“Cuando comenzó la guerra a gran escala, lo que más miedo nos daba era la artillería”, cuenta Vasyl Barninets, “pensábamos que era lo más peligroso. Pero ahora, lo que más tememos son los drones”.
Y continúa: “Si trabajamos cerca del frente, los trabajadores tienen que ponerse chalecos antibalas. Unos chicos con rifles – los cazadores – los acompañan. Cuando ven un dron FPV, intentan derribarlo, pero no siempre es posible”.
Barninets es director de sucursal en una gran explotación agrícola de cereales en la región de Zaporiyia, al sur de Ucrania. Su lugar de trabajo está a solo diez kilómetros del frente. Antes de la guerra a gran escala, la empresa podía cosechar en 19.000 hectáreas de tierra, pero ahora solo quedan 13.000; el resto está bajo ocupación rusa o en el frente.
La granja sufrió pérdidas importantes en 2022, cuando los almacenes de cereales y fertilizantes fueron destruidos y la maquinaria resultó dañada. En 2025, un dron ruso incendió un campo de siete hectáreas y uno de los empleados resultó herido.
La historia de Barninets no es un caso aislado en Ucrania. El sector agrícola del país opera en condiciones sin precedentes en la Europa moderna. Casi cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala de Rusia, amplias zonas de tierras de cultivo siguen minadas o contaminadas, los sistemas de riego están en ruinas y los productores trabajan bajo la amenaza constante de ataques con misiles y drones. Según las estimaciones del Gobierno ucraniano, alrededor de dos millones de hectáreas de tierra cultivable (una superficie similar al tamaño de Eslovenia) no son seguras para el cultivo actualmente.
La guerra ha reducido drásticamente la producción agrícola del país, que antes era una de las mayores del mundo. La producción de cereales y cultivos industriales disminuyó de una cantidad récord de 106 millones de toneladas en 2021 a aproximadamente 77 millones de toneladas en 2024. Este descenso refleja la pérdida de tierras, la destrucción de infraestructuras y la interrupción de la logística. Sin embargo, la agricultura sigue siendo el eje de la economía ucraniana: el año pasado, las exportaciones agrícolas generaron casi 23 000 millones de dólares estadounidenses, que representaron hasta el 60 % de los ingresos totales por exportaciones en los meses de mayor actividad.
Con los bloqueos o restricciones de las rutas del mar Negro, Ucrania redirigió gran parte de su comercio agrícola hacia el oeste. Desde 2023, casi la mitad de las exportaciones agrícolas ucranianas se han dirigido a la Unión Europea, reconfigurando los mercados desde el Báltico hasta el Mediterráneo. Lo que comenzó como un salvavidas de emergencia para un país en guerra se ha convertido en un cambio estructural; uno que está poniendo a prueba la solidaridad política dentro de la UE.
Los agricultores de algunos países de la UE se han movilizado en contra de las importaciones ucranianas, con argumentos como que los costes de producción inferiores y las menores cargas regulatorias otorgan a Kiev una ventaja competitiva injusta. Los agricultores polacos han bloqueado en varias ocasiones los pasos fronterizos con Ucrania para exigir cuotas y garantías, así como unos controles más estrictos sobre las importaciones agrícolas.
Este choque entre la necesidad en tiempos de guerra y la protección del mercado europeo ha convertido la agricultura ucraniana en algo más que una historia de supervivencia nacional. Ahora se ha convertido en una de las principales brechas en los debates sobre la ampliación de la UE, la seguridad alimentaria y el futuro de la propia agricultura europea.
De los campos minados a los conflictos entre mercados
Para muchos productores ucranianos, volver a hacer que la tierra sea productiva sigue siendo una prueba de resistencia e ingenio. La grave escasez de agua tras la destrucción de la presa de Kajovka en 2023 agravó aún más las pérdidas, con un coste de cientos de millones en cosechas dañadas.
Aun así, las exportaciones de cereales y semillas oleaginosas de Ucrania siguen siendo esenciales para la estrategia de seguridad alimentaria de la UE, especialmente tras las interrupciones en el transporte marítimo por el mar Negro. Se crearon “corredores de solidaridad” a través de Europa Central para garantizar los flujos de exportación por tierra y ayudar a estabilizar tanto los sistemas alimentarios europeos como los mundiales.
La creciente dependencia de Ucrania de la Unión Europea como destino de exportación ha transformado lo que inicialmente era un acuerdo comercial de emergencia en un desafío estructural para el bloque. Para Bruselas, al principio la lógica era evidente: mantener el flujo de las exportaciones ucranianas era esencial para evitar una crisis alimentaria mundial y estabilizar la economía de Ucrania en tiempos de guerra. Sin embargo, a medida que las medidas temporales se fueron pronlongando durante años, surgieron tensiones dentro de los propios mercados agrícolas de la UE, especialmente en los países geográficamente más cercanos a Ucrania.
