Imaginemos por un instante que se restablecen los controles en las fronteras interiores de la Unión Europea. Sería un desastre. Los ciudadanos perderían mucho tiempo en los controles con las verificaciones, los guardas fronterizos y los agentes de aduanas se verían de nuevo desbordados por la carga de trabajo y volverían a hacer huelga para exigir la simplificación de los controles (tal y como hicieran los agentes de aduanas italianos y franceses a comienzos de los años ochenta, con lo que contribuyeron a la aplicación del primer acuerdo de Schengen, firmado el 14 de junio de 1985 en la ciudad luxemburguesa homónima).

Los presupuestos públicos aumentarían por los gastos de personal y las infraestructuras fronterizas y los costes complementarios correrían a cargo del ciudadano, que pagaría más impuestos y consumiría productos más caros.De hecho, con esto se volvería a la situación que se vivía antes. Pero la UE tendría que pagar un alto precio: olvidarse de un principio básico, el de la libre circulación. El espacio Schengen dio a cada país la sensación de pertenecer a un territorio único.

En el momento en el que se pasa de un país europeo a otro, en tren o en coche, y tan sólo nos encontramos con una nota de aviso donde antes hubo barreras y policías, es cuando nos damos cuenta de la realidad creada por la UE. “El extranjero” se hace más próximo. Si se restablecieran los controles en las fronteras, es probable que se volviera a generar una “tribalización” de los pueblos europeos: los vecinos volverían a convertirse en “extranjeros”, más extranjeros de lo que eran hace veinte años. Y para la Unión, sería el comienzo del fin.

Las tendencias de algunos Estados miembros son inquietantes

De momento, lo que exigen Francia e Italia sería volver a introducir controles en las fronteras interiores durante un periodo limitado, pero no sólo por razones de orden público y de seguridad nacional (algo que ya prevé el tratado actual). Existen también otras razones. Italia ha expedido permisos a decenas de miles de inmigrantes procedentes del norte de África (lo que les ofrece la posibilidad de ir a cualquier lugar en el espacio Schengen), Francia no quiere acogerles y el conflicto italo-francés se ha transformado en una carta conjunta de Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy dirigida a la Comisión Europea.

La lista de los motivos por los que se pueden restablecer los controles me parece que son de ese tipo de “exigencia máxima” táctica, para poder empezar a negociar desde arriba. Pero no suena muy bien. Los dos países demandantes también desean que aumente la función operativa de la agencia Frontex, aunque en este sentido Berlusconi y Sarkozy es como si hubieran descubierto la pólvora, puesto que la función de Frontex se iba a ampliar de todas formas según el Tratado de Lisboa.

El 12 de mayo, la Comisión Europea también presentará su propio plan de reforma de Schengen. La comisaria de Interior, Cecilia Malmström,escribe en su blog que la tendencia de algunos Estados miembros (adivinen cuáles…) de “dejarse llevar por los acontecimientos” y de exigir “medidas rápidas” son inquietantes; destaca además que en las políticas en materia de inmigración no deben influir los “movimientos populistas”.

El retrato robot del elector populista

Muy bien dicho. Pero hasta ahora, cada país ha aplicado sus propias políticas, el Sur (más vulnerable a los inmigrantes) mantiene un conflicto con el Norte sobre esta cuestión y, mientras, los movimientos populistas han logrado un creciente apoyo en países considerados tolerantes y armoniosos, como Países Bajos, Dinamarca o Finlandia. Ahora los políticos populistas tienen discursos más elaborados: ya no se oponen a los extranjeros, pero incitan a los electores a temer por sus empleos por la inmigración sin control.

El retrato robot del elector populista también está cambiando: ya no es el obrero industrial de cierta edad y con educación precaria, sino un hombre de 40 años, con un nivel educativo medio y con una renta media, es decir, un hombre que más bien tiene un buen nivel de vida. Las preocupaciones de un elector así son sinceras y razonables. Por consiguiente, es relativamente fácil convencerle de que la solución para mantener lo que tenemos es cerrar las puertas y las ventanas de la casa en la que nos sentimos tan a gusto antes de que lleguen los “otros”, con los que tendremos que compartir nuestra riqueza en nombre de la solidaridad europea y de la libre circulación…