Ideas La UE y el Covid-19

El crac del coronavirus, ¿la segunda crisis del euro?

Ante el descenso de la actividad económica causado por las medidas de confinamiento adoptadas para frenar la epidemia de la covid-19, la solidaridad entre los Estados miembros de la UE ha tardado en manifestarse tras muchas dudas que casi terminan con la cohesión de la UE, su razón de ser.

Publicado en 20 junio 2020 a las 11:58

Ursula von der Leyen pronunció un duro discurso a finales de marzo en el hemiciclo del Parlamento Europeo, que estaba casi desierta debido al riesgo de contagio: “la Historia nos observa. Cumplamos juntos nuestro deber, con un corazón grande  y no con 27 pequeños”. La presidenta de la Comisión se refería a una carencia vergonzosa: Durante los primeros días tras la llegada de la pandemia a Europa (el suceso más importante desde la Segunda Guerra Mundial), no hubo ningún rastro de solidaridad entre los Estados miembros de la Unión Europea.

Los jefes de gobierno han gestionado la crisis como si fuera una crisis puramente nacional, como si en sociedades tan interconectadas como las nuestras el cierre precipitado de las fronteras fuera a detener el avance del virus. Cuando a finales de marzo el embajador de Italia pidió a la Unión Europea mascarillas para su país, gravemente afectado, solo recibió negativas: incluso Alemania había prohibido su exportación y el resto de países europeos tenían otras preocupaciones. Sin embargo, China, que quiere incorporar a Italia en su proyecto de una nueva ruta de la seda, ya les había enviado con gran repercusión  en los medios de comunicación. Durante esos días, Europa no solo fracasó en el aspecto humano y político, sino también desde un punto de vista geoestratégico.

Desde entonces, se reivindica una mayor solidaridad por toda Europa y aunque los gobiernos europeos reconocen que esta crisis es un “test” para la UE (Angela Merkel), el tipo de respuesta sigue siendo objeto de polémica. En la zona euro en particular, las diferencias son muy pronunciadas, incluso tras varias videoconferencias, sobre todo en lo relativo a compartir los riesgos financieros con los países de la eurozona para los que los “coronabonos” son vitales. Hasta ahora ni los ciudadanos ni los inquietos mercados financieros han percibido signos de unidad. Es un peligro inminente que podría hacer que muchos europeos se sientan desengañados con la UE.

La crisis del coronavirus amenaza con transformarse en una segunda crisis del euro, mucho más difícil de superar que la primera, si es que alguna vez se superó. Hace diez años, la crisis del euro se debió sobre todo a fracasos políticos. En 2010, la falta de acción rápida y solidaria para responder a los problemas económicos de Grecia provocó tensiones en los mercados financieros. Estas se extendieron a otros países del sur de Europa, convirtiéndose en una amenaza para toda la zona euro y la Unión Europea. En aquella época, Italia y España ya estaban en el punto de mira. Sus economías, muy afectadas por la recesión, no podían protegerse de la quiebra con préstamos europeos debido a su tamaño, ya que eran la tercera y la cuarta economía de la zona euro.

La situación no se calmó (si no desde un punto de vista político, al menos desde uno económico) hasta que Mario Draghi, el entonces presidente del Banco Central Europeo (BCE), anunció en el otoño de 2012 su intención de comprar, incluso de manera ilimitada, bonos de los países miembros de la UE en crisis.

Esto condujo a una rebelión inútil de Grecia en 2015, ya que las condiciones del préstamo (una política de austeridad radical que provocó unas consecuencias sociales dramáticas), impuestas en gran parte por Alemania, habían provocado una fisura entre los países de la zona euro. [2] La nefasta división política de aquellos años aún se percibe y determina las diferentes reacciones a la crisis del coronavirus. El hecho de que desde 2015 la zona euro no haya creado ninguna institución para implementar una política económica y financiera común está causando estragos. En lugar del desacuerdo actual entre los países, algún ministro europeo de economía (una idea propuesta por Francia y bloqueada por Alemania), podría haber presentado una solución paneuropea y haber abierto así el debate sobre la política económica.

