El 3 de mayo se celebró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, una iniciativa de la Asamblea General de las Naciones Unidas para destacar la importancia de este principio fundamental para nuestras democracias y del periodismo independiente para “la paz, la recuperación económica, el desarrollo sostenible y los derechos humanos”.
Este día es aún más importante si tenemos en cuenta que en el sector no hay sitio para el optimismo: según un informe de la UNESCO, la libertad de prensa ha experimentado la mayor degradación desde 2012, un deterioro solo “comparable [al producido] durante periodos extraordinarios, como la Primera Guerra Mundial, [...] la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría”.
De los Estados Unidos de Donald Trump a la Rusia de Vladímir Putin, pasando por Oriente Medio, los periodistas deben hacer frente a ataques de una intensidad inusitada, al desarrollo de un arsenal legislativo cada vez más restrictivo y a cada vez más conflictos, de los que también son víctimas.
A las mismas conclusiones llega Reporteros Sin Fronteras, que resume en su Clasificación 2026 de la libertad de prensa que “por primera vez en la historia de la Clasificación [...] más de la mitad de los países del mundo se encuentran en una situación ‘difícil’ o ‘muy grave’”. Y aunque Europa occidental se sigue distinguiendo por ser la zona donde la prensa es más libre (los 19 primeros países de la clasificación son de nuestro continente), RSF señala que la región “se asemeja cada vez más a un gigantesco laboratorio donde los valores se invierten y donde una legalidad artificial sirve a los intereses del poder en detrimento de la libertad de información”.
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