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Natalia, tan integrada que debe irse

Natalia, que llegó de Chile con su familia a sus 8 años, ha pasado los últimos años haciendo lo mejor por probar que se merece un permiso de residencia. Pero todos sus esfuerzos han sido puestos en su contra por el sistema de inmigración. Este es el quinto y último artículo de la colección sobre jóvenes europeos indocumentados en tiempos de covid-19, en asociación con Lighthouse Reports y The Guardian.

Publicado en 13 octubre 2020 a las 10:30

Se sintió como si les estuviesen jugando una mala pasada. Natalia Robledo Contreras aún no puede creer lo que pasó el día en el que ella y su hermana menor solicitaron por primera vez el permiso de residencia neerlandés. Un funcionario de inmigración afirmó que los documentos de custodia presentados por las menores no eran suficiente y se negó a aceptar sus solicitudes hasta que sus padres fuesen a la oficina. Natalia, de 17 años en ese entonces, y su abogada tuvieron sospechas. ¿Qué pasaba si era una treta para detener a sus padres que, como ella y su hermana, estaban indocumentados? Por eso mismo habían ido solas.

Pero como el funcionario se negaba rotundamente a aceptar sus documentos, la madre de Natalia decidió ir a la oficina. La arrestaron apenas llegó. “Lloré sin parar, incluso después de que liberaron a mi madre unas horas más tarde”, relata Natalia. “Le exigieron que se fuese del país de inmediato”.

Ese día de 2012 marcó el inicio de la larga travesía de Natalia por obtener su estatus legal en los Países Bajos, un país en el que había vivido por nueve años. En cada etapa se esforzaba por cumplir con todo y en todas las ocasiones estos esfuerzos eran puestos en su contra. El proceso terminó costándole su familia.

El padre de Natalia dejó atrás la pobreza y el desempleo en Chile en 2001 después de que un familiar le hubiese ayudado a encontrar trabajo en Países Bajos. No obstante, era un trabajador fuera de nómina, por lo que cuando su esposa y sus hijas se le unieron un año después, también estaban sin papeles. A sus 8 años, Natalia inicialmente se mostró reacia a dejar su hogar en Santiago, pero era una niña buena, esforzada y responsable. De hecho, en los Países Bajos obtuvo resultados excelentes en la escuela.

Su familia había intentado obtener la residencia legal en Países Bajos por varios medios, pero nunca reunía las condiciones necesarias. Un abogado les aconsejó que esperasen al menos cuatro años a que las niñas creasen un vínculo con el país mediante la escuela y clases de neerlandés antes de solicitar el permiso de residencia de las menores. “Mi familia y yo pensamos que obtener buenas notas me ayudaría”, declara Natalia. “Pasaba mi vida entre mi casa y la escuela”.

Natalia, que ahora es una estudiante de derecho de 25 años, camina por la estación de tren en Ámsterdam. Por ahí solía pasar para ir a la universidad. Pero la antes bulliciosa estación ahora se encuentra casi vacía debido al confinamiento por el coronavirus. Trabaja como personal de limpieza para financiar sus estudios, pero esta fuente de ingresos prácticamente se le ha agotado desde el comienzo de la pandemia. Sin embargo, Natalia es consciente de que otros la están pasando peor: “Miles de inmigrantes indocumentados que son trabajadores domésticos han perdido su empleo”.

“Todas esas buenas notas y mis clases de neerlandés eran mi forma de demostrar mi integración a la sociedad neerlandesa. Pero los funcionarios las usaron en mi contra. Me dijeron que era lo suficientemente inteligente para adaptarme a una vida en Chile”. 