En Polonia, los agricultores sostienen que los productos ucranianos, producidos a gran escala y con estructuras de costes diferentes, son demasiado competitivos para los productores locales. Aunque los productores ucranianos se enfrentan a riesgos relacionados con la guerra de los que los agricultores europeos no tienen que preocuparse, operan al margen del marco de subvenciones de la política agrícola común de la UE y de los costes de cumplimiento de las normas medioambientales.
A principios de 2024, los sindicatos agrarios polacos anunciaron planes para bloquear todo el transporte de mercancías entre Polonia y Ucrania, incluyendo las carreteras, los puntos de transbordo ferroviario y los accesos a los puertos. Estas acciones formaban parte de una protesta contra las exportaciones de productos ucranianos a la UE que duró un mes.El ministro de Agricultura polaco, Czesław Siekierski, reconoció públicamente las preocupaciones de los agricultores, las calificó de “justificadas” e insinuó que podrían ser necesarios controles comerciales y cuotas. “Habrá un bloqueo si hay un exceso de un producto concreto”, dijo Siekierski. También señaló que se estaban llevando a cabo negociaciones con Ucrania para regular productos determinados como los cereales, el azúcar, las aves de corral y los huevos.
En otros lugares han surgido preocupaciones similares. Los sindicatos agrícolas franceses, eslovacos y húngaros han advertido de que unos volúmenes elevados y sostenidos de importaciones ucranianas podrían hacer bajar los precios y perjudicar a los productores locales, que ya deben hacer frente al aumento de los costes del combustible, a la inestabilidad climática y a unas normativas medioambientales europeas más estrictas. En este sentido, la agricultura ucraniana se ha visto envuelta en un debate europeo mucho más amplio: cómo conciliar la seguridad alimentaria, los objetivos climáticos y los ingresos de los agricultores en un momento de inestabilidad geopolítica.
Bruselas ha respondido con cautela. En 2025, restableció las cuotas para el trigo y la cebada libres de aranceles ucranianos en respuesta a la presión de los sindicatos agrícolas de Francia, Polonia y otros países. La medida está destinada a proteger a los productores locales de un aumento repentino de las importaciones.
Sin embargo, los líderes de la UE insisten en que apoyar al sector agrícola de Ucrania es fundamental para la seguridad alimentaria y la estabilidad geopolítica a largo plazo. Equilibrar estas prioridades (la solidaridad con Ucrania y la protección de los agricultores europeos) se ha convertido en uno de los retos políticos más delicados del bloque.
Una guerra más allá del campo de batalla
La controversia de las importaciones agrícolas ucranianas pone de manifiesto las vulnerabilidades estructurales dentro del propio sistema agrícola europeo. Muchos agricultores de la UE se sienten presionados por la liberalización del mercado, las reformas políticas relacionadas con el clima en el marco del Pacto Verde y unos márgenes cada vez más reducidos. En este contexto, el vasto y competitivo sector agrícola de Ucrania no suele percibirse como un socio, sino como un rival demasiado fuerte.
Al mismo tiempo, Europa no puede desvincular fácilmente la agricultura ucraniana de sus propios intereses estratégicos. Ucrania sigue siendo un importante proveedor para los mercados alimentarios mundiales, especialmente para los países de Oriente Medio y África. Limitar sus exportaciones conlleva el riesgo de hacer subir los precios y aumentar la inestabilidad global, consecuencias que la UE ha tratado de evitar desde el inicio de la guerra.
La doble realidad de la agricultura ucraniana pone a prueba la capacidad de la UE de gestionar la ampliación en una era marcada por la crisis. La integración de un país con decenas de millones de hectáreas de tierra cultivable en la Política Agrícola Común requeriría replantearse las fórmulas de las subvenciones, las normas medioambientales y las protecciones del mercado; unos cambios que probablemente provocarían rechazo más allá de Polonia. También sería complejo para la propia Ucrania, teniendo en cuenta los retos de la guerra, las cuestiones de seguridad y económicas, así como la escasez de tierra y de recursos humanos.
Para los agricultores ucranianos, lo que está en juego es inmediato y existencial: la guerra ha destruido tierras, infraestructuras y la previsibilidad misma, pero las expectativas de alinearse con las normas de la UE siguen creciendo. Para los agricultores europeos, el temor es más gradual, pero no menos potente: la ampliación y la liberalización del comercio podrían erosionar unas economías rurales ya de por sí frágiles. Para empresarios como Barninets, alimentar a una nación en guerra sigue siendo una lucha diaria.
🤝 Este artículo se ha realizado dentro de una Thematic Network de PULSE, una iniciativa europea que apoya las colaboraciones periodísticas transnacionales. Se publicó en New Eastern Europe.
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