El Estadio Olímpico durante la ceremonia de clausura de los Juegos de Londres, el 12 de agosto de 2012.

¿Merecen la pena?

Para los partidarios de los Juegos Olímpicos, las sumas colosales invertidas tienen un impacto positivo en términos de turismo, renovación urbana y de salud pública. En realidad, rara vez es así, tal y como demuestran los ejemplos de las ciudades que hospedaron las pasadas ediciones del evento.

Publicado en 13 agosto 2012 a las 11:51
El Estadio Olímpico durante la ceremonia de clausura de los Juegos de Londres, el 12 de agosto de 2012.

A parte de la eterna magia de los deportes, los organizadores de los Juegos Olímpicos y sus patrocinadores multinacionales suelen esgrimir tres argumentos para justificar el enorme gasto de dinero público que comportan las Olimpiadas: más de 15.000 millones de euros en el caso londinense -según un informe del Parlamento británico-, siete veces más de lo presupuestado en el 2005.

Primero, se argumenta, tienen un impacto económico inmediato conforme llegan cientos de miles de participantes y turistas. Es más, la presencia de miles de ejecutivos de empresas globales crea abundantes oportunidades para captar inversiones. David Cameron, el primer ministro británico, dijo la semana pasada que el dividendo olímpico para la economía ascenderá a casi 16.000 millones de euros.

Segundo, los Juegos y otros grandes eventos hacen posible la rehabilitación de barrios degradados como el East End londinense donde se ha construido el estadio y la villa olímpica. Barcelona '92 suele citarse como el ejemplo paradigmático de los Juegos como catalizador de la modernización urbana. Y, tercero, dada la epidemia de sobrepeso y obesidad que afecta a sociedades cada vez más sedentarias, los abdominales esculturales de deportistas como Jessica Ennis o Usain Bolt no pueden sino animar a la gente a hacer más ejercicio.

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Comentario

Tantos juegos acaban con los Juegos

“En los Juegos Olímpicos, hay deportes que parecen precisamente eso, juegos”, señala el editorialista de La Stampa Massimo Gramellini, que se pregunta si no se incluyen demasiadas disciplinas lúdicas:

Apoyo afectuosamente a las jóvenes con cintas y aros, pero no puedo evitar preguntarme: ¿estamos en los Juegos Olímpicos o en el circo? ¿Por qué se admite el bádminton y no el futbolín? ¿Y el billar? El juego de tirar de la cuerda entre dos equipos sería un espectáculo extraordinario en la tele, por no hablar de la carrera de sacos. Tengan por seguro que, tarde o temprano, formarán parte de las disciplinas oficiales.

Según Gramellini esta abundancia,

es el síntoma de una civilización podrida por la incapacidad de elegir y por la voluntad compulsiva de satisfacer a todos los nichos del mercado. […] Por suerte, la memoria es selectiva y de los juegos sólo quedará el recuerdo de los que corren, los que nadan, los que se enfrentan en esgrima y los que juegan al baloncesto o al voleibol.

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