Obama, el videoaliado

El primer presidente estadounidense “del Pacífico” no siente ninguna afinidad especial por Europa, pero todavía no está en posición de prescindir de las tres principales potencias del continente. El resultado, explica Le Monde, es una relación a distancia gestionada por videoconferencia.

Publicado en 17 mayo 2010 a las 09:56

“¡Queremos que nos oigan, que nos escuchen, reflexionar juntos!” Estas palabras lanzadas por Nicolas Sarkozy a finales de marzo ante los estudiantes de la universidad de Columbia, Nueva York, la víspera de su cena con Barack Obama, dicen alto y claro lo que este importante grupo de dirigentes europeos piensa en voz baja del primer presidente estadounidense que se autodefine como “del Pacífico”. Era el grito de unos aliados que se sienten abandonados.Lo que no decían, por el contrario, es que, cinco días antes, el presidente estadounidense les había oído perfectamente. Pero por videoconferencia, y en petit comité. En efecto, a finales de 2009, Barack Obama tomó la iniciativa de crear un nuevo formato, apodado por los diplomáticos el “Cuarteto de los jefes de Estado”. “Cuarteto” por cuatro países: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania.

Por mediación de una pantalla, este “Cuarteto” congrega, en principio una vez al mes, a Barack Obama, Nicolas Sarkozy, Gordon Brown (o su sucesor) y a Angela Merkel para abordar un amplio abanico de temas peliagudos, como Irán, Afganistán, Oriente Próximo, el G20 y la regulación financiera. Sin embargo, el “Cuarteto” no es ninguna novedad: existe ya desde el fin de la Guerra Fría, pero a un nivel diplomático inferior —por lo general, a escala de los responsables políticos de los ministerios de asuntos exteriores—. Helo ahí, convertido ahora en minidirectorio, en grupo de contacto donde participan los dirigentes europeos susceptibles de contribuir a la resolución de los problemas que afronta Obama.

Estados Unidos está perdiendo poder en el mundo

Los motivos para el desencanto, tanto insignificantes como importantes, entre Obama y los europeos se han ido sucediendo durante un año. Cuando se instaló en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el presidente Obama retiró el busto de Winston Churchill que había colocado George W. Bush, regalo de Tony Blair. Los británicos comprendieron entonces que su “relación especial” hacía aguas, mientras que el desencanto llamaba a la puerta de Europa del Este con la reforma unilateral del proyecto del escudo antimisiles.En noviembre de 2009, Obama se saltó la ceremonia de conmemoración del veinte aniversario de la caída del Muro de Berlín, tras considerar que, por el contrario, su presencia era indispensable en Copenhague para apoyar la candidatura de Chicago a los Juegos Olímpicos. Un mes después, en la capital danesa, debatía sobre el clima con los “países emergentes” sin que los europeos estuvieran tan siquiera presentes en la sala.

Obama creció en Hawái e Indonesia. Su padre, keniata, pertenecía a esa élite africana de los años 60 que quería que el Sur se emancipase sobre las ruinas de los antiguos imperios. Su abuelo trabajaba como “mozo” de los colonos británicos. En su época de estudiante, Obama se interesaba en Harvard por el tercer mundo. En su visión del panorama internacional, apenas siente afecto por Europa. Sus detractores no se cansan de repetir que muestra mayor disposición a dialogar con sus enemigos que con sus aliados. “La concepción que tiene esta administración de Estados Unidos es la de una potencia mundial venida a menos —comenta Eric Edelman, antiguo número tres del Pentágono en la época de George W. Bush— y da la sensación de que cree que el único polo que se derrite más deprisa es Europa”.

Europa y Estados Unidos suponen el 54% del PIB mundial

Obama considera que, en un mundo en constante cambio, no es necesario seguir celebrando por siempre jamás los valores de base que comparte con Europa. Su relación con el Viejo Continente adolece de una ausencia de afinidad personal, una decepción desde el punto de vista de la campaña europea en Afganistán y un ejercicio constante de obstrucción cuando su administración se da una vez más de bruces con las críticas. Prefiere delegar en Joe Biden, su vicepresidente, o en Hillary Clinton, su secretaria de Estado. A Obama le encanta conceder un trato preferente a Rusia, aun a riesgo de hastiar a los europeos, quienes han intentado sacar en claro la sospechosa relación que existe entre el acuerdo START en materia de arsenales nucleares y la evolución del escudo antimisiles estadounidense.

Europa se siente menospreciada, pero sigue siendo un apoyo para Estados Unidos frente a los grandes retos. Es con ella con quien Obama quiere reunir a los países que estén dispuestos a imponer a Irán sanciones independientes. Europa y Estados Unidos suponen el 54% del PIB mundial frente al 16% del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China), heterogéneo y dividido. Tras los nombramientos carentes de interés en los que se tradujo el Tratado de Lisboa, Obama dedujo manifiestamente que sólo los grandes Estados europeos estaban a la altura de influir en las cuestiones que le importan. La discreción del “Cuarteto” es comprensible. Apenas hace caso a las nuevas instituciones europeas, lo que puede interpretarse como la encarnación del Occidente del que Barack Obama quiere desmarcarse para dialogar mejor con el resto del mundo. Premio de consolación o búsqueda de eficacia, la videoconferencia transatlántica ha llegado.

Opinión

La Casa Blanca, nuevo centro del poder europeo

"El presidente de los Estados Unidos’ se ha convertido de esta manera en el ‘presidente del Consejo Europeo’", ironiza Jean Quatremer en su blog “Coulisses de Bruxelles” (Los entresijos de Bruselas). Este periodista francés revela las intervenciones telefónicas reiteradas de Barack Obama ante los dirigentes europeos —con Angela Merkel a la cabeza— en la víspera de la creación por parte de los Veintisiete de un fondo de estabilización de urgencia. "Hoy por hoy —opina este periodista— Herman Van Rompuy ha dejado de ser el presidente del Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno. Ha sido víctima de un golpe de Estado cometido con éxito por el presidente norteamericano, quien ha decidido tomar las riendas de los asuntos europeos, cansado de ver como esos niñatos del Viejo Continente son incapaces de ponerse de acuerdo para salvar la moneda única a riesgo de desencadenar un tsunami capaz de arrasar el planeta." "La intervención salvadora de Obama en los asuntos europeos muestra hasta qué punto la Unión está en estos momentos descompuesta y carente de dirigentes de envergadura con la capacidad de percibir el interés común y dejar de lado el interés nacional, añade Quatremer. Su debilidad, su ausencia de visión a largo plazo y su cobardía política se ve evidentemente multiplicada por veintisiete en Bruselas. La mediocridad no puede producir otra cosa que no sea más mediocridad."

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