La revuelta de un pueblo tranquilo

A principios de diciembre, miles de personas salieron a las calles de Marburgo para echar a su alcalde. ¿Qué es lo que ha impulsado a hacer algo así a los habitantes de esta ciudad tan tranquila? Un periodista esloveno explica que se debe a la crisis y a la impunidad de las élites.

Publicado en 14 diciembre 2012 a las 12:51
 | Maribor, el 3 de diciembre. Entrentamiento entre la policía y manifestantes anti-corrupción.

Marburgo siempre ha sido famosa por ser una ciudad donde no pasaba nada. En ella, el índice de abstención en las elecciones era más elevado que en otros lugares y sus habitantes no se implicaban especialmente en la vida social o política. ¿Cómo es posible que en una sola semana desfilaran 20.000 personas por la plaza de la Libertad, llevando pancartas contra el alcalde de la ciudad, tirando huevos, sillas y cócteles molotov sobre el Ayuntamiento? Aún no salimos de nuestro asombro. Sobre todo porque, como en una especie de éxtasis generalizado, todo el país ha salido a las calles como muestra de solidaridad con Marburgo.

En veinte años de independencia, es un hecho sin precedentes. Se habla incluso de “la insurrección de Marburgo”, como si se tratara de un acontecimiento histórico. Pero ¿cuáles son sus causas? La primera es la decisión del alcalde de Marburgo, Franc Kangler, de instalar radares fijos en todos los cruces importantes de la ciudad.

En sólo unos días, se registraron 70.000 infracciones y otras tantas multas que tendrá que pagar una población que ya sufre con dureza la crisis económica. Por si fuera poco, los radares se han instalado en entornos en los que era más fácil que los conductores cometieran infracciones y no junto a colegios, por ejemplo. Pero eso no es todo.

Privatizar el Estado

El derecho de concesión de los radares se otorgó a una empresa privada. La mayoría de las multas (alrededor del 93 %) la cobró esta empresa, que había prometido renovar el sistema de semáforos. De este modo, el alcalde logró una misión imposible, es decir, privatizar el Estado. Los primeros signos de protesta no tardaron en llegar y en Marburgo se empezaron a quemar radares.

El asunto de la privatización de los radares tan sólo era el último hasta la fecha. Marburgo se tiró de cabeza al sistema del capitalismo neoliberal. Desde 1997, se ha privatizado a diestro y siniestro: el sistema de saneamiento y el de la distribución de agua, los transportes públicos, el teleférico, las funerarias… El resultado es que morirse en Marburgo cuesta el doble que en Liubliana.

Hace poco, la Comisión Nacional de la Lucha contra la Corrupción desveló “abusos de poder” en Marburgo, así como “una corrupción sistemática”. Este descubrimiento no ha sorprendido a los ciudadanos. La Comisión lo único que hizo fue confirmar lo que ya sabían.

Un efecto dominó en todo el país

Pero la protesta ha creado un efecto dominó en todo el país, porque los ciudadanos no sólo se sublevaban contra Kangler y sus enredos. En Liubliana, en Kranj, en Celje o en Trbovlje, la gente ha salido a la calle con velas en la mano, para protestar contra la corrupción, el clientelismo y los oligarcas locales. Tenían miedo de que toda Eslovenia se convierta en un sucedáneo de Marburgo.

Los eslovenos envidian a Croacia, que ha condenado por corrupción a su exprimer ministro, Ivo Sanader, a una pena de prisión de diez años en primera instancia. En Eslovenia no sucede nada parecido. Si el primer ministro, Janez Jansa, acusado de corrupción desde hace varios años, se niega a abandonar su puesto, ¿por qué lo iban a hacer los demás? Varios alcaldes eslovenos ya han sido condenados por su mala gestión de las finanzas públicas, pero hacen caso omiso a la justicia. Algunos diputados, también condenados, se niegan a dimitir.

La élite política eslovena se burla de las decisiones judiciales y alegan que forman parte de un complot político. Los eslovenos ya no lo soportan más y prueba de ello es lo que acaba de suceder en nuestro país.

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