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Un parque en Zagreb en tiempos de coronavirus.

Entre el virus, el terremoto y la bioeconomía del turismo

En Croacia, un grupo de expertos supuestamente independiente ha movido los hilos en la gestión de la pandemia del coronavirus. Sin embargo, esta gestión de la crisis ha sido, en realidad, profundamente política, según expresa la periodista y novelista Slavenka Drakulić. El Estado miembro más joven de la Unión Europea, dependiente del turismo, se encuentra envuelto en un peligroso juego donde el poder político y la economía se oponen a las vidas más vulnerables. Al final, el futuro de la democracia podría estar en juego.

Publicado en 6 agosto 2020 a las 16:35
Un parque en Zagreb en tiempos de coronavirus.

La mayoría de nosotros hemos visto aquel meme popular sobre la covid-19 que dice “¿Podemos reiniciar el 2020? ¡Le entró un virus!”, o algo por el estilo. Croacia realmente necesitaría reiniciarse. Este no fue un año de suerte para el país, atacado por varias plagas, una tras otra. Primero, asumió la presidencia de seis meses (de enero a junio) del Consejo de la Unión Europea. Luego llegó el coronavirus. A todo esto se le sumó el fuerte terremoto que sacudió Zagreb, su capital. Enseguida, las elecciones parlamentarias anticipadas constituyeron una peligrosa partida. Y para terminar, surgieron los desafíos de un turismo en ruinas.

La presidencia croata de la UE representó un gran reto, pues se acompañó de una agenda política provista de misiones históricas como el Brexit o la crisis migratoria en las fronteras sudorientales de la UE. Pero tanto las ambiciones sobredimensionadas de Croacia para aportar soluciones eficaces como la ilusión de su poder e importancia llegaron a su fin en junio y sin resultados memorables. Sería fácil culpar a la pandemia por este mísero desenlace, pero como lo expresan los críticos, Croacia escogió mal su posicionamiento desde el principio. En vez de llevar la voz cantante en la región y ayudar a Serbia, Montenegro, Albania y Macedonia del Norte a resolver sus problemas e impulsar sus negociaciones con la UE, el gobierno buscó estar en pie de igualdad con las grandes potencias europeas. La presidencia de Croacia no dejó huella alguna en las políticas de la UE.

El 11 de marzo, la declaración de la llegada del coronavirus al país marcó el inicio de un retorno al estado policial. Con miras a controlar la pandemia, se formó un equipo especializado de científicos y directores de instituciones de salud supuestamente neutral en términos políticos y que curiosamente integraba al ministro del Interior del partido gobernante HDZ. Eludiendo al parlamento, este grupo ordenó un confinamiento y tomó todas las decisiones relativas al coronavirus, incluyendo el cierre de los centros educativos y las líneas de tranvía, el aislamiento de grupos e individuos, y el uso obligatorio de mascarillas tanto en las tiendas como en el transporte público.

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Curiosamente, los ciudadanos obedecieron las nuevas normas sin rechistar, a pesar de su legitimidad cuestionable y su carácter antidemocrático. ¡Ni siquiera la oposición se opuso! Por un lado, el miedo hacia el virus los unió a todos, pero por otro lado, esta obediencia extraordinaria surgió del pasado autoritario de Croacia, cuando formaba parte de Yugoslavia. En el momento en que avienen problemas, además de agruparse, la gente recurre al tipo de liderazgo político con el que está familiarizada.

Quizá esto se ilustre mejor mediante la voluntad habitual de delegar la toma de decisiones a una alta autoridad, que solía ser el partido comunista, ya que se supone que esta «sabe lo que mejor les conviene a todos». Es como si el legado del sistema comunista continuase evitando que los ciudadanos crean en sus propios derechos o incluso que cuestionen cualquier decisión. En este contexto, la experiencia de la democracia no ha sido más que una nueva faceta de la vieja manera de gobernar a través de un partido dominante. En los jóvenes Estados formados después de la caída de Yugoslavia, la gente no tardó en darse cuenta de que pertenecer a un partido seguía representando un atajo hacia el poder y la fortuna.

Ni siquiera el terremoto del 22 de marzo en Zagreb (de una magnitud de 5,5 en la escala de Richter, el más fuerte desde 1880) logró sacudir lo suficiente a los croatas para sacarlos del letargo en el que los sumió el virus. Unos 25 000 edificios sufrieron daños y alrededor de 2000 de entre ellos debieron evacuarse. Muchos colegios, hospitales y museos, además de otras instituciones culturales, se vieron afectados. También hubo heridos. El centro de la ciudad, con el casco antiguo, sufrió el mayor impacto. Luego, el desastre natural dio paso a la confusión y los escándalos en torno al financiamiento de la reconstrucción, lo que reveló una severa manipulación y sospechas de malversación de fondos por parte de la administración municipal. No obstante, todo esto se vio eclipsado por las noticias e historias sobre el omnipotente coronavirus.

