El primer ministro Cameron sorprendió a todos al calificar Afganistán y Nigeria como posiblemente algunos de los países más corruptos del mundo, solo unos días antes de la cumbre anticorrupción de esta semana en Londres. Muchos consideraron su declaración como otro ejemplo más de hipocresía occidental. Puesto que Londres es famoso por constituir un terreno ideal para los corruptos y que la propia familia de Cameron se benefició de ocultar dinero en el extranjero, resulta extraño que fuera él quien realizara esta afirmación. Pero, ¿está justificado ser políticamente correcto sobre la corrupción? En cuanto responsable del mayor programa de investigación de políticas sobre corrupción en la UE y autora del informe sobre integridad y confianza pública en la UE para la presidencia holandesa de la UE, analizo las pruebas.

Los Papeles de Panamá demuestran que las élites de la mayoría de países harán gala de un apetito bastante descarado (y egoísta) por beneficiarse de los privilegios que se les presenten. Pero mientras las personas de países con un control razonable de la corrupción, como es el caso de Reino Unido, tienen que llevarse su dinero a alguna isla exótica, los habitantes de países con una corrupción sistémica (que son más de la mitad de todos los países) no tienen que irse tan lejos. En esos países, los presupuestos públicos y los bancos los controlan las élites gubernamentales, que hacen alarde abiertamente de su poder con magníficas casas, coches e ingresos que superan con creces sus ganancias declaradas.

Estos países tienen sus propias Islas Vírgenes dentro de sus fronteras y la población es consciente de ello. Así es como el Barómetro Global de la Corrupción evalúa si sus funcionarios y los países en general son corruptos. En los países con un control más estricto sobre la corrupción, las personas encuestadas suelen declarar que sus gobernantes nacionales sencillamente anteponen sus intereses privados a los del resto. Ambos grupos tienen razón al identificar la corrupción, pero existe una gran diferencia entre los dos casos. La cumbre se centró en acabar con los paraísos fiscales, pero en ella no se habló de los paraísos que funcionan dentro de las fronteras nacionales. Si bien esto puede ayudar a limpiar los países menos corruptos, no servirá de nada en los demás.

Otra faceta clave en el enfoque políticamente correcto sobre la corrupción es que el dinero de los países desarrollados sirve para fomentar la corrupción en el mundo en desarrollo. Es cierto que existen pruebas que indican que los fondos de ayuda e incluso los fondos estructurales y de cohesión de la UE pueden convertirse en un recurso de corrupción en países donde este problema es sistémico. Un líder afgano en la cumbre señaló con acierto que el flujo de dinero occidental a su país solo estaba empeorando la situación. Sin embargo, lo que surgió primero no fue el flujo de dinero extranjero, algo totalmente benigno cuando se invierte o se dona en un país con baja corrupción, sino la crueldad y el poder sin control de los Gobiernos en los países receptores. Ellos han ideado las normas para obtener el máximo posible de rentas de todos los recursos públicos y privados, ya sea con impuestos locales o inversiones extranjeras.

La principal causa de la corrupción es el poder local sin control. Si no se aborda este aspecto, no tiene mucho sentido presionar a los donantes internacionales. Como mucho, lo que puede conseguirse es que los inversores eviten los países corruptos y que los donantes organicen la ayuda a través de canales no gubernamentales, por ejemplo financiando comunidades o entidades benéficas locales o internacionales. De igual modo, la repatriación de activos tiene poco sentido si los Gobiernos futuros siguen actuando de forma corrupta. Esto es exactamente lo que sucede en más de ochenta democracias y cuarenta autocracias, en las que cualquiera que llega al poder arrasa abiertamente con los recursos públicos.

Por último, ¿es correcto decir que solo podemos hablar de personas corruptas y no de países corruptos? Es la idea que planteó el primer ministro de Malta, un país con un control razonable de la corrupción. De nuevo, esto no es así, tal y como han demostrado en repetidas ocasiones las personas encuestadas en todo el mundo. Aunque la corrupción es universal y la naturaleza humana tiende a caer en la tentación con demasiada facilidad, la historia nos demuestra que a lo largo de los siglos los países han aplicado controles para la corrupción dentro de las fronteras nacionales. En una minoría de países estas limitaciones son lo bastante fuertes como para mantener bajo control los recursos disponibles para las acciones corruptas.

Una vez que las limitaciones han llegado a este nivel, por ejemplo, con ciudadanos críticos e implicados y capaces de sancionar a los buscadores de rentas o "rent seekers", como el caso de Islandia, cuyo primer ministro apareció en los Papeles de Panamá y tuvo que dejar el poder de inmediato, los recursos que generan corrupción como el petróleo dejan de plantear un peligro. No ocurre en absoluto lo mismo en la “increíblemente corrupta” Nigeria, tal y como la definió Cameron. Por consiguiente, podemos hablar de países corruptos en los que las normas del juego normalizan la extracción gubernamental de recursos públicos y donde la mayoría de las personas en el poder lo hacen. En ellos, los pagos constituyen prácticamente el único modo de acceder a los servicios públicos y las carreras avanzan en función de las conexiones y no del mérito. Los habitantes de estos países son conscientes de ello y reconocen todos estos síntomas. Muchas de las personas con más talento dejan el país, impiden que se cree una masa crítica para las reformas y refuerzan el destino de las poblaciones sometidas y las élites depredadoras.

Al analizar estadísticamente los recursos y los controles contra la corrupción, creamos un sistema de clasificación que demuestra claramente las reformas necesarias. Los investigadores de ANTICORRP lo han hecho con el Índice de Integridad Pública. En dicho índice, Noruega ocupa la primera posición de la lista y Venezuela y Chad los últimos puestos. Si se tratan estas áreas de reforma, Nigeria tiene el potencial de pasar de ‘la corrupción como norma’ a ‘la corrupción como excepción’. Estos asuntos no se trataron en la cumbre. Existe un gran abismo de conocimiento entre hacer del mundo un lugar más limpio y tratar los problemas de un país concreto. Las cumbres futuras podrán aportar contribuciones mejor intencionadas y esperemos que también políticamente incorrectas.