Natalia tiene una voz suave, pero habla con mucho sentimiento cuando se refiere a las dificultades por las que pasan los trabajadores indocumentados. Es la presidenta de la junta de trabajadores domésticos migrantes, es miembro de la Federatie Nederlandse Vakbeweging (FNV) [federación sindical neerlandesa] y actualmente es el rostro de su campaña para el apoyo financiero de trabajadores domésticos indocumentados que perdieron su fuente de ingresos durante la pandemia de covid-19. “Me siento incómoda siendo filmada”, admite. “Pero normalmente me piden que sea yo quien hable porque tengo un buen dominio del neerlandés”.

El activismo corre por sus venas. Su madre había participado en las protestas contra el régimen de Pinochet en Chile. “Y mi abuelita es mi ejemplo a seguir”, dice Natalia con una gran sonrisa. “Formaba parte del sindicato de mujeres trabajadoras agrícolas. Eso me enorgullece mucho”.

Pero Natalia se ha dado cuenta de que el sistema de migración convirtió a su familia y su fuente de inspiración en el principal obstáculo para alcanzar su sueño de obtener la residencia legal en los Países Bajos. Después del arresto de su madre en 2012, los servicios neerlandeses de migración utilizaron el estatus de sus padres como personas indocumentadas como una razón para no concederles el permiso de residencia a Natalia y a su hermana.

Las políticas de migración restrictivas como las de Países Bajos y Noruega pueden crear incentivos perjudiciales para familias sin papeles. Como el camino para obtener el estatus legal es tan duro para las cabezas de familia, las autoridades temen que esto incite a los inmigrantes a solicitar primero los permisos para sus hijos. El servicio de migración usó el argumento de que los padres de Natalia podrían aprovecharse de su estatus para solicitar la reunificación familiar con Natalia.

Algunas familias se distancian de sus hijos

“Este es el clásico argumento utilizado contra los niños por los servicios de migración neerlandeses en los casos de familias indocumentadas”, explica Corinne de Klerk la abogada de inmigración de Natalia. Por ende, algunas familias se distancian de sus hijos o se niegan a tener contacto con ellos para que su solicitud sea más sólida. “Sé incluso de un caso en el que los padres fingieron desaparecer de la vida de su hijo”, declaró de Klerk. “Ahora el niño vive con una familia de acogida porque sus padres sabían que su presencia lo pondría en desventaja”.

La Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas establece que ningún país debería discriminar a los niños según sus padres y que todo país debería hacer del interés superior de los niños la prioridad principal en casos de inmigración. Los partidos políticos neerlandeses de oposición presentaron un proyecto de ley para adoptar este artículo en la ley neerlandesa.

No hay muchos estimados confiables de la cifra de personas indocumentadas en Países Bajos. Sin embargo, un estudio de 2013 da un estimado de 35 530 personas. En 2016, una encuesta realizada por una organización de atención médica en Ámsterdam demostró que aproximadamente un 15% de sus pacientes tenían hijos indocumentados.

A pesar de la incertidumbre en la que estaba sumida su familia, Natalia concluyó su bachillerato con casi el mejor promedio de su clase. Estaba segura de que sus buenos resultados harían una diferencia y llevó sus boletines de notas a sus citas periódicas en el servicio de migración. “Todas esas buenas notas y mis clases de neerlandés eran mi forma de demostrar mi integración a la sociedad neerlandesa”, explica. “Pero los funcionarios las usaron en mi contra. Me dijeron que era lo suficientemente inteligente para adaptarme a una vida en Chile”.

En una ocasión le decían que no estaba lo suficientemente integrada y en la siguiente le decían que estaba demasiado integrada.

“Poco a poco Chile se fue volviendo más lejano a mí. Me fui apegando a los Países Bajos, sobre todo porque no conocía nada más”

También se le pidió que “cooperase con su viaje de vuelta” para poder solicitar un permiso. “Nos pidieron que reservásemos vuelos para Chile, que mirásemos un programa de telerrealidad sobre gente que vivía una buena vida en Chile”, relata Natalia. Según dice De Klerk, este proceso suele llevar a la gente a abandonar los procedimientos jurídicos. “Te presionan para que te vayas”, suspira Natalia. “Después de un tiempo, ya no sabes qué hacer para mejorar tu situación”.