Si bien los ciudadanos aceptaron al susodicho equipo de expertos y creyeron que su misión era salvar vidas humanas, pronto comprendieron que este encerraba un fuerte aspecto político. Salió a la luz que este grupo funcionaba como una extensión del partido gobernante HDZ. El miedo y el control de la pandemia (lo que se tradujo en un número relativamente bajo de enfermos y muertos) se convirtieron en la piedra angular para asegurar las elecciones parlamentarias anticipadas.

El partido gobernante buscó sacar provecho del virus sin demora al apropiarse de la buena imagen del equipo de expertos y de los resultados del primer confinamiento. Como estaba claro que el confinamiento no sería sostenible a largo plazo, sobre todo por el inicio de la temporada turística, las elecciones se programaron para el 5 de julio. El primer ministro Andrej Plenković decidió beneficiarse del periodo poscoronavirus previo a la temporada turística. Su decisión fue sin duda parcialmente motivada por el miedo de que los turistas propagasen el virus después de la reapertura de las fronteras.

“Bioeconomía sostenible”

Sin embargo, el segundo miedo de Plenković, todavía más grande que el primero, fue quizá la posibilidad de un colapso del turismo, el sector más lucrativo del país, con una contribución de alrededor del 20% del PIB. Es posible que en otoño Croacia deba enfrentarse a la mayor crisis económica en su historia, un periodo que sería desfavorable para elecciones. Los cálculos para salvar el presupuesto mediante la reapertura de fronteras y la supresión parcial de restricciones ligadas al coronavirus para recibir tantos turistas como sea posible traen consigo numerosos riesgos. Mi colega, Viktor Ivančić, del antiguo semanario Feral Tribune, describe esto como un ejemplo de las políticas de “bioeconomía sostenible” aplicadas por el gobierno croata. Según la definición satírica de Ivančić, la “bioeconomía sostenible” se basa en la premisa de que “es responsable y racional permitir el fallecimiento por covid-19 de un grupo de personas si ello evita la muerte por inanición del resto de la población”.

Estos cálculos no son exclusivos para Croacia. Basta con pensar en la estrategia similar utilizada por Suecia, donde el bienestar de la mayoría cobra mayor importancia que el sufrimiento de los más vulnerables. Otros países con destinos turísticos populares, como España, Grecia e Italia, están haciendo exactamente lo mismo, ya que la estrategia para salvar el presupuesto mediante la supresión de restricciones con el fin de permitir la afluencia de turistas se basa en una tolerancia de un cierto número de muertes. Aún faltaría precisar cuántas muertes son aceptables en esta ecuación malsana.

Los cálculos respecto a la programación de las elecciones confirmaron la teoría, aunque la votación coincidió con un aumento en el número de contagios. El primer ministro y su partido ganaron. Esta vez la impresión general es que el nuevo y antiguo primer ministro está conduciendo al HDZ hacia el centro, lejos de la derecha radical que había dominado en el pasado. Plenković y el HDZ tuvieron la suerte de que Croacia es un país pequeño y de poca relevancia que vive y muere al margen de la UE mientras las potencias apenas notan lo que sucede en la periferia...

Sea como sea, el nuevo gobierno ahora deberá comenzar a encargarse de los verdaderos problemas, comenzando por el desempleo, pasando por reformas jurídicas y económicas y llegando hasta la creciente cifra de refugiados e inmigrantes que están ejerciendo presión en la frontera de Croacia con Bosnia-Herzegovina. Pese a que Croacia es uno de los grandes «ganadores» del plan de recuperación de la UE respecto al coronavirus negociado en julio, se deberá tomar acción con un presupuesto muy bajo.

Además de nuestros hábitos personales y sociales, el virus está cambiando nuestra situación económica. Lo mismo se aplica a nuestro comportamiento político. Estos cambios decidirán no solo el futuro próximo de Croacia, sino también el de la UE. La pandemia ha revelado cuán frágil es en realidad nuestra existencia, tanto nuestras vidas como nuestro estilo de vida. Hemos visto a las instituciones que nosotros mismos construimos para protegernos derrumbarse ante tal catástrofe. El miedo por nuestras vidas amenaza con menoscabar aún más las bases ya frágiles de nuestra democracia.

Este artículo forma parte del proyecto Debates Digital, una serie de contenidos publicados digitalmente que incluyen textos y debates en directo de algunos de los escritores, académicos e intelectuales que forman parte de la red Debates on Europe.

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