Esto resalta claramente un conflicto fundamental sin resolver. Para los gobiernos alemán y holandés, las crisis económicas no se deben a carencias estructurales en Europa, sino a un fracaso político y moral de los países afectados. La fragilidad de los países del sur de Europa sería la causante de la elevada deuda en Grecia o Italia. Por lo tanto, incluso en momentos de emergencia, se niegan a avalar a sus vecinos argumentando que los que corren riesgos financieros tienen que disponer de competencias de control. Recientemente, el ministro de Finanzas Wopke Hoekstra llevó este argumento al extremo. El político cristiano-demócrata pidió una investigación para aclarar la falta de preparación ante la pandemia en ciertos países del sur de Europa. P

or eso, no es de extrañar que muchos de estos países consideren inhumano y mezquino el debate actual sobre los límites de la solidaridad europea, teniendo en cuenta la alta tasa de mortalidad en sus respectivos países. El enfado de Pedro Sánchez durante una videoconferencia entre los jefes de gobierno de la UE, entre los cuales estaba Angela Merkel, fue revelador: “¿No entienden la emergencia a la que nos estamos enfrentando?” [3] Tanto Sánchez como otros dirigentes exigen un gesto firme que pruebe que los países de la zona euro no se conforman con estar en el mismo barco, sino que también son solidarios con sus vecinos.

Distribución de los gastos

Ese gesto sería la implementación de los “coronabonos” (a los que Berlín y La Haya se oponen) junto con líneas de crédito para las empresas y financiación de los ERTE. Nueve países europeos, incluyendo los del sur y el oeste de Europa, como Bélgica, Luxemburgo y, sobre todo, Francia, están totalmente a favor. Estos “coronabonos” permitirían a los países de la zona euro emitir bonos comunes avalados por la solvencia de Alemania y aprovechar así unos tiposde interés beneficiosos. Hasta ahora, los países de la zona euro muy endeudados, como Italia, tienen que hacer frente a unos tipos de interés más elevados que Alemania cuando piden préstamos a los mercados.

Los denominados “spreads” han aumentado debido al creciente nerviosismo de los inversores que prevén la cantidad desorbitada de intereses a los que Italia tendrá que hacer frente. A Roma le esperan unos costes altísimos de reconstrucción. Según el Financial Times, “mientras los países de la zona euro no compartan los riesgos, los inversores se centrarán inevitablemente en el riesgo financiero de cada uno de ellos en la lucha contra la epidemia.” [4] En el peor de los casos, las diferencias entre los tipos serán tan grandes que países como Italia no serán capaces de pedir los préstamos que necesitan para afrontar la crisis. Si se da el caso, sufrirán una crisis interminable.

Por esta razón, la idea propuesta por Berlín y La Haya de poner en marcha créditos financiados por el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) no funciona. El MEDE se creó durante la crisis del euro y por eso los mercados lo consideran un instrumento de emergencia. Según Doris Neuberger, economista especialista en mercados financieros, “si un país lo solicita a partir de ahora, se considerará que está al borde de la quiebra”. [5] Además, los medios del MEDE no son suficientes para minimizar los elevados costes de la reconstrucción. Asimismo, el BCE ya concede créditos a los países afectados.

Sin embargo, lo que necesitan ahora estos países, como indica con precisión el economista Michael Hüther, muy cercano a los empresarios, [6] son “transferencias financieras”, que permitirían a los gobiernos realizar las miles de millones de inversiones que las economías perjudicadas por la pandemia necesitan, sin aumentar la deuda ni debilitar sus economías a largo plazo. La emisión de deuda europea sería la solución más eficaz. Permitiría a los países de la zona euro pedir préstamos conjuntos a bajo interés que se dividirían para cubrir las necesidades imperantes de países como Italia o España. Repartirse así los gastos es esencial para que la solución sea eficaz. Funcionaría de la misma manera si los fondos se recaudasen de un presupuesto europeo ampliado (los fondos de recuperación también podrían financiarse con préstamos comunitarios). Así, todo el mundo podría sacar partido de la distribución de los gastos y la zona euro se estabilizaría.

Esto es válido tanto por razones económicas como por razones políticas. Es, por ejemplo, el caso de Italia. Este país, miembro fundador de la UE, ha sido el epicentro de la pandemia fuera de Asia, y se ha enfrentado a diario al horror de escoger qué enfermos podían recibir tratamiento en los hospitales, al personal sanitario infectado y a funerales celebrados sin los familiares. Asimismo, el país cuenta con una economía y una política vulnerables. Desde 2008, fecha en la que comenzó la crisis económica mundial, Italia ha vivido tres recesiones y tiene un coeficiente de deuda del 135%.

Además, hay que añadir que Italia, instigada por Bruselas, ha tenido que reducir gastos, sobre todo en sanidad. Entre 2009 y 2017 se destruyeron más de 46 000 empleos, reduciendo el número de enfermeros a 5,8 por cada mil habitantes, mientras que en Alemania cuentan con 12,9 por cada mil habitantes. Los hospitales están peor equipados que los de sus vecinos del norte. Al inicio de la pandemia, Alemania disponía de 33,9 camas en la UCI por cada 100 000 habitantes, mientras que en Italia solo había 8,6. [7] Allí, los recortes siempre se han percibido como una imposición alemana y desde hace tiempo constituyen la causa del enfado de mucha gente: “primero Alemania nos impone austeridad, después no quiere enviarnos mascarillas y encima nos niega los coronabonos”.

