de septiembre, grita contra la austeridad y promete que la reducción del déficit por debajo del límite del 3% del PIB no se logrará antes de 2015, es decir, dos años después de la fecha en la que su país se había comprometido a hacerlo.

¿Significa esto que los países del club del rigor, de los recortes presupuestarios y la recesión van a conceder un respiro? No. Ni Berlín, ni sus aliados del norte, ni el BCE de Mario Draghi tienen la intención de reducir la presión que consideran necesaria para recuperar la estabilidad, la cohesión y la credibilidad de la eurozona. Sin embargo, todos parecen estar dispuestos a tener en cuenta la realidad y los costes injustos de la crisis que afectan a ciertos países como Italia, en beneficio de otros como Alemania, Países Bajos o Francia.

En este ambiente más realista y constructivo, el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, se reunió el 22 de agosto en Atenas con el primer ministro griego Antonis Samaras, que acudirá el día 24 a Berlín y a París el 25, mientras que el día 23, François Hollande y Angela Merkel se reunirán en Berlín. Ahora que parece claro que la salida de Grecia del euro se ha descartado en nombre de la defensa de la integridad de la moneda única, tarde o temprano se acabará encontrando una solución. Así se ha podido observar en España y en Italia parece que se calman las tensiones sobre su destino.

Descubrir el farol francés

No obstante, no hay que bajar la guardia. La enfermedad del euro dista mucho de estar curada. Todo lo contrario. Debido a un cúmulo de circunstancias, sobre todo políticas, Francia ha escapado de la leprosería del Mediterráneo. Pero padece los mismos síntomas. Tendrá que tratarlos del modo más rápido y creíble posible, si no quiere que los mercados tarde o temprano descubran su farol.

De momento, François Hollande se ha mostrado como un presidente evanescente. Su debilidad y la de su país podrían descalificarle en el partido que se juega sobre la transferencia de la soberanía nacional en materia de presupuestos, es decir, la unión fiscal según la jerga de Bruselas, y que constituye la condición fundamental que ha fijado Alemania para garantizar su solidaridad hacia la eurozona. Es decir, para garantizar la supervivencia de la moneda única.

Esta vuelta generalizada en toda Europa a una actitud más razonable nos permite ser moderadamente optimistas. Pero no basta para disipar las numerosas incógnitas, empezando por el talón de Aquiles francés, que siguen atormentado el destino del euro.