En 2017, después de batallar contra el sistema durante cinco años, Natalia perdió la apelación para la obtención de un permiso de residencia y se le impuso una prohibición de entrada. A partir de ese momento comenzó a vivir ilegalmente en Países Bajos.

“Lo perdí todo. Ya ni siquiera podía soñar con un futuro para mí misma”, expresó. La situación pasó factura a toda su familia. “Con el tiempo pierdes tu felicidad y quieres echarle la culpa a algo o a alguien. Comencé a culpar a mi padre por haber decidido ir a Países Bajos. Comencé a ignorarlo”. Natalia mira al piso mientras busca las palabras correctas. “Toda la situación os va separando lentamente y os coloca en una posición en la que llegáis a considerar que sería mejor cortar los lazos”.

Natalia se estremece. De repente, el precio de todos los años de incertidumbre se torna evidente de una manera sofocante. Su país natal se había convertido en una idea completamente extranjera.

“Poco a poco Chile se fue volviendo más lejano a mí. Me fui apegando a los Países Bajos, sobre todo porque no conocía nada más”, afirma. Comenzó a trabajar a tiempo completo como personal de limpieza y se unió al sindicato y a la junta de trabajadores domésticos migrantes. “No quería estar indocumentada y quedarme sin hacer nada por la sociedad”, declara.

La solicitud de residencia de su hermana, que tiene problemas de salud mental, seguía en proceso. Natalia también se enfrentó a problemas de salud mental con el paso de los años. “No podía desmoronarme”, dice Natalia en cuanto a su niñez. “Mis padres trabajaban seis días a la semana como mínimo. Habría sido demasiado para mi familia lidiar con dos hijas enfermas. Así que me escondí detrás de mis libros de escuela”.

Después de dos años de vivir sin papeles, la abogada de Natalia sugirió incluirla en el caso de su hermana, una táctica común cuando el caso de uno de los hermanos es más sólido. Comenzó una vez más con el proceso de residencia, aterrorizada por los recuerdos del arresto de su madre cuando hicieron su primera solicitud. “Esta vez era yo quien se encontraba en un serio riesgo de ser inmediatamente deportada”, declara. Tuvo un ataque de pánico y fue a ver a un psicólogo, pero no pudo acceder al tratamiento debido a su estatus migratorio.

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En su última apelación, en enero de 2019, Natalia llevó toda la evidencia posible como prueba de su vínculo con Países Bajos y como una forma de demostrar que tenía derecho a un permiso de residencia. Al final, los lazos quebrantados con su familia se convirtieron en un punto decisivo para su caso. Las autoridades ya no podían alegar que sus padres se beneficiarían de su estatus. Tres meses más tarde, Natalia y su hermana recibieron su permiso de residencia, 17 años después de su llegada a Países Bajos.

“Ahora ya puedo disfrutar de mi vida”, expresa. Se matriculó en una licenciatura y espera poder calificar como abogada dentro de tres años. Sigue trabajando y protestando en la red de trabajadores domésticos migrantes. “Cuando voy de camino a mi universidad, pienso: ‘¡He deseado esto por tanto tiempo!’”, afirma. “Pero a esta reflexión le siguen tristes recuerdos del precio que tuve que pagar”.

La relación con sus padres sigue siendo tensa. “Ahora la estamos reparando”, dice lentamente. “Es sumamente necesario”. Respecto a cómo la ven sus padres hoy en día, afirma: “Están orgullosos de mí. Siento que lo que más les enorgullece es que siempre haya sido constante, que nunca haya desmayado”.

Nouska du Saar es una periodista e investigadora de OSINT originaria de Países Bajos. Se especializa en temas ligados a la migración, los refugiados y el medio ambiente.

Este artículo es parte de la serie Europe Dreamers, en colaboración con Lighthouse Reports y el Guardian. Revise los otros artículos de la serie aquí.

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