\

Los mercados han caído en una de las numerosas grietas del sistema europeo, generando el enésimo descalabro bursátil y una nueva alza en los tipos de interés, que se han convertido en los aceleradores de la crisis de las deudas soberanas en el seno de la zona euro. Pero esta tormenta, al igual que las que le han precedido, es el síntoma de un desequilibrio político.

Si no se encuentra una solución a dicho desequilibrio, Europa lo tiene muy difícil para sobrevivir. El motivo que ha servido para que se esgrima de nuevo el pretexto del ataque es el increíble retardo de la burocracia europea en poner en práctica las decisiones tomadas en la cumbre de los jefes de Gobierno del 21 de julio. Si todo va bien, las decisiones tildadas de "urgentes" convenidas en julio estarán operativas a finales de septiembre. Y, para entonces, ya serán insuficientes.

El 4 de agosto, precisamente cuando el presidente de la Comisión José Manuel Durao Barroso solicitaba celeridad a los Gobiernos para que pusiesen en marcha las decisiones adoptadas en julio, "que manifiestamente no tendrían el efecto esperado", el Banco Central Europeo (BCE) intentaba sellar por enésima vez una vía de agua abierta en el casco del euro, al anunciar que se había acordado por "aplastante mayoría" retomar las adquisiciones dentro del mercado secundario [en el que dichos bonos se revenden por los propios compradores] de bonos del Tesoro de países en dificultades.

El BCE ha actuado de mala gana

A partir de mayo, Frankfurt había suspendido las intervenciones, al solicitar que dicha responsabilidad fuese transferida al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Pero teniendo en cuenta que el fondo se encuentra bloqueado por la lentitud de Bruselas, una vez más, el BCE ha tenido que tomar cartas en el asunto. Y lo ha hecho de mala gana. De hecho, la decisión se tomó por mayoría, pero probablemente se hiciese frente a un voto hostil de los alemanes. Y no ha sido suficiente para apaciguar a los mercados.

La tormenta, por tanto, tiene visos de ser larga. O, al menos, de repetirse con intervalos cada vez más cortos. A menos durante el tiempo que tarden los Gobiernos en darse cuenta de la necesidad de reflexionar sobre la "complejidad y el carácter incompleto de las decisiones que se han tomado hasta el momento", tal y como pide José Manuel Durao Barroso.

A decir verdad, todos saben cuál es el único remedio capaz de salvar el euro y a Europa. Sin embargo, la Alemania de Angela Merkel sigue rechazando la terapia y el resto de los Gobiernos carecen de la fuerza necesaria para hacerle cambiar de parecer, mientras los mercados mantienen las pujas abiertas desde hace más de un año sobre la muerte de un paciente al que se le da por muerto antes de que haya podido recibir los cuidados que requiere.

A pesar de la extrema complejidad de la crisis actual, la cuestión es bien simple: los mercados no tienen toda la culpa de no creer en que la moneda única pueda continuar existiendo si se mantiene el principio de que cada uno lucha por sí mismo en materia de deuda pública, y, por tanto, si se siguen aplicando tipos de interés distintos para títulos emitidos en cada uno de los países con moneda común.

La solución existe, pero está bloqueada por Alemania

La solución, compartida por numerosos actores, consiste en aceptar una responsabilidad común para la deuda pública acumulada. Este objetivo puede alcanzarse, al menos parcialmente, con la emisión de un eurobono para una parte significativa del endeudamiento europeo. Esta maniobra acarrea como contrapartida política el renunciar a la soberanía nacional sobre las políticas presupuestarias, que quedarían delegadas en un "ministro de Finanzas europeo". Además, los márgenes de autonomía de que disponen los Gobiernos nacionales sobre la gestión de presupuestos son ya de por sí extremamente reducidos hoy en día.

Hasta ahora ha sido Alemania quien mantenía bloqueada la solución del problema, puesto que sus cuentas están en orden y no quieren hacerse cargo de las enormes deudas acumuladas por Estados como Italia o Grecia. Para conseguir salvar el veto alemán, se han ideado sistemas muy complejos y poco eficaces, como el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF).

Pero resulta evidente que este tipo de paliativo desempeña un papel especial a la hora de incitar a la especulación, que continúa a jugar con las diferencias entre los distintos tipos de interés. En los últimos meses, muchos han denunciado "el egoísmo" de los alemanes y han hecho invocado a la fantasmagórica "solidaridad europea".

En realidad, el problema no se resolverá hasta que Alemania no comprenda que el final del euro y el del mercado único, y la inevitable catástrofe financiera que acarrearía, podría salirle mucho más caro que hacerse cargo de la deuda común. Hasta este momento, ningún Gobierno ha tenido el valor de poner a Angela Merkel entre la espada y la pared. Aunque los Gobiernos se desentienden, los mercados ya van camino de tomar las riendas. Con Italia en el punto de mira de los ataques, ha llegado el momento de tomar una decisión final. Si Alemania dice que sí, tanto el euro como Europa estarán a salvo. En caso contrario, preparémonos para lo peor. Alemania incluida.