Frank Stronach, el gran simplificador

Este multimillonario octogenario austriaco, conservador euroescéptico, ha hecho una atronadora entrada en la escena política, fundando en nueve meses su propio partido. Y en las elecciones regionales del 3 de marzo, prevé recoger los frutos de la crisis que atraviesan los partidos tradicionales, debilitados por una serie de escándalos de corrupción.

Publicado en 1 marzo 2013 a las 12:46
Frank Stronach presentó en una rueda de prensa a su "Team Stronach". Viena, septiembre de 2012.

El anciano parece estar solo en medio de toda esta gente. Cientos de personas se han reunido en Bärenwirt, un bardo que responde al nombre de Otto Normalverbraucher [Fulano de tal] canta en el escenario “Steirer Men are very good” [Los hombres de Estiria son muy buenos] y la multitud aplaude con entusiasmo. Cuatro jóvenes, seguidoras fieles del invitado estrella de la tarde, con pañuelos de color rojo, blanco y rojo, los colores del nuevo partido, agitan unas banderitas también rojas, blancas y rojas. Tienen el pelo oscuro, algo extraño, porque Frank Stronach, de 80 primaveras, nacido en Estiria, normalmente sólo se rodea de rubias. Está sentado bajo el escenario, con su equipo situado respetuosamente a cierta distancia. Mira fijamente el plato, golpea la mesa con una banderita, inmerso en el ritmo de la música, como si fuera el invitado a una fiesta cuyo motivo desconoce.

Cuando sube al escenario, un silencio respetuoso invade la sala. La mayoría del público sólo ha visto por televisión al jefe del partido Team Stronach por Austria, candidato a las elecciones de Baja Austria este domingo, 3 de marzo. Precisamente en la televisión es donde desconcierta con asiduidad a los periodistas mejor preparados, con largos discursos sin pies ni cabeza. En cambio, Stronach no participa en los debates organizados ante la proximidad de las elecciones del 3 de marzo, en las que Baja Austria y Carintia deben designar un nuevo Parlamento regional. Porque, en su opinión, lo único que hacen es gritar sin parar. Lo cierto es que Stronach no sabe discutir y si escucha una opinión distinta a la suya, le irrita sobremanera. Ha sido jefe durante mucho tiempo y ahora tan sólo es el miembro de un equipo, independientemente del nombre de su partido.

Una fortuna para servir a su país

Frank Stronach sólo lleva nueve meses sembrando el caos en la política austriaca. Pasa varios meses al año en su país de adopción, Canadá, al que inmigró en su juventud y donde fundó la empresa de piezas de automoción Magna. Hoy es multimillonario, ha dado la espalda a Magna y ahora quiere “servir a Austria”.

Con su fortuna puede hacerlo. En las concentraciones organizadas para su campaña, el público puede disfrutar gratis de comida y bebida. Stronach cuenta anécdotas de su vida, habla del hambre, de la primera vez que volvió al país con un coche elegante, de que ahora es tan importante que puede permitirse rechazar una invitación de la reina de Inglaterra. Su alemán está impregnado de inglés, pero se defiende bien. Stronach expone su historia de hombre hecho a sí mismo, desde sus inicios como obrero en Estiria, hasta su trabajo de lavaplatos en Canadá y su vida de millonario.
Pero cuando quiere hablar de política, su alemán se vuelve dubitativo, repleto de “cosas” y de “eh”. Al público le da igual, porque ha escuchado lo que quería escuchar: valores, respeto, trabajo, éxito, que cualquiera puede lograrlo, que deberían destituir del poder a los grandes partidos, que el sistema debilita a los débiles, no les protege. Y para acabar, una canción más: “Hand in Hand” [Juntos, de la mano].

Al final, se ha hablado poco de política. En dos horas, Franck Stronach ha recordado al menos cuatro veces a cuánto ascendían las sumas de dinero que dona generosamente. Ha explicado hasta qué punto es un hombre bueno, sobre todo con sus trabajadores. Al contrario que “esos de ahí arriba”. No necesita a nadie más para construirse su salón de la fama, él mismo lo hace.

Una amenaza para los grandes partidos

Aunque Stronach carezca de un programa claro, su partido representa una amenaza para los grandes partidos de derecha, el ÖVP y el FPÖ, porque atrae a los votantes de esta tendencia. Desde que comenzó en 2012 a llevarse a su personal político y constituyera en nada de tiempo un grupo en el Consejo Nacional, la élite política se alarma. Los sondeos le dan el 10% de los votos. Y su partido pone en peligro el tradicional equilibrio entre el ÖVP y el SPÖ [de centro izquierda] en el ámbito nacional y regional.

Con las elecciones de Baja Austria y Carintia, el 3 de marzo, se abrirá un gran año electoral. A estas elecciones les seguirán otras regionales y en otoño, las legislativas. En Viena, el Gobierno de coalición funciona correctamente. Las cifras económicas son excelentes. Pero a pesar de todo, la imagen del Gobierno sigue siendo mediocre. Y los electores están hartos del statu quo. Los Verdes ante los innumerables escándalos de corrupción de los últimos meses siguen pareciendo más íntegros; pero muchos electores conservadores no votarán por su programa. Y el partido populista de derecha, el FPÖ, no logra librarse del desagradable olor que dejó su anterior mandamás, Jörg Haider.

Franck Stronach es ciudadano canadiense, se ha llevado su fortuna a Suiza y que debe salir del territorio austriaco por motivos fiscales. Pero ¿a quién le importa? A tan sólo unos días de unas importantes elecciones regionales, a seis meses de las legislativas, sigue sin tener un programa que vaya más allá de sus tres palabras preferidas: “verdad, transparencia, igualdad”, pero ¿algo más?

En cierto sentido, el programa es Franck Stronach en sí mismo: simplificar el sistema fiscal, frenar el nepotismo, reducir la administración, limitar la influencia de Bruselas y conceder más poder a los que, como él, han demostrado durante mucho tiempo que saben cómo multiplicar el dinero. Porque, tal y como afirma, lo que funciona en economía funciona también en política.

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