Probemos nuevas fórmulas

La crisis de las instituciones y de la política en Europa impulsan a los dirigentes a realizar elecciones prudentes en nombre de la gobernabilidad. Pero ¿no sería conveniente abrirse a nuevas forma de participación, tanto a nivel nacional como europeo, que puedan responder mejor a las exigencias de los ciudadanos?

Publicado en 25 marzo 2013 a las 12:02

«Keine Experimente!», «¡Nada de experimentos!», advertía el canciller Konrad Adenauer a sus conciudadanos. Eso sucedía en 1957. Tras la derrota de Hitler, había nacido una democracia sólida y aún así existía algo contundente e inapropiado en esta advertencia que se dirigía a un pueblo vencido y que durante años se había dejado seducir por el más atroz de los experimentos. En el fondo, los alemanes aún albergan ese miedo a la experimentación.

Actualmente, la situación es muy distinta, tanto en Italia como en Europa: la crisis ha obligado a los Estados-naciones impotentes a quitarse la máscara. En todas partes, la democracia está hecha trizas. Los políticos y los ciudadanos han perdido el contacto, los primeros se encierran en su guarida, los segundos quieren contar más y hacerse escuchar. A menos que nos consideremos todos vencidos, ha llegado la hora, ahora más que nunca, de atrevernos a experimentar precisamente dentro del contexto de la democracia. Ha llegado la hora de deshacerse de los esquemas a los que siguen aferrándose los políticos y los periodistas, por comodidad y por pereza. Manuel Castells escribe en La Vanguardia del 2 de marzo: “Innovar o morir».

La representación es un espejismo

Los guardianes del antiguo orden no ven la conexión entre las diferentes crisis de la economía, de Europa, del clima, de las democracias. Las protestas de los ciudadanos no les dicen nada y sin embargo, las señales son claras: la democracia representativa es un Titanic que no tardará en naufragar.

Entre gobernantes y gobernados se extiende un desierto en medio del cual la representación queda relegada a la función de espejismo: los sindicatos se debilitan, los partidos se encuentran a media asta y la prensa sirve más a los poderosos que a sus lectores.

Todo esto se produce en medio de un vacío. Porque los ciudadanos quieren levantar la cabeza, probar otras vías, reedificar la democracia. Actualmente, Italia, apaleada pero no vencida, se encuentra en una encrucijada. La nueva salida que sugiere Manuel Castells no ha engendrado un Gobierno y los primeros cambios se hacen esperar. Durante este tiempo, los que están aferrados a sus viejos hábitos exponen el argumento de la ingobernabilidad. Lo que ocurre es que desde los años setenta, insisten en tener miedo, en no ver las fisuras que amenazan la estabilidad a la que tanto dicen aspirar.

En Europa, hemos sido testigos de un caso de ingobernabilidad espectacular: el de Bélgica que, entre junio de 2010 y diciembre de 2011, permaneció 541 días sin Gobierno. Rápidamente, comprendimos que no era una simple pelea entre flamencos y valones. Era la propia democracia representativa la que se estremecía desde sus cimientos. La experiencia belga es instructiva, no sólo por sus efectos negativos, sino también por sus efectos de transformación y sus consecuencias.

Novedades de la experiencia belga

Durante esos 18 meses de crisis, el Gobierno provisional cumplió su función, impasible, con mayorías obsoletas. Aprobó el presupuesto de austeridad de 2011, gestionó su semestre de presidencia europea en 2010. Incluso participó en la guerra de Libia. En Italia, esta situación equivaldría a dejar que el [primer ministro saliente Mario] Monti extendiera su mandato: un desenlace nada brillante, ya que el vencedor de las elecciones, Beppe Grillo, ha prometido “innovar o morir». Los Estados-naciones fracasan, Europa aún no es una Federación de solidaridades y el statu quo está a salvo. El no Gobierno crea un poder inédito, más libre con respecto al pueblo soberano: es un poco ese piloto automático que, según [el presidente del Banco Central Europeo] Mario Draghi, protege la estabilidad de una «sobrecarga» de reivindicaciones de los ciudadanos.

Pero la experiencia belga ha generado al mismo tiempo novedades de un gran alcance. Los belgas, conscientes de que estaba en juego la democracia, se movilizaron. Empezaron a experimentar antiguas soluciones como el ágora griego que delibera o la Acción Popular procedente de las acciones populares del derecho romano: los ciudadanos pueden hacer valer sus intereses, no los personales, sino los de la comunidad. Y como en democracia son ellos los depositarios de la soberanía, son ellos los que inventarán unas medidas que tengan como objetivo el bien común. No hay otro modo de atacar a la verdadera anti-política: el predominio de los mercados y una austeridad que, sin reducir las deudas, empobrece y divide Europa.

“El Estado somos nosotros”, exclama en Italia el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo: la idea la han retomado del G1000, nombre que adoptó el movimiento surgido durante el periodo de ingobernabilidad en Bélgica, gracias a la iniciativa de cuatro personas (un experto en economía sostenible, un arqueólogo, un politólogo y una actriz). La reunión fundadora de los G1000 tuvo lugar el 11 de noviembre de 2011 en Bruselas. El Manifiesto fundador denunciaba los fallos de la democracia representativa y proponía soluciones.

No se trata de destruir los modos de representación o de delegación de poderes. Ni de «privar a los partidos de su función» declara su Manifiesto. Con lo que hay que acabar es con el statu quo: la partitocracia y, en la era de Internet, con el periodismo tradicional. “En todos los ámbitos, se fomenta la innovación, excepto en el de la democracia. Las empresas, los investigadores, los deportistas, los artistas tienen que innovar, pero cuando se trata de organizar a la sociedad, si bien estamos en 2011, seguimos haciendo referencia al siglo XIX».

Un ejemplo de democracia deliberativa

Es uno de los primeros ejemplos europeos de democracia deliberativa. Deliberar significa discutir y a continuación decidir y, según el Manifiesto de G1000, es más eficaz que los referéndums: “En un referéndum, nos limitamos a votar, mientras que en una democracia deliberativa, también hay que hablar y escuchar”. Así toma forma la idea postmoderna de la acción comunicativa, planteada por Jürgen Habermas en 1981. El fenómeno es continental, no sólo italiano. Tendrá efecto, esperemos, en las elecciones del Parlamento Europeo de mayo de 2014. El futuro jefe de la Comisión que se sentará con la troika de la austeridad será, esperemos también, elegido por los ciudadanos.

Experimentar, volver a empezar, es una tarea difícil. La democracia representativa también fue un camino difícil, como cuando se propuso en el siglo XIX el sufragio universal. El único camino inviable es el que diga no a los experimentos, que nos haga comportarnos como Adenauer, como vencidos. Los verdaderos experimentos, los que utilizan a personas como medios y a la Constitución como papel mojado, tienen lugar en Grecia, un país al que la austeridad ha precipitado a la miseria, o en Chipre, donde la estabilidad equivale a hacer uso de las cuentas bancarias de los ciudadanos, sean o no ricos.

¿Qué otra cosa podemos hacer, sino experimentar lo que sociedad exige que se pruebe? ¿Seguir considerando sus reivindicaciones como una “sobrecarga»? Eso sí que se denomina ingobernabilidad.

Si el nuevo Papa, al elegir el nombre de Francisco, vuelve a los orígenes, quizás también haya llegado la hora de que la política deje de confundir a los desheredados con los vencidos. De volver al Ágora ateniense, a la Acción popular de la Roma antigua.

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