Europa vive un periodo extraño e insidioso, según el escritor griego Petros Markaris: los que hablan de la crisis que agita al continente son únicamente los economistas y los gobernadores de los bancos centrales.

El resultado es que la moneda única se convierte en la esencia misma de la Unión, no como un instrumento, sino como su razón de ser, su única finalidad. “La unidad de la eurozona ha reemplazado la unidad de la zona euro. Actualmente vivimos en una Europa en la que sólo tienen la palabra los políticos y los economistas. Por este motivo, el debate es tan poco profundo como la mayoría de dirigentes europeos y de una sola dimensión, como el discurso tradicional de los economistas”. Europa, carente de una visión del mundo, tiene intereses, pero ninguna pasión y tan sólo puede dividirse entre acreedores nobles y deudores plebeyos. "Nos precipitamos hacia una guerra civil europea”.

Como un tiro repentino en medio del silencio, un nuevo seísmo agita a los países musulmanes en forma de una amplia ofensiva del integrismo musulmán contra Occidente y sus vídeos abominables: la violencia se intensifica en el Mediterráneo y Europa, tan ocupada con sus asuntos internos, se da cuenta de repente de que fuera de su territorio no dejan de caer bombas. Tras las primaveras árabes se quedó satisfecha y dormida y de repente ha llegado el invierno. Se había imaginado que las liberaciones eran sinónimo de libertad y ahora constata que las revoluciones siempre van precedidas de destellos fundamentalistas, antes de crear instituciones y constituciones estables. Como Calibán en La tempestad de Shakespeare, los manifestantes nos gritan: “Tú me enseñaste el lenguaje y mi único provecho es que ahora sé maldecir. ¡La peste roja te lleve, a ti que me has dado palabras!”.

Convertirse en aliado de las primaveras árabes

Europa podría decir y hacer algo si no dejara que Estados Unidos asumiera las tareas que son de su incumbencia. No sólo en Afganistán, donde muchos europeos participan en una guerra perdida; no sólo en Irán, sino en nuestro Mediterráneo y a su alrededor: los fugitivos de África del Norte corren hacia nosotros, cuando no mueren en el mar con tanta frecuencia que no podemos dejar de sospechar un abandono voluntario por nuestra parte. Si tuviera su propia política exterior, Europa, capaz de hacer lo que la lejana América no sabe hacer, podría reaccionar: dominar los acontecimientos, establecer nuevas prioridades, indicar las perspectivas basadas en una cooperación organizada y no sólo en palabras o actos belicistas.

Mencionar una Federación Europea ahora ya no es tabú. Pero si se habla de ella es sólo a propósito la moneda o para decir vagamente que seríamos “dueños de nuestro destino”. Pero ¿para qué tipo de política, más allá del orden interno, queremos crear Europa? ¿Con qué idea del mundo, de la relación Occidente-Islam, de Irán, de Israel y Palestina, del conflicto entre las religiones y dentro de las religiones?

El invierno árabe nos revela en qué situación nos encontramos: sin ideas ni recursos, sin un Gobierno común para afrontar la crisis mundial y esto explica nuestro silencio o los balbuceos incesantes de los representantes europeos. Cuesta decir para qué sirve Catherine Ashton, que posee el pomposo título de Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Nadie sabe qué piensan los veintisiete ministros de Exteriores, figurantes híbridos de una Unión compuesta por Estados que ya no son soberanos y todavía no son federales. En cuanto a la gente, ya no controlamos prácticamente nada: ni la economía, ni el Mediterráneo, ni las guerras que nunca ha puesto en duda la Unión Europea.

Por la historia que tiene detrás (una historia de democracias y de Estados restaurados gracias a la unión de sus propias fuerzas, tras siglos de guerras religiosas e ideológicas), Europa posee los instrumentos intelectuales y políticos adecuados para convertirse en la aliada de las primaveras árabes en suspense y de esos países a los que les cuesta combinar la autoridad indiscutible del Estado con la democracia. Sigue siendo un punto de referencia laica para todos, en Libia, en Egipto, en Túnez, que ven cómo la democracia es capturada por los Hermanos Musulmanes o bien amenazada por los fundamentalistas salafistas.

El modelo actual ya no funciona

La vía elegida por Jean Monnet tras la Segunda Guerra Mundial consistió en conciliar los intereses y las pasiones, es decir, en organizar la puesta en común de los recursos (carbón y acero), objetos de discordia entre Alemania y Francia. Entre Europa y el sur del Mediterráneo, podría trazarse una vía similar, gracias a una comunidad ya no basada en el carbón y el acero, sino en la energía (o, en el futuro, en el agua).

En octubre de 2011, Alfonso Iozzo y Antonio Mosconi, dos economistas de inspiración federalista, propusieron un plan similar. La idea es que Washington ya no estaría en posición de garantizar la estabilidad y la democracia en el Mediterráneo y en Oriente Próximo. De ahí la urgencia de una Comunidad Euro-Mediterránea de la Energía: una energía en muchos casos potencial y difícil de explotar sin las ayudas financieras y tecnológicas europeas. Podría decirse que se trata únicamente de una comunidad de intereses. Se dijo lo mismo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Pero en realidad, prevalece la ambición política: sustituir el modelo hegemónico por un modelo de igualdad y pedir a los socios que asuman compromisos democráticos precisos, controlados por una asamblea parlamentaria común.

Sustituir o duplicar el poder de Estados Unidos en el Mediterráneo quiere decir que se asume que el modelo actual no funciona: pensaba que podía exportar la democracia con las guerras, creando Estados fallidos y reforzando los Estados autoritarios. Las democracias (incluido Israel) han apoyado durante años a los fundamentalistas (los talibanes contra la URSS, Hamás contra la OLP) y han hecho caso omiso de uno de los principales orígenes de las crisis actuales: Arabia Saudí, que financia los partidos salafistas que amenazan a las jóvenes y aún incipientes democracias árabes.

A Europa le corresponde infundir esperanza a los países del Mediterráneo y defender sus democracias. Si se dota de un Gobierno a la Unión, tendrá el euro y una política exterior. Sólo en ese caso, el tiro que oímos en los países árabes podrá despertar, como en el poema de Eugenio Montale, a una Europa cuyo corazón “considera vil todo movimiento, se agita y rara vez se estremece”.