La Lega, el partido de extrema derecha de Matteo Salvini, hace todo lo posible para fomentar y explotar esta cólera. Aunque al principio de la pandemia Salvini se mantuvo en un segundo plano porque sus críticas al Primer Ministro Giuseppe Conte se consideraron desafortunadas, después instrumentalizó la línea dura de Berlín y La Haya para crear polémica y sembrar la división. Según él, los préstamos del MEDE “destruirán nuestro futuro”, otra razón por la que se consideran “tóxicos” en el país. [8] Aún así, es una situación más fácil que el trato humillante que sufre Grecia, con los préstamos que tuvo que pedir durante la crisis del euro al MEDE, a los acreedores europeos y a otros países. 

Esta situación sigue muy presente para los italianos y ha permitido a Salvini alimentar el miedo a un control externo de su economía. Conte también ha ejercido presión a favor de los “coronabonos” por razones políticas, ya que el futuro de su país en la Unión Europea no está garantizado. La posición de Berlín y de La Haya ha contribuido a que el escepticismo hacia la moneda única no deja de aumentar en Italia desde la crisis del euro. Hoy en día, el 49% de los italianos está a favor de salir de la Unión Europea, mientras que en marzo del año pasado, esta cifra solo era del 29%. A diferencia del efecto estabilizador final del Brexit, el euro y la Unión Europea podrían soportar a duras penas la salida de Italia. Salvini, cuyo partido está a la cabeza de los sondeos, ha mencionado en varias ocasiones la idea de un referéndum de salida. Si gana las próximas elecciones, esta amenaza podría hacerse realidad.

Un peligro mortal

La advertencia de Jacques Delors, de 94 años, sobre el peligro mortal para la UE que supondría “la falta de solidaridad europea” no debe tomarse a la ligera. [9] Aunque este sondeo no es más que un hecho aislado, es probable que esta dinámica negativa se prolongue, sobre todo si la recesión, las altas cifras de paro y el miedo a la pérdida de soberanía continúan. La intransigencia de Merkel y de Mark Rutte es aún más perjudicial. Merkel teme (no sin razón) que los conservadores rechacen los “coronabonos” y se aproximen al AfD, el partido de extrema derecha. Sin embargo, aunque el empeño alemán en la responsabilidad y la austeridad es necesario, el debate está más abierto hoy en día que hace diez años. Políticos distinguidos de la CDU, como Norbert Lammert y Elmar Brok exigen implementar los “coronabonos”. La canciller alemana ya no estaría sola.

La presión a la que se ha sometido a Merkel para que encuentre una solución política en Europa no deja de aumentar desde la sorprendente sentencia del Tribunal Constitucional Federal del 5 de mayo. Hasta ahora, Berlín podía contar con el BCE para garantizar la liquidez de los Estados miembros, algo que, desde el punto de vista alemán, restaba urgencia al debate de una política económica europea. Pero desde que se insta al BCE a ser más exigente, los gobiernos se ven forzados a actuar. En Alemania, los periodistas conservadores temen que a partir de ahora las transferencias permanentes a la zona euro se conviertan en la norma.

El mismo miedo se ha instalado en el gobierno de Mark Rutte, que trata de ocupar la posición euroescéptica y económicamente radical de Inglaterra y también se opone a los “coronabonos” con el fin de impedir que se implemente una política financiera europea. Sin embargo, es lo que debería haberse hecho. Desde hace mucho tiempo, la UE ya no es una simple alianza de países independientes en la que cada uno es responsable de su propia situación económica, sino que las instituciones comunes creadas, como la moneda única, requieren una política y una responsabilidad comunes. Para el Secretario General de la OCDE, Ángel Gurría, los “coronabonos” constituyen la siguiente etapa para cumplir el proceso de integración europea.

Es evidente que las obligaciones europeas, o cualquier riesgo que se comparta en general, tendrán un coste para Alemania. Sin embargo, este será insignificante en comparación con el que supondría una segunda crisis del euro. Recientemente, el expresidente del Banco Central Holandés, Nout Wellink, advirtió que “el norte perderá su riqueza si el sur se desploma” y recordó el número de mercados nacionales como el de Alemania o los Países Bajos que dependen de una Europa estable.

La responsabilidad común está a la orden del día, ya que una cosa es segura en estos tiempos difíciles: ni un compromiso tecnocrático ni una llamada entusiasta salvarán Europa, sino una solidaridad real.

El artículo original in Blätter.

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