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Para ayudar a combatir el cambio climático, deja que el tren aguante el tirón

El transporte representa una cuarta parte de las emisiones de carbono en Europa. Hay una forma rápida y sencilla de frenarlas: elegir el tren para los viajes de media y corta distancia. Y no toma más tiempo, afirma Timothy Garton Ash.

Publicado en 28 octubre 2021 a las 15:50
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A medida que se acerca el inicio de la conferencia COP 26 en Glasgow, el próximo domingo, he estado considerando qué puedo hacer para ayudar a combatir el cambio climático. ¿Comer menos carne? ¿Coche eléctrico? ¿Una bomba de calor en lugar de la vieja caldera de gas? ¿Tomar el tren en lugar de un vuelo de corta distancia?

Todo lo anterior, sin duda. Pero como alguien que ha pasado gran parte de su vida volando por Europa, la última parece especialmente pertinente. Aproximadamente la mitad de los vuelos en Europa son de corta distancia, definidos por la UE como viajes de menos de 1500 km. Un estudio detallado de la universidad ETH de Zúrich demostró que los vuelos de corta distancia en determinadas rutas europeas desde Zúrich provocan entre tres y diecinueve veces más emisiones de CO2 que el viaje en tren equivalente. (La cantidad más elevada corresponde a Zúrich-Milán: cuanto más corto es el trayecto, mayor es el exceso).

La Campaña para un Transporte Mejor de Gran Bretaña organizó recientemente una "carrera" desde el centro de Londres hasta el centro de Glasgow. El pasajero del tren llegó solo dos minutos más tarde que el que tomó el avión, y las emisiones de CO2 fueron de unos 20 kg, contra los 137 kg del vuelo. Sin embargo, siendo Gran Bretaña, el billete de tren costó el doble.

Esto no es así en todas partes. Por ejemplo, en diciembre tengo que ir de Bremen, donde daré una conferencia un jueves por la noche, a Baviera, donde hablaré el viernes por la noche. Hasta hace poco, reservaba automáticamente un vuelo. Ahora veo que hay una excelente conexión de tren interurbano que me lleva de Bremen a Múnich en cinco horas y media.

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Sí, tarda un poco más que el vuelo, que sería de solo una hora y cuarto, y Lufthansa ofrece nada menos que cinco vuelos directos ese día. Pero eso no tiene en cuenta el viaje en coche hasta el aeropuerto, la facturación y el tiempo de espera, y luego el largo viaje desde el lejano aeropuerto de Múnich. A diferencia del caso de Londres-Glasgow, el tren también es más barato: solo 27,99 € a precio de superahorro.

Además, es casi seguro que el viaje en tren será más agradable. Nada de aquellos atascos de camino al aeropuerto. Nada de sudar mientras me quito todo lo que llevo en el control de seguridad del aeropuerto, ni de estar cansado esperando a que llamen a mi vuelo. Sin necesidad de apretujarse en un asiento estrecho, metido como una sardina en un gran tubo metálico lleno de aire reciclado a presión. Desde el tren, podré ver pasar por mi ventanilla el paisaje alemán mientras cambia poco a poco; leer y escribir cómodamente, con una buena conexión Wi-Fi (aunque con una señal móvil irregular); levantarme, dar un paseo y comer en el vagón restaurante. Luego, al final del viaje, podré salir directamente al centro de Múnich.

Hace poco encontré unas notas que tomé en una reunión del partido parlamentario de los entonces jóvenes Verdes alemanes en octubre de 1984. Los diputados de los Verdes, según anoté, en principio no utilizarían los vuelos nacionales dentro de Alemania. “Aquí estamos, protestando contra la Startbahn West [una nueva pista de aterrizaje en el aeropuerto de Fráncfort]”, exclamó uno, “¡y luego volamos desde allí!”. Mis notas tienen un tono de leve diversión, especialmente cuando alguien confiesa: "¡Yo sí que cojo un coche con chofer del Bundestag para ir al bar por la noche!".

Pero ahora pienso: si tan solo el enfoque de los Verdes hubiera prevalecido hace 40 años. Imaginaos si hubiéramos pasado las últimas cuatro décadas dando prioridad a las conexiones ferroviarias europeas por encima de los vuelos de corta distancia. Hoy, mientras los Verdes se preparan para ocupar su lugar en un nuevo gobierno alemán, podéis apostar vuestro último euro a que las compañías aéreas están presionando en silencio, explicando el coste – también en puestos de trabajo perdidos – de recortar demasiado rápido todos esos vuelos de corta distancia entre ciudades europeas.

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